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Ernesto San Millán: "Yo pienso con el corazón, y siento con la cabeza"

El destacado escritor local presenta mañana su nuevo libro, "Poemas de la cabeza".

Mañana a las 20hs. en la Tintorería Japonesa, se presenta el libro “Poemas dela cabeza” del escritor local Ernesto San Millán. "Recordá que la vida no es siquiera, una milésima de segundo en el tiempo. Pero un beso tuyo bastaría para detenerlo. Recordá”, dice unos de los poemas.

Hablamos con Ernesto:

-¿Por qué el título “Poemas de la cabeza”?

-Porque estos 50 poemas que escribí no están escritos bajo un estado afiebrado, narcótico o alcoholizado, ni bajo emoción violenta ni enamorado como un adolescente, ni en ningún estado que pueda deducirse “Ernesto está de la cabeza”. Son poemas escritos con la cabeza, que es distinto. Porque sin cerebro, sin cabeza, no hay poema. Después claro, intervienen los afectos, los sentimientos, las emociones, y el absoluto desarreglo de los sentidos; eso de tocar con la vista, de mirar con los oídos, de saber con el tacto, de oler con la lengua, de sentir con la nariz, de escuchar con la boca. Pero sin ideas, no hay poema. Podrá haber cualquier cosa, pero no poema. Por eso estos “Poemas de la cabeza”.

-La tapa es del enorme y recordado Carlos Giorgis. ¿Cuál fue el concepto a transmitir? Y ¿Es también una suerte de homenaje para él?

-Todos mis libros están ilustrados por el inmenso Carlos Giorgis. Un pintor y dibujante tan eximio y genial, al que siempre consideré de la estatura no ya de un Berni, un Soldi, un Spilimbergo, un Castagnino o un Carlos Alonso, sino también de un Salvador Dalí o un Francis Bacon, y creo que Argentina le debe una exposición retrospectiva para que todo el pueblo argentino pueda rendirle el mejor homenaje que se le puede hacer a un pintor: mirarlo.

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-¿En qué lugar del corazón ubicás estos poemas?

-Yo creo que estos poemas ya hicieron nido en mi costado izquierdo, que están grabados aquí, junto a la luz, tatuados en mi corazón, escritos en piedra. Yo siempre paso todos los acontecimientos de la vida primero por mi corazón y después por el cerebro. Hago un proceso a la inversa de la mayoría de la gente: yo pienso con el corazón, y siento con la cabeza. Pero siempre privilegio lo que está en mi corazón. Siempre.

-Escribís: “…Subir es más difícil, pero bajar sí que es peligroso”. Como dijo Mariana Enriquez, “bajar es lo peor”…

-Cuando escribí eso lo hice recordando el día en que mi familia se fundió, después de que mi padre trabajara desde los nueve años, y que él y mamá, se recibieran de médico y maestra respectivamente, con tres hijos ya nacidos, a los 36 años, todo costó mucho en la vida de mis padres, y en mi vida “achicarme” me fue muy difícil cuando lo perdimos todo; entonces un día dije: “sufro desde que empecé a entender”. Y automáticamente miré a mi papá, tan fuerte como un roble, que muerto de vergüenza me miraba, y me retracté sin dudarlo, “todo el mundo sufre -me dije- pero hay millones de seres que sufren más que vos, Ernestito, vos sos un privilegiado” -pensé en voz alta- y no me equivoqué, porque estaba en lo cierto. Todavía tengo los ojos de papá mirándome después de una vida de laburo, y todavía sigo avergonzándome. A mí todo me fue dado en la vida, y si soy apto para la vida, -cosa que dudo-, es por los padres que he tenido, esto que digo, si fuera así, es mérito de ellos, de ninguna manera ha sido un mérito mío ni será jamás un logro propio.

Todos mis libros están ilustrados por el inmenso Carlos Giorgis. Un pintor y dibujante tan eximio y genial, al que siempre consideré de la estatura no ya de un Berni, un Soldi, un Spilimbergo, un Castagnino o un Carlos Alonso, sino también de un Salvador Dalí o un Francis Bacon, y creo que Argentina le debe una exposición retrospectiva para que todo el pueblo argentino pueda rendirle el mejor homenaje que se le puede hacer a un pintor: mirarlo Todos mis libros están ilustrados por el inmenso Carlos Giorgis. Un pintor y dibujante tan eximio y genial, al que siempre consideré de la estatura no ya de un Berni, un Soldi, un Spilimbergo, un Castagnino o un Carlos Alonso, sino también de un Salvador Dalí o un Francis Bacon, y creo que Argentina le debe una exposición retrospectiva para que todo el pueblo argentino pueda rendirle el mejor homenaje que se le puede hacer a un pintor: mirarlo

-En Alguien escribís: “ese alguien, está enfermo de miedo, su corazón está oxidado, está triste, está vencido, no se compara, invisible el alma herida en un costado, le dicen gente, le llaman pueblo, nada”. Fuerte. Contame qué te inspiró a escribirlo…

-Lo escribí después de venir de la cancha de ver a Estudiantes en un clásico contra Belgrano. Yo insultaba porque nos hicieron esperar media hora para que se fuera antes el visitante porque quería comer un choripán y decía que tenía hambre. Cuando mi padre me vio entrar insultante por tamaña injusticia, me miró a los ojos y me dijo: “Vos no tenés idea lo que es tener hambre hijo, lo que vos tenías era apetito en la cancha. Y eso puede esperar como se esperan otras cosas en la vida. La felicidad, el amor, por ejemplo. Pero nunca más vuelvas a decir que alguna vez tuviste hambre”. “Porque con hambre no se puede mirar, no se puede pensar, no se puede dormir, no se puede sentir, no se puede amar, no se puede estudiar, no se puede soñar, ni se puede caminar. Lo único que se puede hacer cuando uno tiene hambre es tener hambre, y nada más que eso”. Entonces me fui a mi casa y escribí ese poema sobre el pueblo argentino, y nunca más en mi vida tuve la osadía de decir que alguna vez tuve hambre.

