Manuel Schneider, cofundador de la granja Siquem, explicó que trabaja actualmente con 50 chicos: 10 viven en la institución y otros 40 son buscados cada mañana en distintos barrios por un colectivo institucional. El menor de los que residen allí tiene 12 años. La jornada arranca con el desayuno, continúa con la escuela, tienen nivel primario y secundario, actividades educativas y productivas, y termina cuando los que no viven en la granja regresan a sus casas al caer la tarde.
"Cuando socialmente no le ofrecemos nada, no te valorás, no te querés, estás enojado. Y una persona que no se valora, no se quiere, está enojada, no va a querer a otros", señaló Schneider al describir el círculo que, según él, alimenta la conflictividad. Para el cofundador, la clave está en ofrecer oportunidades concretas: las mismas que, reconoció, él y sus compañeros de generación tuvieron y que hoy no están al alcance de todos.
Más policía no alcanza
Frente al reclamo de mayor presencia policial que surgió entre vecinos consultados tras los hechos del fin de semana, Schneider fue directo: los controles solos no son la solución. Sostuvo que sumar patrulleros sin atacar las causas profundas del problema no modifica nada de fondo. Lo que hace falta, insistió, son políticas sociales, educación y afecto.
También advirtió sobre el avance del consumo de drogas entre los más chicos. Cuando Siquem comenzó su trabajo, hace 33 años, el problema central era el alcohol. Hoy el panorama cambió: hay un incremento marcado en el consumo problemático y una baja notoria en la edad de inicio. "Antes era un problema que pasaba fuera, lo veíamos en la tele; hoy es un problema que está a la vuelta de la esquina", graficó.
El suicidio como señal de alarma
Schneidar también se refirió a la crisis de salud mental y al suicidio juvenil, que calificó como "la peor de las causas" y como un indicador de que algo ya falló antes. Señaló que los datos estadísticos son alarmantes y que la respuesta, también en este caso, pasa por construir proyectos de vida y por ofrecer referentes concretos con quienes los jóvenes puedan identificarse.
En ese sentido, destacó que Siquem cuenta hoy con adultos de entre 30 y 40 años que pasaron por la institución hace tres décadas y que funcionan como espejos para los chicos que llegan ahora: personas que estudiaron, trabajan, tienen un sueldo y construyeron algo propio.
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