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La mujer que supo rescatarse de la violencia y el dolor más profundo

Tiene 35 años y vive en Santa Eufemia. Su historia de vida trascendió a los medios cuando todo el pueblo supo de sus tormentos y salió a apoyarla en movilizaciones pidiendo justicia. Hoy esta mujer se reconstruye. Trabaja en un jardín, lava calzados para los vecinos y retomó sus estudios. Y sigue luchando por sus derechos y los de su hija Jana

La soga y la calesita rebalsan de zapatillas, Jéssica Benítez mira orgullosa el resultado de su trabajo y se siente fortalecida. Es que son esos calzados los que la ayudan a dar pasos más firmes y trazar el camino de su nueva vida.

Esta mujer de contextura menuda, de 35 años, es una resiliente. Su historia trascendió las fronteras de Santa Eufemia cuando se animó a romper con el silencio y contar el calvario que venía sufriendo desde los 13 años, siendo víctima de violencia y destrato por parte de su pareja, que la llevó casi al punto de la invisibilidad.

Fue la pérdida de su hijo Joan, de 19 años, quien se quitó la vida, la que hizo despertar su ser dormido. Con el dolor a flor de piel y casi tocando fondo, tomó fuerzas y se animó a relatar su dura historia. Y fue tal el impacto en la sociedad que el pequeño poblado de 2.500 habitantes se levantó y marchó para pedir justicia por Jéssica. Hoy, su victimario, el hombre que la violentó psicológicamente y le hizo pasar hasta las más penosas necesidades, está preso.

Sufrió necesidades y hasta recogía ropa y calzados del basural del pueblo para vestirse.

Mientras espera justicia, Jéssica se reconstruye y agradece, una y otra vez, por el apoyo que recibe a diario. “Los primeros tiempos fueron difíciles”, asume.

Pero con el tiempo consiguió vivir tranquila, aunque el dolor de la pérdida de un hijo la acompañará por siempre. “Yo estoy fuerte por Dios y por mi hija, Jana, ella es mi luz, mi fortaleza”, comienza diciendo en diálogo con Puntal.

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La soga no alcanza para la cantidad de pares de calzados lavados. La mujer dice que aprendió a lavar bien, porque hubo tiempos en que recuperaba zapatilas del basural para usar.

La soga no alcanza para la cantidad de pares de calzados lavados. La mujer dice que aprendió a lavar bien, porque hubo tiempos en que recuperaba zapatilas del basural para usar.

Ahora Jéssica disfruta y descubre que tiene fuerzas y capacidad para hacer decenas de nuevas cosas. Está reconstruyendo su vida. “Estoy trabajando en un jardincito de infantes de auxiliar y no es mucho en la parte económica pero es muy gratificante. Los nenes me dicen ‘seño’ y yo no lo soy, pero me llenan de amor”.

Pero apremiada por las necesidades económicas debió buscar otras alternativas para sostener el hogar y a su hija. Aunque recibe una manutención de parte del padre de la pequeña –tal lo dicho, está detenido-, Jéssica puso en marcha un novedoso emprendimiento en Santa Eufemia, cual es lavar zapatillas.

El emprendimiento

Todo surgió de una charla con una amiga, y en la búsqueda de una salida. “Ella, una sobrina y su hija me preguntaban qué sabía hacer. Yo les respondía que ‘limpiar y limpiar’. Y ella me dijo ‘lavar zapatillas, mujer’. Al principio me dio risa, pero en la noche no pude dormir, pensando: ‘¿Y si ahí está la salida?’”. Sacando cuentas, la propuesta comenzó a tomar forma.

“Mi idea era hacer algo pero sin perjudicar a otros vecinos. Acá es una comunidad chica, de 2.500 a 3.000 habitantes; todos nos conocemos. Todos salimos a trabajar. Hay quienes hacen comidas, otros venden ropa, otros calzados. Yo quería hacer algo, pero sin perjudicar a otros”, subraya.

En cada palabra Jéssica transmite pasión, emoción y un eterno agradecimiento a Dios, pues dice ser muy creyente.

Y el emprendimiento de lavar zapatillas salió. Asegura que aprendió a lavarlas, porque cuando era prisionera de una relación enfermiza, acudía al basural a recuperar calzados para ella y sus hijos. Y los lavaba, para que tuvieran, aunque su entonces pareja tenía recursos para comprarles.

“Así aprendí a lavarlas bien. Yo creo que Dios me puso eso en el camino para prepararme para esto”, sostiene.

“Si me hubiese animado antes a salir (de la violencia de su hogar), por ahí salía con mis dos hijos de la mano. Pero bueno, Dios lo decidió así. Ahora es tratar de salir adelante todos los días. Es un renacer”, dice Jéssica.

“He llegado a lavar 18 pares en un día, 25 pares en otro. Me gusta hacerlo y también lo necesito. La verdad es que no me falta el trabajo. Agradezco a toda la gente que me ayuda”, sostiene con orgullo.

Los vecinos se comunican con Jéssica, y ella se encarga de retirar los calzados o recibirlos en su casa, para luego entregarlos en bolsitas perfumadas con un cartelito que dice “Gracias”.

Por su hija

Aunque aplacado, el dolor por la pérdida de su hijo está presente. Pero Jéssica se abraza al amor de Jana, su otra niña. “Creo que es un renacer todos los días. Siempre tratando de dar lo mejor, porque yo recibo tanto. A pesar de haber perdido, también recibo mucho”.

Y por un momento Jéssica se interpela y dice: “Si hubiese podido salir antes (de la violencia de su hogar, del destrato), por ahí salía con mis dos hijos de la mano. Pero bueno, Dios lo decidió así”.

Pero tiene a su pequeña Jana, quien la acompaña en la labor, y se encarga de pegar las etiquetas en las bolsitas y alcanzar los cordones.

En memoria de Joan

En esta nueva etapa de su vida, también Jéssica se animó a retomar los estudios secundarios. “Fui mamá muy joven y mi pareja no me dejaba estudiar. Ahora comencé la escuela nocturna”, resalta.

En honor a su hijo Joan, quien estudiaba Contador Público, y que tenía cientos de sueños, Jéssica promete superarse.

También integra el grupo Padres del dolor. “Decidí sumarme, y ahí me encuentro con historias muy fuertes. Como un papá que perdió sus dos hijos; yo al menos tengo a mi niña”.

“Siempre fue mi sueño estudiar algo relacionado a la Medicina. Pero bueno, con el tiempo uno pierde un poco la capacidad. Ahora estando como auxiliar en el jardín, tengo ganas de ir por eso. Más adelante estudiar de maestra jardinera”, sostiene.

La mujer sigue viviendo en Santa Eufemia, y cuenta con el apoyo de amigos, vecinos y las hijas de su expareja, que son su familia.

Termina la jornada y es hora de descolgar las zapatillas, ordenarlas, colocarlas en bolsitas, perfumarlas y salir a repartir. Jéssica sube a su bicicleta y empieza a recorrer las calles, ahora con libertad, y mostrando que no hay nadie quien pueda con sus ganas de vivir y salir adelante.