Los libros de la semana

Novedades literarias.
 
RECOMENDADO

“Los elementales”. Michael McDowell. La Bestia Equilátera


Tanto en el cine como en la literatura, el terror es considerado, despectivamente, como un género menor, infantil. Salvo joyas incuestionables como "El resplandor", o "El bebé de Rosemary" (basadas, respectivamente, en novelas de Stephen King e Ira Levin), películas que más allá de su género ostentan la chapa de cine de autor de la mano de leyendas como Kubrick o Polansky, el resto podrían agruparse fácilmente en torno a clichés como "adolescentes metiéndose donde no corresponde y haciendo lo que no deben" (se sabe, hay un elemento conservador/ moralista en el Slasher que dicta que el negro, el que consume drogas y la pareja promiscua tienen todos los números comprados para morir primero)   o "niñitas orientales de pelo muy largo asesinando gente  través de tecnologías varias" (los japoneses resuelven todo de la manera más bizarra, incluso los traumas familiares que dan de comer a los psicoanalistas desde hace un siglo).

Los miedos, parecen ser territorio de la infancia. Porque los monstruos y los fantasmas, no existen. O al menos eso nos repetimos nosotros, los adultos (si, incluso los que no nos hacemos cargo), y le repetimos a nuestros hijos para que vuelvan a dormir a sus camas y nos dejen quedarnos despiertos, disfrutando de esa oscuridad en la que las pilas de los niños se acaban y los grandes aprovechamos para hacer las cosas que nos gustan y que haríamos durante el día si no fuéramos padres.

Y pasa que de grandes tenemos claro que los monstruos no existen, al menos, no los que nos tiran las patas desde abajo de la cama, pero existen otros miedos, muchísimo más paralizantes: el miedo a la muerte propia, a perder a un ser querido, a quedarnos sin trabajo. Los miedos de grandes no tienen tanta onda, ni misterio, ni pelo negro y largo como los de los chicos, son miedos ordinarios, pequeños infiernos que nos suceden, a nosotros o a algún conocido, amenazas reales para las que no hay hechizo ni defensa posible.

De ahí el placer que nos provocan las imágenes de muerte y violencia en el universo de la ficción. Esas muertes, sangrientas, exuberantes, divertidas (para nosotros) difieren radicalmente de la miseria de la muerte en vivo y en directo, de los cuerpos menguantes de los enfermos de cáncer, de la pérdida de un hijo. Difieren porque después de una hora y media de sufrimiento y sobresaltos en el sillón, o de tres días de lectura apasionada e insomne, apagamos el tele o cerramos el libro y a nuestro alrededor todo parece extrañamente más amable y tranquilizador. Entonces, sí. En ese sentido, el terror es un género para niños, pero para el niño que llevamos dentro, el que prefiere asustarse un rato por el fantasma de la llorona y no toda la vida por el aumento del alquiler.

En fin, ustedes pensarán el porqué de esta larga disgregación sobre lo terrorífico en sus respectivas formas, y poco y nada sobre la novela que dije que iba a reseñar. Y aquí va. En primer lugar, la experiencia de leer "Los elementales" es, como la de todo libro, incomunicable. Poco podría decir yo acá que le sume o le reste una letra a lo ya escrito. En segundo lugar, difícil es hablar de una novela cuya fuerza reside en la acumulación progresiva de pequeños (y perturbadores) sucesos sin arruinar la sorpresa por completo.

Si recurrimos a una grosera atribución de etiquetas, es una historia perteneciente al género de terror gótico. Léase: Casa victoriana vacía y aterradora, algún que otro fantasma, personajes crípticos con conductas extrañas e inexplicables y oscuridad, mucha oscuridad.

La historia comienza, de hecho, con una muerte: la de Marian Savage, una millonaria muerta de cáncer a los cincuenta y pico de años, pero cuyo deceso era esperado por más de uno décadas atrás. Los rumores dicen que era una mujer sumamente malvada y la realidad lo confirma: Sus deudos se ven obligados a inventar un velorio de ingreso restringido para ocultar el hecho de que seguramente nadie iba a llorar por ella frente al cajón.

Solo sus dos hijos parecen lamentar su muerte: Dauphin y Mari-Scot. Él, treintañero, heredero de una fortuna de veinte millones de dólares y recién casado con Leigh, hija de la mejor amiga de su madre y dueña de la propiedad vecina junto a su casa de veraneo. Ella, una monja que en su juventud había prometido tomar los hábitos si no se casaba antes de los veinte y que, tras declinar dos propuestas de matrimonio, residía en un convento.

El resto de los asistentes al funeral son Bárbara, madre de Leigh, su otro hijo Luker, y la hija adolescente de éste, India.

Tras un macabro velorio, todos ellos deciden viajar a pasar el verano a las imponentes casas de ambas familias poseen. Sólo que las casas no son dos sino tres. La tercera, cerrada con todo su mobiliario intacto, y parcialmente cubierta por la arena, es la razón por la que nadie fuera de la familia se aventure a visitar esa zona.

Allí los recibe Odessa, la histórica ama de llaves de la familia Savage, una mujer de color que, por supuesto, sabe más de lo que dice y que solo atinará a abrir el cofre de los recuerdos por la intrepidez de India, obsesionada por meterse en la casa para sacar fotos artísticas con su cámara profesional.

Lo que sigue, no conviene contarlo, pero les aseguro que "Lo elementales" no es la típica novelita de miedo. Sus personajes, construidos con mano maestra, sufren por mucho más que una simple puerta que se cierra sola. Lucen viejas heridas como si fueran escarapelas, se atragantan de tanto callar angustias y, como si fuera poco, esa casa, erguida firme en el horizonte, como una verdadera invitación a la locura.

Katarsis es el nombre que utilizaban los griegos para describir el efecto que provoca la exposición del drama en la ficción. Una verdadera descarga emocional entre la identificación que nos produce el sufrimiento ajeno y el alivio que genera que no sea propio. Los invito entonces a disfrutar y hacer catarsis con una soberbia novela de terror como esta. Su integridad está asegurada. Salvo que tengan una casa abandonada en la playa que parece mirarlos fijamente de noche cuando intentan dormir, ahí, la cosa se pone más personal.

MB

NOVEDAD

“Hocus pocus”. Kurt Vonnegut. La bestia equiláter


Mientras aguarda afrontar un juicio –acusado de ser el autor intelectual de una fuga de prisión masiva–, Eugene Debs Hartke, veterano de Vietnam, profesor deshonrado, profeta del apocalipsis, pasa revista a su vida, inextricablemente unida a la historia norteamericana.

Ese repaso es el centro de esta sátira magistral que acaba de ser reeditada y que tiende su mirada hacia un futuro imaginario donde Estados Unidos se ha vuelto un país en bancarrota acechado por el racismo, la censura, la ignorancia y la destrucción del medio ambiente.

Fulgurante exhibición de talento de un estilista que condensa en este libro las virtudes de toda su obra, inventiva irreverente y poderoso humor negro, para expresar que cuando las escuelas se transforman en cárceles, los maestros se hacen guardianes, y la nación se revela como un baldío cultural sin perspectivas, el arte representa la única forma de redención para la humanidad.