Río Cuarto
La niñez vulnerada: crece la demanda en merenderos y comedores comunitarios
Conforme se deterioran los indicadores socioeconómicos, se multiplica la cantidad de niños y niñas que asisten en busca de la merienda o el almuerzo diario. “Así no hay olla que alcance”, afirman desde los barrios. Apuestan a la solidaridad y piden respuestas
Sale de su casa y camina hacia el norte. Son las 11.50 de un caluroso mediodía de enero. Se llama Laura, tiene 7 años. A medida que avanza a lo largo de las cuatro cuadras y media que separan su casa del merendero, sus pequeños pasos se agigantan. Al llegar, unos 25 niños ya forman la larga fila que conduce a la cocina. Los platitos de colores contrastan con los rostros serios, algunos de ellos con ojos fijos que miran al vacío. Laura avanza. La pesada cuchara de madera llena el plato de abundante polenta. Laura Sonríe. Mientras camina hacia la mesa, mira la fila: otros 45 niños esperan.
La postal es cotidiana y se repite en los diferentes barrios de la ciudad. A lo largo y a lo ancho del ejido urbano local funcionan más de 50 merenderos y copas de leche a los que asisten a diario cientos de niños y niñas en busca de un trozo de pan y una taza de leche. Ante el agravamiento de las condiciones sociales, que han impactado de manera radical en la vida de los sectores populares, muchos de ellos han decidido redoblar los esfuerzos y brindar también el almuerzo: “Es injusto ver tantos niños con hambre”, sostienen.
No obstante, día a día la demanda se multiplica y, pese al esfuerzo mancomunado de numerosas organizaciones y particulares, peligran las respuestas. “Si hace tres meses teníamos 30 niños, ahora tenemos 50; si antes teníamos 50, ahora tenemos 70. Así no hay olla que alcance”, lamentan. Y agregan: “La situación está difícil, cada día peor. Hace tiempo que estamos al límite”. Ojalá Laurita, de 7 años, no se entere de eso por el plato vacío. Apelan a la solidaridad y piden respuestas.
Radiografía de una
niñez vulnerada
Lo hasta aquí mencionado es causa y consecuencia. Sondear en esto último implica referirnos a un contexto caracterizado por una evolución socioeconómica desfavorable durante el último año. Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica, “entre el tercer trimestre de 2017 y el tercero de 2018 la economía argentina pasó de un ciclo de crecimiento a una fuerte recesión, a la vez que la devaluación monetaria durante el último año se traspasó a los precios y condujo a una elevada inflación”.
“El nuevo escenario ha tenido efecto sobre los ingresos reales de los que disponen los hogares por un deterioro del poder adquisitivo de los salarios, de los haberes jubilatorios y de las prestaciones sociales. Asimismo, el contexto macroeconómico se ha revelado desfavorable para la creación de empleo, con consecuencias sobre las posibilidades de volcar más trabajadores al mercado laboral por parte de los hogares”, señala el informe publicado en el mes de diciembre.
Río Cuarto no está ajena a tal situación. De acuerdo a los datos oficiales aportados por el Indec, casi 49 mil (48.860) riocuartenses son pobres y más de 10 mil (10.159) viven en la indigencia. Los datos corresponden a junio del año pasado y, aún a la espera de los datos oficiales, todo hace prever que la situación se ha seguido agravando de aquellos días a esta parte.
Asimismo, se debe considerar que el deterioro de los indicadores socioeconómicos impacta con mayor intensidad sobre los estratos de niños y adolescentes. En esa línea, y de acuerdo a la medición del Observatorio de la Deuda Social, la proporción de niños y adolescentes que viven por debajo de la línea de pobreza creció un 7,7% entre 2017 y 2018. De acuerdo a ello, más de la mitad de los menores de 17 años (el 51,7%) vive en hogares que no logran satisfacer todas sus necesidades básicas. En tanto, 1,3 millones de niños y adolescentes en el país habitan en hogares que no han podido acceder a la alimentación básica al menos una vez en el último año.
Barrio adentro
Al recorrer las calles, los índices estadísticos adquieren rostros y nombres. En los distintos puntos de la ciudad un sinnúmero de personas redobla a diario los esfuerzos en pos de brindar alimento y contención a los niños y niñas de los barrios populares. No obstante, conforme se degrada la situación socioeconómica de las familias crece exponencialmente la demanda, situación que los ha puesto “al límite” en los últimos meses.