Yo creo que estos poemas ya hicieron nido en mi costado izquierdo, que están grabados aquí, junto a la luz, tatuados en mi corazón, escritos en piedra. Yo siempre paso todos los acontecimientos de la vida primero por mi corazón y después por el cerebro. Hago un proceso a la inversa de la mayoría de la gente: yo pienso con el corazón, y siento con la cabeza. Pero siempre privilegio lo que está en mi corazón. Siempre Yo creo que estos poemas ya hicieron nido en mi costado izquierdo, que están grabados aquí, junto a la luz, tatuados en mi corazón, escritos en piedra. Yo siempre paso todos los acontecimientos de la vida primero por mi corazón y después por el cerebro. Hago un proceso a la inversa de la mayoría de la gente: yo pienso con el corazón, y siento con la cabeza. Pero siempre privilegio lo que está en mi corazón. Siempre

-Te gusta compartir textos vía Whatsapp. ¿Es un ejercicio inspirador?

-Sí, me gusta compartir mis poemas y pensamientos a través de WhatsApp y de las redes, porque el fin último del arte es ocupar un lugar en el mundo que antes estaba vacío, y llenarlo, pero sin hacerle daño a nadie. Y si eso no se comparte con el otro, por el otro, para el otro, no tiene ningún sentido. Porque: ¿pensaron alguna vez que si no fuera por el otro ninguno de nosotros sería nada?

-¿Es complicado en estos tiempos editar de manera independiente?

-Muy complicado. Te diría que casi impracticable. Sobre todo porque las editoriales hegemónicas ya no reciben manuscritos ni les interesa la calidad de lo que uno escribe, porque no es rentable la literatura en papel, en tiempos de revolución tecnológica y redes sociales. No les importa la calidad de lo que escribís y si vale o no la pena lo que hacés, lo que les interesa es saber cuántos millones de seguidores tenés en Instagram o en YouTube, y entonces sí, tienes la chance de que te editen.

-¿Coincidís que la pandemia acercó a más gente a la lectura?

-No podría asegurarlo. Porque es difícil llevar una estadística certera en un mundo líquido, donde todo derrama, y donde todo se ha vuelto tan efímero como descartable, hasta las relaciones humanas, los vínculos, duran nada, hasta el sexo dura nada, lo hacés y te vas, como conejo, y te diría que hasta la fidelidad, hoy, es solo atribuible a un equipo de sonido. Todo se lo devoró el tiempo. Aún así, que la poesía hoy exista se lo debemos mucho a las letras de rock. Desde Charly García a Spinetta, pasando por Fito Páez y Calamaro, y del Indio Solari a Cerati, entre otros, está la gran responsabilidad que la poesía haya sobrevivido a los embates de la ciencia tecnológica y las nuevas plataformas digitales. No obstante ello, el escritor y el poeta en una sociedad en que la literatura no cumple función alguna porque la mayoría de sus miembros no saben o no están en condiciones de leer, y la minoría que sabe y que puede leer no lo hace nunca, el escritor resulta un ser anómalo, sin ubicación precisa, un individuo pintoresco y excéntrico, un loco benigno al que se deja en libertad, porque, después de todo, su demencia no es contagiosa, -¿cómo le haría daño a los demás si no lo leen?-, pero a quien en todo caso conviene mediatizar con una inasible camisa de fuerza, manteniéndolo a distancia, frecuentándolo con reservas, tolerándolo con desconfianza sistemática.

-Por último, te pido unas palabras para recordar a Los poetas del aire…

-Si yo pudiera volver el tiempo atrás 30 años, en un espejo que atrasa, y me viera recién llegado de vivir tres años en Buenos Aires, fundando el Grupo de Poesía Callejero “Poetas del Aire”, lo haría de nuevo. Y elegiría a los mismos integrantes: Marcelo Fagiano, Oscar Robledo, José Di Marco, Leo Fagiano y yo; y le daría el mismo impulso: que la poesía fuera hecha por todos y no por uno, para que el poema vuelva al lugar del que nunca debió haber salido: la calle. Nunca pensamos el poder de influencia inmortal que podía llegar a tener a nivel americano un grupo de jóvenes amigos que durante diez años publicaron y repartieron poemas por la calle de manera libre y gratuita, ese ímpetu juvenil que sólo da la voluntad inasible de la brisa, el rocío y el hechizo. Amor por la vida se llama eso. Sólo un pacto con la naturaleza haría; y yo mismo sin venderle el alma al diablo me encargaría de hacerlo: le pediría que los Poetas del Aire no muriésemos nunca, más bien, llegada la hora, que fuéramos desapareciendo en el aire, como brisa, como viento, con el atardecer…tan solo eso…