-¿A dónde va?, consulto.
-Hasta el río, responde.
Faltan pocas cuadras para llegar. Con el grito de “vamos”, el hombre empieza a coordinar sus pasos junto a las 64 patas que marchan al mismo tiempo. De a ratos, va casi trotando. Es que la manada de “pichichos” tiene que marchar organizada y siempre al frente. Los autos frenan para darle paso, las veredas no son suficientes para semejante caudal de pisadas.
El sector de la costanera debajo del puente Juan Filloy es todo para ellos. Allí, Enrique Alberto “Quique” Loza se encarga de quitar los collares y cadenas para que los animales aprovechen para correr sobre el césped y la arena, y mojarse en el hilo de agua que divide a la ciudad en dos. Algunos no se alejan de él. Otros siguen su instinto explorador y van más allá.
El denominador común de estas mascotas es tener ganas de jugar. Hay muchos cachorros, más allá de que el tamaño acuse lo contrario, y otros son un poco más adultos pero igual juegan entre sí.
La tarea que realiza “Quique” se parece a la de un maestro jardinero, rodeado de niños entre 3 y 5 años que buscan interactuar y divertirse, mientras él llama su atención, controla que no se lastimen ni se alejen demasiado de la sala, y les enseña a convivir.
La mayoría de los protagonistas son ovejeros alemanes, pero también hay un beagle, un labrador, un cruza con pitbull, y otros sin raza definida.
Luján, Coco, Lila, Lola (x2), Melchor, Goro, Luqui, Tigre, Rambo, Bruja, Kaiser, India son algunos de los nombres de las mascotas que pasea “Quique”. De tanto contacto diario, ya sabe de memoria los nombres, el color de la cadena, dónde viven y qué días los tiene que pasar a buscar. Porque no todos salen a pasear a diario. Algunos tienen un régimen de dos veces a la semana o tres.
Alrededor de 60 minutos disfrutan del paseo por la costanera, hasta que Enrique se acerca al morral donde guardó las cadenas y empieza a llamarlos uno por uno para repetir la odisea. Cuando el reloj señala el mediodía, el paseador de perros más popular de la ciudad inicia el recorrido de regreso hacia sus hogares de origen.
Ya no registra cuántas cuadras recorre por día, pero en general, las casas de los perros y sus familias están ubicadas en el Centro.
“Quique” tiene 50 y vive con su papá de 83, en una casa con patio cerca de El Andino. A las 6 se despierta y les da de comer a sus once mascotas. A las siete ya sale a la calle para comenzar su actividad.
Al primer animal que recoge, lo pasa a buscar en bicicleta, porque está en calle Sadi Carnot, unas cuadras más alejado de la Plaza Roca. Su sueño sería tener un vehículo donde pudiera transportar a todos hasta la Costanera, ya que asegura que es el mejor lugar para estar con los animales, porque no se ensucian como en el Centro (a causa del aceite que pierden los automóviles) y pueden andar libres.
Trayectoria
Hace 15 años que Enrique se inició en el rubro de paseador de perros. No es el único, pero seguro el más reconocido por las calles de la ciudad.
En aquel momento era caddy y su patrón lo contrató, además, para que sacara a pasear a su mascota. Campari se llamaba el bretón, que ya no está.
Luego, otros vecinos del barrio Golf de la ciudad solicitaron también su servicio.
De boca a boca se fue corriendo la bola, y más personas empezaron a llamarlo, o lo frenaban en la calle para contratarlo.
Enrique dice que siempre tuvo adoración por los animales y de chico tuvo mascotas.
Para él, este trabajo no es un peso, porque asegura que está rodeado de seres fieles y más compañeros que muchas personas.
-¿Necesitás una personalidad particular para hacer esta tarea?
-No, sólo te tienen que gustar los perros. Porque ellos perciben eso. Yo a todos los trato como si fueran míos. Y a la vez les hablo como si fueran niños. Les digo “no se peleen”, “cuidado con tal cosa”, los acaricio. A todos por igual, si no se ponen celosos.
-¿Cómo es tu rutina de trabajo?
-El trabajo es de lunes a viernes. Hay perros que salen todos los días y otros sólo dos o tres veces por semana. Los días que llueve mucho no salgo, porque los dueños no me los entregan.
-¿A los dueños les pedís algún requisito en especial?
-Nada en especial. Pero sí es importante que estén vacunados para que no se contagien enfermedades, y que tengan collar con cadena. Tampoco saco perros que estén entrenados para pelear o que sean agresivos. A su vez, si las perritas están en celo no las llevo, para evitar que los perros se peleen entre sí.
-¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?
-Hay gente a la que no le importan los perros pero para mí son mejores que las personas. El perro es fiel, si vos le das un lugar para comer y donde dormir te acompaña de por vida. A mí me da lástima ver los animales de la calle, me los conozco a todos. Creo que si las personas adoptaran un animalito, podrían sacarlos de esa situación.
-¿Cómo lográs que no peleen?
-A los que empiezo a pasear por primera vez, les explico a los dueños que hay que hacer un proceso. Por lo general los paso a buscar primero. Voy haciendo una adaptación con los demás perros. Les pido un buen collar, con una buena correa. La forma que ellos tienen de conocerse es olerse. Así que los voy introduciendo de a poco. Algunas veces se han agarrado, pero pude dominar la situación. Vos tenés que mostrarle al perro que vos sos el amo. Ellos necesitan que los mandes, si no, se vuelven ellos los alfa. Sin gritarles, les vas dando indicaciones. Me parece que le hacen más caso a la voz de los hombres, que es más gruesa que la de las mujeres.
Magdalena Bagliardelli. Redacción Puntal