Opinión | Javier Milei

Milei y la capacidad de resistencia

La inflación ha ido en aumento en los últimos 9 meses a la vez que hay una pérdida constante del poder adquisitivo ¿Cuánto podrá sostener su relato el Presidente si esa ecuación se sostiene?

La inflación se resiste a comportarse de acuerdo a los pronósticos del gobierno. 

(Imagen generada con IA)

 

“No hay plata”, fue una de las frases emblema en los primeros meses de gobierno de Javier Milei. Se convirtió casi en un chiste popular: en la calle se escuchaba repetir esas palabras con tono casi celebratorio. Ahora, empezaron a perder aquel aire de comedia y pasaron a reflejar preocupación. “No hay plata” no significa lo mismo hoy que hace dos años.

En la última semana la agenda pública estuvo entretenida con el caso de Manuel Adorni, símbolo viviente del ascenso social libertario: el columnista radial logró convertirse en dos años en un personaje clave del gobierno nacional y dejó de pelearla como cualquier mortal; hoy contrata aviones privados para ir a disfrutar el feriado de carnaval en Punta del Este. Cometió otro desliz: subió a su esposa a la comitiva oficial que fue a Nueva York para participar de la Argentina Week. Lo masacraron, sobre todo porque Adorni había sido una de las espadas morales de Milei y quien llegó a festejar despidos desde su púlpito con el argumento de que no puede malgastarse el dinero que es de todos.

Ahora, el jefe de Gabinete anda prometiendo, como un chico al que lo descubrió la madre, que no lo hará más. En realidad, es casi anecdótico. Sirve para descorrer un velo, pero no para mucho más. Lo realmente curioso del affaire Adorni es que en algún momento, como Luis “Toto” Caputo o Federico Sturzenegger, haya conseguido convencer a un sector de la población de que llegaba a la Casa Rosada desde un pedestal ético.

Lo que suele ser más relevante en un gobierno -y el de Milei no es la excepción- son sus resultados. Y, a veces, la hojarasca de un escándalo como el de Adorni empaña la consideración de lo que está ocurriendo en el país, fundamentalmente en la economía.

El Indec en el que ya no está Marco Lavagna volvió a mostrar, con los datos de febrero, que para el gobierno nacional la inflación está siendo un fenómeno más complejo de derrotar de lo que parecía.El número se resiste a ubicarse en la zona ínfima del 0 o 1 por ciento al que quiere confinarlo el gobierno y no quedó pulverizado en el primer trimestre como vaticinó en algún momento el Presidente. Sigue rondando la molesta zona del 3 por ciento.

Pero, además, lleva nueve meses de una escalera en ascenso.

Por supuesto que está a años luz de los niveles alocados de Alberto Fernández, pero al gobierno libertario le juegan en contra las expectativas desmesuradas que él mismo creó. Porque no sólo pronosticó que la inflación iba a desaparecer sino, además, porque convirtió ese objetivo en una justificación para el sacrificio:el dolor de hoy es el precio que hay que pagar para lograr estabilidad en el corto plazo. Si esa expectativa no se cumple del todo, al final la motivación para aguantar puede ir desvaneciéndose. Ahí hay una primera derivación política de una dinámica económica clave.

Además, la inflación no debería analizarse como un dato aislado sino en comparación con otros indicadores de la economía: por ejemplo, la evolución del poder adquisitivo. Si los ingresos acompañaran al índice inflacionario, el efecto sería neutro para las familias. Sin embargo, no es exactamente lo que está pasando.

Hay dos elementos que están golpeando en la capacidad de consumo: la pérdida del poder de compra y el peso cada vez mayor de los servicios en los gastos de las familias.

Según los datos oficiales del Indec, en todo 2025 los salarios registrados subieron un 28,8 por ciento contra una inflación del 31,5. El propio gobierno admite una pérdida real de entre 2,1 y 2,7 por ciento en el poder adquisitivo.

Las estimaciones privadas señalan que en enero de 2026 el salario privado cayó otro 1,3 por ciento.

Es decir, la erosión del consumo, que se viene reflejando en las estadísticas de venta y facturación de los comercios, se ha ido intensificando. Según la consultora Econviews, el salario real se ubica 1,2 por ciento por debajo de noviembre de 2023, pero el ingreso disponible cayó 13,3 por ciento.

¿De qué se trata el ingreso disponible? Es lo que les queda a las familias para destinar al consumo después de afrontar los gastos fijos, como la luz o el alquiler. Y hubo una caída, fundamentalmente, porque los servicios se llevan una porción cada vez mayor del dinero que entra a un hogar.

El economista Damián Di Pace, que dirige la consultora Focus Market midió el fenómeno y señaló que mientras en marzo de 2024 los servicios representaban el 12 por ciento del salario promedio registrado, en la actualidad esa relación saltó al 30 por ciento. Y es previsible que el peso de pagar la luz, el gas, el alquiler o el colegio de los chicos siga incrementándose: el IPC de febrero que publicó el Indec reveló que los servicios empujaron el índice para arriba: se encarecieron un 6,8 por ciento, muy por encima del 2,9 por ciento de inflación.

¿Cómo están afrontando las familias la doble trampa de sueldos que compran cada vez menos y servicios que se convirtieron en un peso difícil de cargar? Básicamente, se endeudan. El problema es que el apalancamiento tiene un límite y que ese límite está expresándose en los porcentajes de mora. Los atrasos alcanzaron un récord histórico en familias -9,3 por ciento en bancos y hasta un 23,9 por ciento en billeteras virtuales-, que encima bicicletean gastos no en bienes durables sino en alimentos o servicios. En las últimas semanas, uno de los bancos más grandes del país empezó a ofrecer préstamos de hasta 200 mil pesos para poder pagar los servicios. Netflix en cuotas y con interés.

El panorama muestra además que hay una mutación en el destino del crédito. Según un estudio de la consultora Apliconomy, los préstamos para consumo doméstico pasaron de representar el 27 por ciento al 34,39 en 2025. En paralelo, se desinfló el financiamiento para los sectores productivos.

“No hay plata”, entonces, tiene claramente otro significado. Pero ¿cuál es el efecto político? ¿A medida que la clase media se volatiliza, el Presidente pierde imagen positiva? En general, las consultoras coinciden en que Milei está sintiendo el impacto. Es un mandatario más resistente de lo que ordenaría la lógica, pero tal vez porque dio pelea y se construyó desde otro sector: una franja de su electorado lo votó no por lo que prometía construir sino, fundamentalmente, por lo que venía a desterrar. Es un recurso que ya usó Mauricio Macri, con menos histrionismo y con un uso más acotado del resentimiento, y que no dejó de darle frutos: el líder del Pro arañó los 41 puntos en 2019 a pesar de que la economía se desangraba.

A Macri lo complicó una diferencia: la oposición entonces logró construir una opción competitiva mientras que, hasta ahora, enfrente de Milei no existe ni una configuración de fuerzas políticas más o menos coherente ni un discurso que interprete a la sociedad actual ni a sus demandas.

Tal vez, y hay estudios de opinión que refuerzan esta percepción, la fortaleza de Milei no se encuentre sólo en sí mismo sino, fundamentalmente, en las precariedades de los otros. La incógnita fundamental en este cuadro de situación es cuál es la capacidad de resistencia del Presidente y de su configuración narrativa, de eso que él denomina batalla cultural, sobre todo si la economía de las familias se deteriora todos los días un poco más.