Río Cuarto | intendente | Covid-19 | Banda Norte

Un ojo puesto en la boleta y el otro en evitar el contagio

Dos veces postergada por la irrupción del coronavirus, esta vez la elección a intendente en Río Cuarto estuvo signada por los protocolos sanitarios y la escasa concurrencia

Un fantasma recorrió la elección a intendente en Río Cuarto, la abstensión. A diferencia de lo que habitualmente sucedía, esta vez el número de votantes apenas arañó la mitad del padrón de 136.001 personas habilitadas para ir al cuarto oscuro.

Ni la decisión de que la gente pudiera votar en el colegio electoral más cercano, ni la batería de medidas sanitizantes que se tomaron para evitar la propagación del Covid-19 en un momento en que la pandemia parece empezar a dar un respiro en esta geografía, convencieron al electorado de marchar en forma mayoritaria hacia el cuarto oscuro.

Tanto en los establecimientos escolares del centro, de Banda Norte como de Alberdi, los porcentajes de votantes estuvieron lejos del 63 por ciento que alcanzó en 2016 y más lejos aún del 66 por ciento de la elección de 2012.

El dato, esperable en un contexto de meses de restricciones y cuidados para preservar el distanciamiento social, sirve también para destacar el gesto de los y las miles de riocuartenses que se sobrepusieron a estos obstáculos y ejercieron su derecho, a pesar de los avatares climáticos de un domingo que arrancó ventoso, siguió con lluvias intermitentes y recién a la hora del cierre de la votación, mostró su rostro más benévolo.

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La lluvia, otro de los factores que desalentó la masiva presencia de votantes.

La lluvia, otro de los factores que desalentó la masiva presencia de votantes.

El otro microclima, el electoral, tampoco contribuyó a elevar los niveles de adrenalina en el electorado, las sucesivas postergaciones por la amenaza del virus que asuela al planeta y la carencia de un debate de ideas movilizador también pudieron haber conspirado contra una presencia masiva en las urnas.

Birome en mano

Adoctrinados en los cuidados que el coronavirus instauró desde que despuntó el 2020, a los votantes no les costó demasiado esfuerzo acatar las recomendaciones para la ocasión: al barbijo obligatorio -a estas alturas, una extensión corporal-, se le sumó la sugerencia de que cada uno concurriese con su propia birome para reducir el intercambio de elementos entre personas, y que se sometiese además al consabido rociado de manos con alcohol tanto al entrar como al salir de la escuela.

Una vez en los colegios, la gente se topó con un esquema estricto de circulación. A los fines de evitar aglomeraciones en el interior de las aulas, se impidieron las colas y se hizo esperar a la gente afuera, en los horarios en los que se concentraron más personas: entre las 9 y media y las 11 hasta que arrancó la lluvia y sobre las cuatro de la tarde cuando cesó el agua.

-¡Llamá la 136!, exigía con tono agrio un votante canoso y alto a la voluntaria o facilitadora, que, de tanto en tanto, salía a la puerta del colegio Nacional a anunciar qué mesa quedaba liberada. Fuera de los reclamos de este tipo o del malhumor de los madrugadores que, en al menos 23 mesas de toda la ciudad, tuvieron que esperar entre una y dos horas para poder votar, no se registraron escenas que rompieran con la normalidad.

Más allá de que a las dos de la tarde ya circulaba por WhatsApp un boca de urna que se replicó a la velocidad de la luz, la imagen de los encuestadores estuvo ausente en la mayoría de los colegios; tampoco se vieron vendedores ambulantes en las veredas. Agentes de Edecom se ocuparon de desalentar a los comerciantes informales que llegaban con sus puestos de bisuterías o de comidas. “La orden es que no haya ninguno en la puerta de los colegios, algunos lo entienden bien y otros se enojan un poco”, confió uno de los empleados del ente, apostado en mitad de la calzada.

Entre los ausentes también hay que apuntar a los niños y a los ancianos. En esta ocasión, el fotógrafo de Puntal tuvo que esforzarse más de la cuenta para registrar las fotografías de familias completas marchando hacia los colegios. Fueron casi una rareza. Para evitar la concentración de personas unos, y para cuidar su salud otros, ambos extremos de la pirámide poblacional se quedaron en los hogares.

Cuando el tiempo, implacable, deje definitivamente atrás esta época de corazones agobiados. Cuando el abrazo, el apretón de manos o el beso de los enamorados reconquisten la escena social, ese día, miles de riocuartenses recordarán que una vez, al filo del verano, tuvieron que marchar hacia las urnas pertrechados con barbijos y alcohol en gel, como si en lugar de visitar el cuarto oscuro, marcharan resignados hacia el quirófano.