“La situación económica a raíz de la política que está llevando adelante el Gobierno hace que la realidad de los barrios más periféricos se vea mucho más complicada”, precisó a Puntal Silvia Alcoba, coordinadora del Movimiento de Acción Popular, entidad que nuclea a 22 merenderos distribuidos en distintos puntos de la ciudad.
Y agregó: “Nosotros lo vemos día a día en nuestros merenderos, se nos van agregando chicos constantemente. Si hace tres meses teníamos 30 niños en un merendero, ahora tenemos 50; si antes teníamos 50, ahora tenemos 70. Entonces se nos hace más difícil dar respuestas a tanta demanda, así no hay olla que alcance”.
Alcoba detalló que producto de tal situación, a lo que se suma la interrupción del Paicor durante el receso escolar, han tenido que duplicar los espacios en los que brindan el almuerzo. “Durante el año, en 5 de los 22 merenderos brindamos el almuerzo. Pero desde diciembre lo empezamos a servir en 10 de ellos porque notamos que verdaderamente hay muchos chicos que no tienen un plato de comida en su casa”, puntualizó.
En el garaje de su casa, ubicada en Pasaje Mestre al 18, Analía Ramón sirve a diario el almuerzo y la merienda a un puñado de niños del sector norte de barrio Alberdi. Allí funciona, desde hace dos años, la copita de leche “Rayito de Sol”. “Comenzamos dando apoyo escolar y la merienda y poco a poco se fueron sumando más y más niños. Ahora estamos sirviendo también el almuerzo; es injusto ver tantos niños con hambre”, contó Ramón, quien especificó que actualmente acuden a almorzar a su copita de leche unos 70 niños.
“Cuando hablamos de un incremento de la demanda hay que tener en cuenta que a nosotros no nos sobra nada, sino que estamos siempre al límite. Entonces cuando aumenta la cantidad de niños, sumado a que últimamente han decaído las donaciones que recibíamos de la gente, se pone verdaderamente difícil… muy difícil”, subrayó.
Situación similar atraviesa Karina Vega, quien hace diez años que brinda asistencia y contención a los niños y niñas que viven en barrio Obrero. “Acá en el barrio hay mucha desocupación. Y eso trae mucha pobreza y hace que los niños no tengan asegurado un plato de comida en sus casas”, remarcó la referente barrial.
“En lo que va de enero nomás se han agravado las necesidades. Vos te das cuenta de que están pasando necesidades en el hogar, porque las mismas madres vienen y te preguntan si no tenés leche o ropa que les des”, apuntó.
Aportes del Estado
Respecto de la presencia del Estado municipal, Vega refirió que desde hace tres años recibe apoyo por parte del Municipio. “Me mandan las cosas de la merienda, el té, el azúcar, mermeladas y también el gas. Todo eso se suma a las donaciones que nos hace la gente”, manifestó.
Silvia Alcoba, por su parte, consideró que, si bien la gestión actual viene articulando con las distintas organizaciones territoriales para dar respuesta a las necesidades que viven algunos barrios de la ciudad, el agravamiento de la situación social que se experimentó en los últimos meses hace que tal respuesta resulte, en algunas situaciones, insuficiente. “Actualmente hay un mayor diálogo con el Municipio. Sin embargo, si bien se está articulando y haciendo gestiones para conseguir alimentos, como la carne o el pan, me parece que harían falta más esfuerzos”, afirmó.
“No hay que olvidar –continuó- que las organizaciones estamos cumpliendo un rol que le corresponde al Estado. Le estamos ayudando al Estado a garantizar la alimentación de los niños. Entonces, me parece que ahí es donde tiene que haber más presupuesto, en donde tiene que haber mayores partidas para todas las organizaciones por igual para que cada una pueda asistir y cumplir su rol”.
