El juicio oral (y no tan) público contra (¿?) Marcelo Macarrón cristalizó en la audiencia de ayer la percepción generalizada que se había instalado en las últimas semanas: nadie parece interesado en descubrir qué pasó la fatídica madrugada del 25 de noviembre de 2006, hace exactamente 15 años, seis meses y una semana.

El juicio podría terminar mañana o extenderse más allá de la feria judicial de invierno y el resultado sería el mismo. Ayer, en inusual diálogo con el periodismo –tal vez motivado por las ácidas críticas que su colega Emilio Andruet hizo el lunes en el programa “Así son las cosas” que se emite por FM Gospel-, la jueza Natacha Irina García aclaró que el tribunal no tiene ningún apuro en terminar el proceso y que faltan no menos de cuarenta testigos, en una lista siempre abierta a voluntad de las partes.

Si se hace un somero repaso del caso, ya no quedan testigos importantes. Y los que había fueron desaprovechados. El caso de ayer fue patético: Gabriela Macarrón, además de hermana menor del imputado, es su contadora. Y, para el fiscal que elevó la causa a juicio, el móvil del crimen de Nora Dalmasso fue económico. Era la mejor oportunidad –sino la única- para escudriñar en la situación patrimonial del viudo. Pero Rivero –que llegó casi una hora tarde a la audiencia- no atinó a formular una sola pregunta en ese sentido. En cambio, para sorpresa de todos, miró fijo a la testigo y con su mejor tono condescendiente le preguntó: “¿Cómo era Nora?” (¡?)

Ante la parca descripción de la testigo, Rivero insistió con una insólita introducción:

-Lamentablemente Nora no está más, la mataron (sic). ¿Usted cree que ella sería capaz de tener sexo consentido en la cama de su hija y con su marido a más de mil kilómetros de distancia?

-No lo sé. Yo no soy ella. No estoy en su mente para saber lo que pasó. Me gustaría saber la verdad-, contestó la cuñada de la víctima con la contundencia del sentido común.

El escritor uruguayo Mario Benedetti solía advertir, no sin cierta ironía, que el sentido común no es el más común de los sentidos. En este juicio, que está a punto de cumplir tres meses (Sí, leyó bien: ¡tres meses!), parece haberse perdido el sentido común. De la estrategia inicial esbozada por las partes no queda nada: Marcelo Brito, protagonista casi excluyente del proceso, se olvidó de Miguel Rohrer y ya no parece interesarle la composición societaria de “La Curaca S.A.” ni los sellos en el pasaporte de la esposa de Ricardo Araujo; Julio Rivero dejó su alegato feminista para consentir la lectura de un cuaderno íntimo en el que Nora transcribía los mensajes que intercambiaba con su único amante acreditado en la investigación: Guillermo Albarracín. Quien, pese a haber compartido el viaje a Punta del Este con Macarrón y haber sido la última persona que intercambió mensajes con la víctima, no fue citado a declarar en este juicio. ¿Pudor? No. ¿Hipocresía? Es probable. ¿Impericia? ¿Complicidad? Que el lector saque sus conclusiones.

Lo evidente es que ni el fiscal ni el abogado defensor siguen una estrategia y, ante la permisividad del tribunal, llevan el juicio hacia cualquier lado: de los golfistas a la prueba genética, de los científicos a la podóloga, de las congresistas al informe de aeronáutica. ¿O será que la estrategia es dejar pasar el tiempo para desgastar a los jurados populares a la espera del mejor momento político para dictar la previsible absolución del imputado? Si al fiscal no le interesa la prueba genética –actuó en absoluta sintonía con Brito al cuestionar a Daniel Zabala y exaltar a Nidia Modesti-, ayer quedó claro que tampoco ahondará en el móvil económico, que es la base de la acusación contra Marcelo Macarrón, el único imputado –no puede haber otro/s porque la causa prescribió por inoperancia judicial- por el cobarde asesinato de su esposa.

“El patrimonio (del matrimonio Macarrón), que no era menor teniendo en cuenta que ninguno había recibido bienes de gran valor en herencia (…) había sido logrado exclusivamente por el desempeño laboral y de negocios del imputado, el que se vería reducido en un cincuenta por ciento para cada uno en caso de un divorcio”, escribió el fiscal Luis Pizarro en el auto de elevación a juicio. Y agregó: “Tanto la personalidad del imputado –avaro y pijotero- como de la víctima, aguerrida frente a sus pretensiones, permiten inferir que el conflicto personal y económico fue el motivo del hecho que investigamos”.

La única pericia contable que se hizo durante la instrucción de la causa indicó que era imposible que Marcelo Macarrón tuviera el nivel de vida que llevaba con los ingresos declarados y sugería al fiscal Javier Di Santo que elevara el informe a la Afip ante la posible comisión de delitos tributarios. Tiempo después del crimen, el viudo declaró que “apareció” un millonario seguro de vida a nombre de su mujer. Y una investigación del periodista Gustavo Molina descubrió que Macarrón había adquirido un departamento… ¡en Miami!

Nada de eso le preguntaron ayer a la mujer que llevaba –y lleva- la contabilidad de Marcelo Macarrón. Ni siquiera sabremos cómo hace el viudo para costear la estadía del inefable Brito y su equipo con un ingreso promedio -según declaró él mismo en este juicio- de 140.000 pesos.

Hernán Vaca Narvaja. Especial para Puntal