Arquitectura | invierno

De heladas y resiliencia

Por ing. agr. Ana Lund Petersen
 

Volver a escribir después de casi tres meses. ¿Será como andar en bicicleta? Retomar nuestras actividades como lo hacíamos antes. ¿Nos acordaremos? ¿Qué huellas nos dejarán estos tiempos? ¿A qué cambios habrá que adaptarse?

La ecología habla de la resiliencia de los ambientes. Según Wikipedia, la Resiliencia es el término empleado en ecología de comunidades y ecosistemas para señalar la capacidad de éstos de absorber perturbaciones, manteniendo sus características de estructura, dinámica y funcionalidad prácticamente intactas; pudiendo retornar a la situación previa a la perturbación tras el cese de la misma.

Estructura, dinámica y funcionalidad. Retornar a la situación previa a la perturbación. ¿Es eso posible? ¿No dejan huellas profundas las alteraciones?

Estarán pensando que tal vez ya no puedo volver a escribir. ¿Qué tiene que ver todo esto con la jardinería? ¿No era de árboles, arbustos, canteros y heladas que se hablaba en esta columna?

Pero los que me vienen leyendo sabrán a esta altura que no puedo pensar el jardín independiente de la vida, el entorno y el ambiente. Me gusta pensar en que lo que pasa a nuestro alrededor nos pasa a nosotros y viceversa.

Hace algunas mañanas amanecí temprano. Mi casa está en una zona de la ciudad un poco menos poblada, las heladas se sienten y se ven.

Los minúsculos cristales de hielo enmantaban la cubierta de la tierra. Un paisaje monocromático, glacial. El tiempo en la helada parece detenido, como si se hubiera suspendido. En el aire impasible flotan sin rumbo las partículas de polvo. Las plantas se vuelven quebradizas al tacto, son de hielo mostrándose agua. Con los primeros rayos comienzan a aparecer los colores, los de siempre, los de invierno. Se desarman las figuras de cristal. Se vuelven vida al sol.

El césped pardo delata la uniformidad de la carpeta. Queda algún rey grass rezagado de años anteriores bien verde y vigoroso. En el jardín vecino brilla el pasto de invierno, demandando su corte. Cuando termina de salir el sol se prenden sus aspersores, solícitos.

En casa no hago nada, o casi nada. Las plantas descansan. Se entregan a la subsistencia ínfima del invierno, resisten. Queda desnudo el jardín, al borde de la vergüenza. Aprovecho para mirarlo así despojado. Me abrigo y salgo a caminarlo, a meditarlo.

Entonces hago pequeñas cosas, apenas unos toques, que sé que le van a gustar. Limpio alguna planta resistente al frío de sus hojas viejas, cubro con restos de poda y recorte de césped un rincón de cantero que quedó con su suelo descubierto.

Saco de los canteros las plantas que no quiero en ese lugar, solo para hacerle espacio a las que sí estoy esperando. Busco entre las hojas los plantines que empiezan a asomarse al frio sol del invierno. Caprichos que tengo.

Hago algunas podas. Especialmente en los árboles de hoja caduca, para ordenarlos un poco. A veces, buscando luz o quien sabe qué otra cosa, se obstinan en crecer muy chuecos y entrelazados. En mi ánimo de orden, los podo. Me enseñaron que liberar las copas hace que crezcan más fuertes y sanos. Nunca podo los árboles en altura, solo entresaco ramas, o les levanto la copa podando las ramas más bajas.

Vuelvo adentro a mirar por la ventana. El frio es para valientes, pienso. Como las plantas que ahí, inmóviles a nuestra vista, pasan el tiempo y los años creciendo, interactuando, fotosintetizando.

Absorbiendo las perturbaciones naturales del invierno. Esas que las acompañaron en su formación, forjándolas a lo que son hoy: seres totalmente adaptados a ese ambiente inhóspito, frio y seco del invierno.

Los ecólogos hablan de resiliencia del ambiente todo, porque en la naturaleza no se puede pensar en el individuo.

Son mucho más importantes las interacciones y el todo. Si el ambiente sufre una perturbación, se van a sacrificar algunas especies para lograr que todo el hábitat mantenga su estructura, dinámica y funcionalidad. Por eso no puedo dejar de pensarnos ambiente. Nosotros funcionamos bajo las mismas reglas aunque no nos queramos dar cuenta.

La cuarentena que vive el mundo está actuando principalmente sobre el ser humano. El resto de los seres vivos que cohabitan esta tierra no han sufrido en forma directa esa perturbación. Hay que ver cómo nos adaptamos nosotros a estos tiempos que corren. Ellos nos observan.

En el proceso de convertirnos en seres resilientes, van quedando grabados los eventos perturbadores por los que tuvimos que pasar. Se imprime en nosotros una nueva sabiduría. Queda la huella que nos lleva a este nuevo lugar. Para saber qué forma toma esa marca, basta con esperar a que termine la cuarentena, o el invierno.

Por ing. agr. Ana Lund Petersen

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