Epílogo
“Yo hago esto porque creo en un mundo mejor”, dice Karina Vega al cronista. “Creo en ellos, en los niños”, repite a media voz y se le humedecen los ojos. “Me gustaría que esto se mejorara, que no haya más chicos pidiendo, que no fuesen más necesarios los centros comunitarios. Esto no es una molestia, al contrario. Damos gracias a Dios de poder brindar una mano con lo que tenemos. Pero lo lindo sería que hubiera más trabajo para que no haya tanta miseria. Eso me gustaría. Por ellos, por los niños”, concluye Vega.
En ese mismo instante, en otro punto de la ciudad, Laurita, de 7 años, regresa a su casa con una sonrisa que le ilumina la cara.
Amir Coleff. Redacción Puntal
La postal es cotidiana y se repite en los diferentes barrios de la ciudad. A lo largo y a lo ancho del ejido urbano local funcionan más de 50 merenderos y copas de leche a los que asisten a diario cientos de niños y niñas en busca de un trozo de pan y una taza de leche. Ante el agravamiento de las condiciones sociales, que han impactado de manera radical en la vida de los sectores populares, muchos de ellos han decidido redoblar los esfuerzos y brindar también el almuerzo: “Es injusto ver tantos niños con hambre”, sostienen.
No obstante, día a día la demanda se multiplica y, pese al esfuerzo mancomunado de numerosas organizaciones y particulares, peligran las respuestas. “Si hace tres meses teníamos 30 niños, ahora tenemos 50; si antes teníamos 50, ahora tenemos 70. Así no hay olla que alcance”, lamentan. Y agregan: “La situación está difícil, cada día peor. Hace tiempo que estamos al límite”. Ojalá Laurita, de 7 años, no se entere de eso por el plato vacío. Apelan a la solidaridad y piden respuestas.
Radiografía de una
niñez vulnerada
Lo hasta aquí mencionado es causa y consecuencia. Sondear en esto último implica referirnos a un contexto caracterizado por una evolución socioeconómica desfavorable durante el último año. Según el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica, “entre el tercer trimestre de 2017 y el tercero de 2018 la economía argentina pasó de un ciclo de crecimiento a una fuerte recesión, a la vez que la devaluación monetaria durante el último año se traspasó a los precios y condujo a una elevada inflación”.
“El nuevo escenario ha tenido efecto sobre los ingresos reales de los que disponen los hogares por un deterioro del poder adquisitivo de los salarios, de los haberes jubilatorios y de las prestaciones sociales. Asimismo, el contexto macroeconómico se ha revelado desfavorable para la creación de empleo, con consecuencias sobre las posibilidades de volcar más trabajadores al mercado laboral por parte de los hogares”, señala el informe publicado en el mes de diciembre.
Río Cuarto no está ajena a tal situación. De acuerdo a los datos oficiales aportados por el Indec, casi 49 mil (48.860) riocuartenses son pobres y más de 10 mil (10.159) viven en la indigencia. Los datos corresponden a junio del año pasado y, aún a la espera de los datos oficiales, todo hace prever que la situación se ha seguido agravando de aquellos días a esta parte.
Asimismo, se debe considerar que el deterioro de los indicadores socioeconómicos impacta con mayor intensidad sobre los estratos de niños y adolescentes. En esa línea, y de acuerdo a la medición del Observatorio de la Deuda Social, la proporción de niños y adolescentes que viven por debajo de la línea de pobreza creció un 7,7% entre 2017 y 2018. De acuerdo a ello, más de la mitad de los menores de 17 años (el 51,7%) vive en hogares que no logran satisfacer todas sus necesidades básicas. En tanto, 1,3 millones de niños y adolescentes en el país habitan en hogares que no han podido acceder a la alimentación básica al menos una vez en el último año.
Barrio adentro
Al recorrer las calles, los índices estadísticos adquieren rostros y nombres. En los distintos puntos de la ciudad un sinnúmero de personas redobla a diario los esfuerzos en pos de brindar alimento y contención a los niños y niñas de los barrios populares. No obstante, conforme se degrada la situación socioeconómica de las familias crece exponencialmente la demanda, situación que los ha puesto “al límite” en los últimos meses.
“La situación económica a raíz de la política que está llevando adelante el Gobierno hace que la realidad de los barrios más periféricos se vea mucho más complicada”, precisó a Puntal Silvia Alcoba, coordinadora del Movimiento de Acción Popular, entidad que nuclea a 22 merenderos distribuidos en distintos puntos de la ciudad.
