Creo que esta vez la soledad no es una herida
Llevar el nombre de la superstar de Hollywood y escribir toda su obra en la época en que la celebrada actriz estaba en la cima de su fama la obligó a ser una escritora secreta. Con “Prohibido morir aquí”, la otra Elizabeth Taylor hoy no cesa de sumar adeptos
“Dejo un mundo atrás./Negra claridad./Apuesto sin dudar./Creo que esta vez la soledad no es una herida./Y hasta donde ves, la oscuridad se vuelve día”.
(La soledad no es una herida, “Valle de muñecas”).
Las novelas perdurables, las que de alguna forma se hacen lugar en la memoria de los lectores, suelen ser aquellas que, a primera vista, no tienen chance de atraparnos.
“Prohibido morir aquí”, de la escritora inglesa Elizabeth Taylor, va en esa dirección.
El argumento de la novela parece una invitación al tedio: una viuda elige un hotel de poca monta de Londres para pasar el último tramo de su vida, en compañía de otros cuatro ancianos que residen en forma permanente en esos cuartos venidos a menos.
Sin embargo, el lector paciente se verá ampliamente recompensado por el intento de adentrarse en esa vida aparentemente anodina.
La historia empieza con la llegada de la Señora Palfrey al hotel Claremont, una tarde de invierno, bajo una lluvia torrencial.
La reciente viudez la deja en soledad, pese a tener una hija y un nieto. La hija vive en el extranjero y su única preocupación es jugar al golf y mantener suficiente distancia con su madre. El nieto habita en algún lugar de Londres, absolutamente despreocupado de una abuela que empieza a ver de frente el pálido rostro de la vejez.
Es ese el telón de fondo que atraviesa la novela. El implacable impacto del paso del tiempo. La lucha palmo a palmo por no ceder a la resignación, por preservar trincheras de dignidad en el cuerpo y en la mente.
La Señora Palfrey -su nombre de pila apenas se desliza aquí y allá- se impone memorizar dos o tres versos de antiguos poemas como un ejercicio contra el olvido, y sus huesos empiezan a reclamarle nuevos esfuerzos.
“Advirtió que ya no caminaba sin saber lo que estaba haciendo y debía poner toda su concentración en ello. Antes caminar era como respirar, algo a lo que no prestaba la menor atención. La catástrofe de la vejez reside en no atreverse a ir a cualquier parte, en resignarse a perder la libertad”, leemos.
El párrafo no debe llevar a confusión. La novela no es un sórdido lamento de los achaques de la edad. En las ácidas charlas con los huéspedes del Claremont hay deliciosas dosis de humor, y especialmente hay un encuentro fortuito, en plena calle, que dará un vuelco a los días de la Señora Palfrey.
Un tropezón que además fue caída, le permitió a la Señora Palfrey conocer a un muchacho -Ludo es su nombre- que irá a darle otro cariz a sus días.
La Señora Palfrey y Ludo aparentemente no tienen nada en común. Además de la ancha brecha de edad, los separan la distinción de ella y una situación económica desahogada, el descuido de él y los apuros para llevar algo decente a a la mesa. Son dos seres ajenos, salvo por una condición que padecen ambos por igual: se encuentran completamente solos.
En adelante, como la inspirada letra de Valle de Muñecas que abre estas líneas, la soledad dejará de ser una herida para la viuda y para el chico sin rumbo.
Juntos urden una trama de complicidades y guiños.
La bondad y la lucidez de la Señora Palfrey, el desparpajo de Ludo, y la determinación de ambos para hacer frente a las dificultades los distinguen de las mezquindades y las envidias que los rodean.
En un mundo de aves rapaces, la bondad descoloca y se abre paso, parece decir Elizabeth Taylor, la escritoria inglesa que tuvo la mala fortuna de ser contemporánea de su homónima, la actriz superstar.
Coincidir con la diva del cine en el documento de identidad y, sobre todo, en la época, condenó a ET (las iniciales tampoco salen en su ayuda) a un injusto ostracismo, pues murió en 1975 sin conocer el reconocimiento literario que hoy despunta, gracias a la reedición de su obra.
Por aquí, quien asumió el riesgo de publicarla fue La bestia equilátera. En octubre de 2018 trajo a estas costas el “buque insignia” de la otra Elizabeth Taylor.
“Prohibido morir aquí” es una novela cuyo influjo no ha cesado de crecer, gracias al boca a boca de los lectores.
Para sorpresa de muchos, entre ellos el autor de esta columna, la última lista de best sellers del diario La Nación, acaba de ubicar a la novela de Elizabeth Taylor entre las más vendidas, detrás de Serotonina, de Michel Houllebecqu, y una novela de otro “superventas”, John Katzenbach.
