Katalin Karikó, la Nobel que emigró de Hungría con dólares adentro de un osito de peluche
Estamos en la semana de los reconocimientos más importantes a personalidades de la ciencia, la química, la literatura, la física, la economía y las acciones para promover la paz. El lunes se conocieron los galardonados por el Premio Nobel de Medicina.
Por sus estudios de ciencia básica que permitieron el desarrollo de vacunas de ARNm eficaces contra la COVID-19, la bioquímica húngara Katalin Karikó y el inmunólogo estadounidense Drew Weissman ganaron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2023.
A través de sus innovadores hallazgos que cambiaron de manera fundamental la comprensión de cómo el ARN mensajero (ARN) interactúa con nuestro sistema inmunológico, los galardonados – que trabajan juntos en la Universidad de Pensilvania, en Estados Unidos – contribuyeron a un ritmo sin precedentes en el desarrollo de vacunas durante la pandemia por COVID-19.
La historia detrás de Katalin Karikó es un relato de lucha y perseverancia. Nacida en una pequeña ciudad húngara, creció en una casa de adobe sin agua corriente ni electricidad para convertirse en una de las científicas más influyentes del planeta.
En diciembre de 2020 el diario El País de España publicó una entrevista realizada por Nuño Dominguez; ella dijo: “yo era una niña feliz. Mi padre era carnicero y me gustaba mirarle trabajar, observar las vísceras, los corazones de los animales, quizás de ahí me vino la vena científica”.
Después de estudiar Biología en Hungría, fue a EE UU para hacer el doctorado en 1985 y jamás regresó. “Estuve a punto de ir a España con el grupo de Luis Carrasco, que estaba interesado en mi trabajo, también a Francia, pero la Hungría comunista ponía las cosas muy difíciles”, explicó.
Pero antes de migrar, Karikó vivía en una Hungría que todavía sentía la devastación tras la Segunda Guerra Mundial mientras la ocupación soviética controlaba el país. A pesar de las carencias, completó sus estudios y obtuvo su doctorado en la Universidad de Szeged, donde trabajó como becaria posdoctoral.
Según el sitio Publico.es, “después de haber formado una familia y de que el laboratorio en el que trabajaba se quedara sin fondos, Karikó decidió mudarse a Estados Unidos en los años 80”. Casada con Béla Francia en 1985 emigraron de Hungría a Filadelfia, con su hija Susan Francia de dos años, y debido a que estaba prohibido por el gobierno comunista de la época sacar más de 100 dólares del país, debieron esconder todo el dinero que poseían, 1246 dólares estadounidenses, en un osito de peluche.
Nadie confiaba en su investigación
Llegó a Estados Unidos con una idea de investigación que nunca abandonaría: el uso de la molécula de ARN mensajero con fines terapéuticos. El ARN mensajero es el ácido nucleico que lleva la información para producir proteínas con ayuda de la maquinaria celular. Son las instrucciones que indican los componentes y orden de las proteínas. Dicho mensaje está escrito con las letras que representan la adenina (A), el uracilo (U), la citosina (C) y la guanina (G). Nadie confiaba en el potencial del ARN mensajero.
Ahora parece increíble pero, durante toda una década, la de los noventa, nadie apoyó la idea de Karikó: hacer tratamientos y vacunas basadas en la molécula del ARN, exactamente la misma que usan las de Moderna y BioNtech contra el coronavirus. “Recibía una carta de rechazo tras otra de instituciones y compañías farmacéuticas cuando les pedía dinero para desarrollar esta idea”, explicó la bioquímica al El País.
“En los últimos 40 años no he tenido ni una recompensa a mi trabajo, ni siquiera una palmadita en la espalda. No lo necesito. Sé lo que hago. Sé que esto era importante. Y soy demasiado vieja para cambiar. Esto no se me ha subido a la cabeza. No uso joyas y tengo el mismo coche viejo de siempre”, le confesó a El País en diciembre de 2020. Cuando era una joven científica aún en su Hungría natal su madre le decía que algún día ganaría el Nobel. “Yo le contestaba, ¡pero si ni siquiera puedo conseguir una beca, ni siquiera tengo un puesto fijo en la universidad!”.
Por Fernanda Bireni