Y agregó: “Nosotros lo vemos día a día en nuestros merenderos, se nos van agregando chicos constantemente. Si hace tres meses teníamos 30 niños en un merendero, ahora tenemos 50; si antes teníamos 50, ahora tenemos 70. Entonces se nos hace más difícil dar respuestas a tanta demanda, así no hay olla que alcance”.
Alcoba detalló que producto de tal situación, a lo que se suma la interrupción del Paicor durante el receso escolar, han tenido que duplicar los espacios en los que brindan el almuerzo. “Durante el año, en 5 de los 22 merenderos brindamos el almuerzo. Pero desde diciembre lo empezamos a servir en 10 de ellos porque notamos que verdaderamente hay muchos chicos que no tienen un plato de comida en su casa”, puntualizó.
En el garaje de su casa, ubicada en Pasaje Mestre al 18, Analía Ramón sirve a diario el almuerzo y la merienda a un puñado de niños del sector norte de barrio Alberdi. Allí funciona, desde hace dos años, la copita de leche “Rayito de Sol”. “Comenzamos dando apoyo escolar y la merienda y poco a poco se fueron sumando más y más niños. Ahora estamos sirviendo también el almuerzo; es injusto ver tantos niños con hambre”, contó Ramón, quien especificó que actualmente acuden a almorzar a su copita de leche unos 70 niños.
“Cuando hablamos de un incremento de la demanda hay que tener en cuenta que a nosotros no nos sobra nada, sino que estamos siempre al límite. Entonces cuando aumenta la cantidad de niños, sumado a que últimamente han decaído las donaciones que recibíamos de la gente, se pone verdaderamente difícil… muy difícil”, subrayó.
Situación similar atraviesa Karina Vega, quien hace diez años que brinda asistencia y contención a los niños y niñas que viven en barrio Obrero. “Acá en el barrio hay mucha desocupación. Y eso trae mucha pobreza y hace que los niños no tengan asegurado un plato de comida en sus casas”, remarcó la referente barrial.
“En lo que va de enero nomás se han agravado las necesidades. Vos te das cuenta de que están pasando necesidades en el hogar, porque las mismas madres vienen y te preguntan si no tenés leche o ropa que les des”, apuntó.
Aportes del Estado
Respecto de la presencia del Estado municipal, Vega refirió que desde hace tres años recibe apoyo por parte del Municipio. “Me mandan las cosas de la merienda, el té, el azúcar, mermeladas y también el gas. Todo eso se suma a las donaciones que nos hace la gente”, manifestó.
Silvia Alcoba, por su parte, consideró que, si bien la gestión actual viene articulando con las distintas organizaciones territoriales para dar respuesta a las necesidades que viven algunos barrios de la ciudad, el agravamiento de la situación social que se experimentó en los últimos meses hace que tal respuesta resulte, en algunas situaciones, insuficiente. “Actualmente hay un mayor diálogo con el Municipio. Sin embargo, si bien se está articulando y haciendo gestiones para conseguir alimentos, como la carne o el pan, me parece que harían falta más esfuerzos”, afirmó.
“No hay que olvidar –continuó- que las organizaciones estamos cumpliendo un rol que le corresponde al Estado. Le estamos ayudando al Estado a garantizar la alimentación de los niños. Entonces, me parece que ahí es donde tiene que haber más presupuesto, en donde tiene que haber mayores partidas para todas las organizaciones por igual para que cada una pueda asistir y cumplir su rol”.
Epílogo
“Yo hago esto porque creo en un mundo mejor”, dice Karina Vega al cronista. “Creo en ellos, en los niños”, repite a media voz y se le humedecen los ojos. “Me gustaría que esto se mejorara, que no haya más chicos pidiendo, que no fuesen más necesarios los centros comunitarios. Esto no es una molestia, al contrario. Damos gracias a Dios de poder brindar una mano con lo que tenemos. Pero lo lindo sería que hubiera más trabajo para que no haya tanta miseria. Eso me gustaría. Por ellos, por los niños”, concluye Vega.
En ese mismo instante, en otro punto de la ciudad, Laurita, de 7 años, regresa a su casa con una sonrisa que le ilumina la cara.
Amir Coleff. Redacción Puntal