Río Cuarto

La proclama que no fue

La proclama que no fue
Río Cuarto vivió tres días de máxima tensión, pero se evitó la salida de Mugnaini.   

Un llamado urgente del senador nacional Fernando Hugo Mahum al intendente de Río Cuarto Julio Humberto Mugnaini el 28 de febrero de 1974 advertía de un hecho del cual el mismo ya estaba enterado. Solo aguardaba la continuidad de los acontecimientos que habían trascendido por todos los medios y de manera verbal entre el personal del edificio comunal. Se había producido sorpresivamente el levantamiento de las fuerzas policiales en la ciudad de Córdoba llamado el Navarrazo. El jefe de Policía de la provincia, Antonio Navarro, depuso al gobernador Obregón Cano y su vice, Atilo López, quien posteriormente fuera asesinado.

Gobernaba el país María Estela Martínez de Perón. Se impuso de hecho un estado de sitio garantizado por la provincia con el auxilio de grupos armados civiles de la juventud sindical. En un imperativo diálogo telefónico, el senador urgía al intendente que debía hablar a la comunidad por todos los medios que fueran posible para atemperar las consecuencias que tan traumático hecho podría ocasionar en la ciudadanía.

Dentro de las lógicas y diferentes reacciones que se fueron produciendo en organismos oficiales, destacamentos militares, centro comercial e industrial, sociedad rural y otras tantas instituciones, una curiosa y desconocida anécdota se produjo marginalmente en radio Ranquel y en especial en el circuito cerrado de televisión que por entonces estaba ubicado en la esquina de las calles Vélez Sarsfield y Alberdi.

De ahora en más, me voy a tomar la libertad de relatar en primera persona por haber sido testigo presencial de los hechos.

Los memoriosos podrán recordar a nuestro querido Imperio Televisión circuito cerrado.

Por entonces contábamos con un locutor que hacía turnos en los tiempos que le permitía su actividad principal como oficial de la Policía Federal. Ante las primeras y confusas noticias que se recibían, le encomendé que se llegara a la sede de la Federal para que nos informan qué estaba pasando.

Media hora más tarde, regresó el locutor vistiendo uniforme policial acompañado por dos oficiales más y tres personajes de civil fuertemente armados. Un extraño connato policial apoyado por muchos ciudadanos de a pie de la provincia de Córdoba.

Cuando subían por la escalera al primer piso, intentaba bajar el conocido periodista Facundo Varela, de la misma ideología del gobernador derrocado. Acababa de finalizar su programa agropecuario y se llevó el susto del año al cruzarse con los revoltosos.

Muy aliviado y respirando hondo, pudo alejarse rápidamente del lugar sin consecuencias. Ante el abandono de sus tareas de locutor, ahora policía en acción, tuvimos que pedir a los revoltosos que nos permitieran llamar a una locutora para el reemplazo. Pocos minutos tuvimos que aguardar para que Lita Zadra llegara a cumplir con lo que le pedimos.

Luego nos arrepentimos porque, ni bien vio el panorama, se desvaneció, lo que nos obligó a pedir una nueva autorización para llamar una ambulancia.

Felizmente no fue necesario porque pudo recuperarse en pocos minutos. Pero alguien tuvo la mala idea de llamar a su esposo con buena intención, pero de máximo riesgo. Conocíamos su temperamento.

Llegó como una tromba el hombre de fuerte condición física y de irracional carácter. Superada la primera sorpresa y constatando el estado de su esposa, quiso enfrentar a los hombres armados. Lita, con sorpresiva fortaleza, felizmente logró interponerse y evitó consecuencias mayores. A todo esto, la transmisión continuaba con absoluta normalidad.

El personal disimulaba el temor y nerviosismo. Fríos, congelados, se mantenían en sus puestos y ningún televidente se enteró de los hechos hasta que ocurrió lo que contaré más adelante.

Un empleado muy audaz se atrevió preguntar al compañero locutor, ahora policía:

-Eh, Mario, ¿qué estás haciendo?

-Solo recibo órdenes -respondía el locutor con gesto adusto-.

