La batalla por el ingreso es la batalla contra la inflación
Ayer por la tarde, en uno de los últimos actos de campaña rumbo a las Paso del próximo domingo, el precandidato a presidente de Unión por la Patria Sergio Massa habló ante público de organizaciones sociales afines, encabezadas por el Movimiento Evita y la Corriente Clasista y Combativa. En ese contexto, luego de admitir que no tenían una historia común de militancia, el ministro de Economía expresó que tendrá al menos dos objetivos centrales en caso de ser electo para ocupar el sillón de Rivadavia a partir del próximo 10 de diciembre: dar la batalla a favor del ingreso y tratar de transformar la economía popular en economía formal. Sin dudas que ambos objetivos no admiten grado alguno de discusión.
Después del permanente deterioro de los ingresos de la población, especialmente de los sectores medios y medios bajos, que en muchos casos se transformaron en medios bajos y bajos, romper la tendencia es intentar frenar el deterioro social.
El extenso y profundo proceso inflacionario que transita el país y que viene consolidando escalones cada vez más altos en los últimos 15 años es parte de la razón por la cual el dinero en los hogares alcanza cada vez para cubrir una porción menor de los compromisos o consumos. Eso llevó primero a sustituir y luego a eliminar gastos, lo que dio como resultado un ajuste en la calidad de vida de una franja amplia de la población. No hay antecedentes en el mundo en el que procesos inflacionarios de esta envergadura y de esta extensión no erosionen fuertemente el poder de compra de los hogares. En definitiva, que no terminen aumentando los niveles de pobreza y la caída en la pirámide social.
Por eso, mejorar ingresos requiere necesariamente desacelerar primero el nivel inflacionario y luego ubicarlo en niveles “lógicos” como los que se observan en la gran mayoría de los países del mundo. Esto último implica que no se trata de una epopeya difícil de alcanzar. Al contrario, hay sólo un selecto grupo de países que muestran elevados números inflacionarios como los de Argentina.
No es factible recomponer ingresos en niveles de inflación del 5, 6, 7 u 8 por ciento mensual. Nominalmente los salarios suben, pero en realidad el bolsillo es cada vez más chico. Esa situación general, llena de particularidades, admite que es peor la situación cuanto menor es el grado de formalidad laboral, en un mercado de trabajo que arrastra fuertes bolsones informales, reflejo de una economía que en muchos segmentos escapa por las banquinas.
Bajo la luz hay 13 millones de trabajadores registrados en el país, pero sólo la mitad pertenecen al sector privado: 6,3 millones. Del resto, la mitad son empleados públicos (3,4 millones) y los demás se dividen entre personal de casas particulares, monotributistas (1,9 millones), monotributistas sociales y trabajadores autónomos. No hubo desde la salida de la pandemia un ajuste por fuentes de trabajo como ocurrió en otras crisis económicas argentinas, sino que los niveles de empleo crecen pero con una doble característica: los que más crecen son los más precarizados y los ingresos son bajos en general. De allí la paradoja iniciada hace unos años y que se fue consolidando de sumar cada vez más trabajadores debajo de la línea de la pobreza.
Hay un mundo laboral que se complejizó y se deterioró y eso agrega más dificultad a la recomposición de los ingresos.
Massa habló ayer del nuevo ajuste del impuesto a las Ganancias que dejará fuera del tributo a todos los que ganen más de 700 mil pesos. Pero el problema de ingresos, en cuanto a poder cubrir una canasta total, está en otro segmento: el de los $200 mil, $300 mil y hasta $400 mil. El ministro recogió el guante ayer y mencionó la posibilidad de inyectar una suma fija para esos segmentos privados. Hubo en elGobierno una silenciosa discusión sobre ese punto. De hecho, el ex asesor presidencial Antonio Aracre asegura que su defensa a la suma fija para esos segmentos fue una de las razones que lo eyectaron del Gobierno. En ese caso habría sido un motivo de enfrentamiento con Massa. Ayer el que planteó el tema fue el precandidato. En esa misma línea se venían manifestando sectores más duros del kirchnerismo, que pedían una solución para esos trabajadores de salarios medios o medios bajos. En ese capítulo hubo además un planteo de que las sumas fijas -como las aplicó en su momento el expresidente Néstor Kirchner- irían en perjuicio de las paritarias. Ayer desde el Gobierno insistieron en que la idea es suma fija más paritarias. ¿El Gobierno colaborará para que las empresas cumplan o puedan cumplir? Esa pregunta aún está abierta, especialmente porque quienes observan la circulación creciente de pesos como combustible inflacionario creen que sería echar agua en un balde agujereado.
En el fondo, el corrosivo proceso inflacionario es el que termina condicionando todas esas opciones coyunturales de recomposición. En la medida en que esa inyección no vaya acompañada con un freno a la escalada generalizada de precios, será echar dinero en saco roto. Esa condición previa requerirá de avanzar hacia un equilibrio en las cuentas, un acuerdo con el Fondo, una recuperación de las exportaciones, entre otras variables que requieren de pericia, pero igualmente de tiempo y gestión.