Ojalá el espaldarazo de las ventas aliente a que se conozcan nuevos títulos de la “otra” Elizabeth Taylor.
Alejandro Fara
Redacción Puntal
Próxima entrega:
-Lunes 11 de febrero: Mentirosos enamorados, de Richard Yates.
(La soledad no es una herida, “Valle de muñecas”).
Las novelas perdurables, las que de alguna forma se hacen lugar en la memoria de los lectores, suelen ser aquellas que, a primera vista, no tienen chance de atraparnos.
“Prohibido morir aquí”, de la escritora inglesa Elizabeth Taylor, va en esa dirección.
El argumento de la novela parece una invitación al tedio: una viuda elige un hotel de poca monta de Londres para pasar el último tramo de su vida, en compañía de otros cuatro ancianos que residen en forma permanente en esos cuartos venidos a menos.
Sin embargo, el lector paciente se verá ampliamente recompensado por el intento de adentrarse en esa vida aparentemente anodina.
La historia empieza con la llegada de la Señora Palfrey al hotel Claremont, una tarde de invierno, bajo una lluvia torrencial.
La reciente viudez la deja en soledad, pese a tener una hija y un nieto. La hija vive en el extranjero y su única preocupación es jugar al golf y mantener suficiente distancia con su madre. El nieto habita en algún lugar de Londres, absolutamente despreocupado de una abuela que empieza a ver de frente el pálido rostro de la vejez.
Es ese el telón de fondo que atraviesa la novela. El implacable impacto del paso del tiempo. La lucha palmo a palmo por no ceder a la resignación, por preservar trincheras de dignidad en el cuerpo y en la mente.
La Señora Palfrey -su nombre de pila apenas se desliza aquí y allá- se impone memorizar dos o tres versos de antiguos poemas como un ejercicio contra el olvido, y sus huesos empiezan a reclamarle nuevos esfuerzos.
“Advirtió que ya no caminaba sin saber lo que estaba haciendo y debía poner toda su concentración en ello. Antes caminar era como respirar, algo a lo que no prestaba la menor atención. La catástrofe de la vejez reside en no atreverse a ir a cualquier parte, en resignarse a perder la libertad”, leemos.
El párrafo no debe llevar a confusión. La novela no es un sórdido lamento de los achaques de la edad. En las ácidas charlas con los huéspedes del Claremont hay deliciosas dosis de humor, y especialmente hay un encuentro fortuito, en plena calle, que dará un vuelco a los días de la Señora Palfrey.
Un tropezón que además fue caída, le permitió a la Señora Palfrey conocer a un muchacho -Ludo es su nombre- que irá a darle otro cariz a sus días.
La Señora Palfrey y Ludo aparentemente no tienen nada en común. Además de la ancha brecha de edad, los separan la distinción de ella y una situación económica desahogada, el descuido de él y los apuros para llevar algo decente a a la mesa. Son dos seres ajenos, salvo por una condición que padecen ambos por igual: se encuentran completamente solos.
En adelante, como la inspirada letra de Valle de Muñecas que abre estas líneas, la soledad dejará de ser una herida para la viuda y para el chico sin rumbo.
Juntos urden una trama de complicidades y guiños.
La bondad y la lucidez de la Señora Palfrey, el desparpajo de Ludo, y la determinación de ambos para hacer frente a las dificultades los distinguen de las mezquindades y las envidias que los rodean.
En un mundo de aves rapaces, la bondad descoloca y se abre paso, parece decir Elizabeth Taylor, la escritoria inglesa que tuvo la mala fortuna de ser contemporánea de su homónima, la actriz superstar.
Coincidir con la diva del cine en el documento de identidad y, sobre todo, en la época, condenó a ET (las iniciales tampoco salen en su ayuda) a un injusto ostracismo, pues murió en 1975 sin conocer el reconocimiento literario que hoy despunta, gracias a la reedición de su obra.
Por aquí, quien asumió el riesgo de publicarla fue La bestia equilátera. En octubre de 2018 trajo a estas costas el “buque insignia” de la otra Elizabeth Taylor.
“Prohibido morir aquí” es una novela cuyo influjo no ha cesado de crecer, gracias al boca a boca de los lectores.
Para sorpresa de muchos, entre ellos el autor de esta columna, la última lista de best sellers del diario La Nación, acaba de ubicar a la novela de Elizabeth Taylor entre las más vendidas, detrás de Serotonina, de Michel Houllebecqu, y una novela de otro “superventas”, John Katzenbach.
Ojalá el espaldarazo de las ventas aliente a que se conozcan nuevos títulos de la “otra” Elizabeth Taylor.
Alejandro Fara
Redacción Puntal
Próxima entrega:
-Lunes 11 de febrero: Mentirosos enamorados, de Richard Yates.