En tanto, yo hacía la misma pregunta al trío de civiles armados, personas conocidas por mí porque todos eran de nuestra ciudad. Uno tenía un negocio en la calle General Paz de ropa interior femenina, otro se dedicaba a la actividad inmobiliaria y del tercero nunca se supo de qué vivía, pero era un niño bien, elegante y vestía pilchas de última moda. Recuerdo sus nombres, pero no los menciono por respeto a hijos y nietos porque no debo ser yo quien relate la actitud correcta o incorrecta de sus mayores.

Continúo:

Ante mis insistentes preguntas, respondían:

-Vos, Gabriel, no te metás -poniendo en evidencia gestos amenazantes-.

Sin más, los tres apoyaron sus armas sobre la balaustrada del balcón que estaba en la esquina con el objeto de esperar la llegada del intendente Humberto “Cebolla” Mugnaini y dispararle antes de que pudiera dirigirse a la ciudadanía. Además, nos notificaron imperativamente que, con posterioridad a la misión que tenían encomendada, leerían una proclama revolucionaria a la ciudadanía desde nuestra cabina de locución.

Ante esta situación, me comuniqué visualmente con el técnico Eladio Pittaro, quien entendió en el acto y, con total disimulo, desconectó una válvula del antiguo equipo transmisor para que el servicio continuara activo, pero solamente dentro del ámbito del canal.

En tanto, los tres hombres, con sus armas apoyadas en el balcón en lo alto de esa esquina, aguardaban para ultimar al intendente ni bien se lo viera llegar. Con temor y densa espera fueron pasando los minutos ante la impaciencia de los francotiradores. Me tuve que llamar a silencio cuando quise intentar desalentarlos ante una nueva actitud amenazante que paralizó a todo el personal. Los segundos se fueron agotando con el tiempo, no volaba ni una mosca, la preocupante densidad del clima nos hacía transpirar. Expectante, me apoyé sobre un mueble metálico, simulando calma, observando los rostros de temor de los empleados, que seguramente era el fiel reflejo del mío.

En ese mueble metálico se encontraba el teléfono de la empresa. Yo seguía observando el balcón exterior y la amenazante posición de los tiradores. En el tenso silencio reinante, me sobresalté ante el fuerte sonido del timbre telefónico. Levanté el tubo bajo la incisiva mirada de un federal y escucho la voz del senador Mahum (radical), quien se encontraba con el intendente Mugnaini (peronista) y me entero por la llamada de que estaban en LV16 Radio Río Cuarto, ubicada por entonces en la calle Rivadavia, apenas trescientos metros del circuito cerrado.

El legislador me avisa que el intendente ya había emitido su mensaje desde ese medio y que tenían conocimiento de que estaban aguardándolo en la televisión, donde sabían que corría peligro su vida.

Por lo tanto, informaba Mahum que suspendían la visita al canal. Enterados y con disgusto, los golpistas pretendieron tomar el tubo que yo ya había colgado.

Para nada creyeron en mi palabra y por largo tiempo más nos acosaron blandiendo sus armas. En la seguridad de que les habíamos mentido, se apostaron nuevamente en el balcón. Pasado cierto tiempo y ante la evidente realidad, optaron por increparnos con toda clase de improperios exigiéndonos compulsivamente que le habilitáramos la cabina de locución.

Nuestro sonidista Hugo Caggiano les indicó el lugar y les advirtió que debían comenzar ni bien vieran la luz roja encendida.

En sus rostros se evidenciaba la fuerte frustración por no haber podido concretar sus objetivos, en consecuencia, optaron por emitir el comunicado. Uno de ellos, con forzada voz impostada, dio lectura a un duro texto que llamaba a la rebelión. Al finalizar, el vocero fue felicitado por sus compinches. Así como llegaron, se fueron intempestivamente con el supuesto placer de haber cumplido en parte las órdenes recibidas.

Felizmente la proclama fue escuchada solo por ellos y nosotros, los operadores del canal.

En consecuencia, por precaución y algo de susto, mandé a cerrar la puerta de entrada.

Gabriel Yenarópulos. Especial para Puntal