RECOMENDADO
“La masacre de Kruguer”
Luciano Lamberti. Mondadori
El suspenso, decía Hitchcok, es un hombre sentado tranquilamente en su sillón, leyendo su diario favorito, mientras debajo, sin que él se entere siquiera, acecha implacable el tic tac de una bomba. El autor de la obra lo sabe, los espectadores lo saben, pero él no. El día se le proyecta con su amable (o irritante) normalidad. Lo que los espectadores no saben, es cuando detonara el artefacto. Solo pueden asistir, impotentes, al show de una muerte anunciada. O no. ¿Se levantará oportunamente el sujeto en cuestión para ir a poner la pava? ¿Sonara un timbre salvador? ¿Morirá? El autor juega con la cabeza del espectador a medida que el tiempo corre y las posibilidades se caen como invitados a una fiesta aburrida. Mientras tanto, el tic tac nos recuerda que aquello que se inició, lógicamente debería tener un final. Así como no hay deseo sin conocimiento, aunque sea distante, del objeto, no hay suspenso sin anticipación, puesto que el suspenso, es el tiempo dilatándose en la espera de aquello que tememos o imaginamos.
Luciano Lamberti planta la semilla de lo que vendrá en un prólogo sencillo y críptico: Un meteorito misterioso cayendo en medio de una montaña.
Los animales, que no entienden un pomo de astronomía, entienden, a su modo, que no es algo bueno. Lo saben en el cuerpo, en el malestar repentino que les provoca, la huida del hambre, el desfallecimiento, y luego, la muerte. Ninguno se acercará a la piedra misteriosa que yace incrustada en la tierra. El instinto les dice que las cosas malas tienen que ver con ella. Los lectores, por sus reacciones, lo suponemos, mientras que, cerca de allí, en el apacible pueblito fundado por Jeronimo Kruguer, sus noventa y siete residentes fijos no tienen la menor idea de lo que está por suceder.
Es 1987. Kruguer, un pequeño pueblo de montaña fundado, como no podía ser de otro modo, por un inmigrante alemán, se prepara para su mayor evento anual: La Fiesta de la Nieve. Toneladas de chocolate, cordero y hectolitros de cerveza, encenderán los cuerpos envueltos en trajes típicos y ridículos gorritos. La molestia de los visitantes se supera con creces con la posibilidad de recaudar dinero para sobrellevar lo que queda del año.
Sin embargo, en la víspera, una sensación extraña los invade, un sentimiento muy diferente a la habitual anticipación de las compras y la decoración: la idea, difusa, de que algo horrible esta por suceder.
En un pueblo como esos, de los que se dice que "somos pocos y nos conocemos mucho", la cosa no tendría por qué pasar desapercibida. Pero los habitantes parecen estar sumidos en un trance hipnótico, como sonámbulos transitando una Kruguer onírica. Si notaron algo, al poco tiempo lo olvidarán y solo quedara el miedo sordo y un ligero desasosiego. Ah, me olvidaba. Y un deseo intenso de matarse entre ellos.
Cruzando líneas temporales y jugando con formatos de documental, crónica y narrativa, Luciano Lamberti diseña una novela tan tétrica como irreverente. Un slasher colectivo condimentado con el voseo y la puteada, donde parejas desamoradas, kiosqueros infumables y políticos caretas se calzan el traje de asesinos seriales con la inocencia y el desparpajo de niños jugando.
MB
NOVEDADES
“El legado de la villa de las telas”
Anne Jacobs. Plaza & Janés
Augsburgo, 1920. El estado de ánimo en la villa es optimista respecto al futuro. Paul Melzer ha regresado del frente y toma las riendas de la fábrica decidido a que el negocio familiar recupere su antiguo esplendor. Las cosas van bien incluso para su hermana Elizabeth, que regresa a casa ilusionada con un nuevo amor.
Pero “felices para siempre” puede estar aún lejos para los Melzer. Marie, la joven esposa de Paul, quiere cumplir un viejo sueño: tener su propio taller de moda. A pesar de que sus modelos y sus diseños gozan de éxito, su alegría se ve empañada por las constantes discusiones con su marido.
Incapaz de soportarlo más, Marie, la mujer que mantuvo a flote la fábrica, la villa y a toda la familia cuando más la necesitaron, toma una dura decisión y abandona la mansión junto a sus hijos.
“El precio de la pasión”
Gabriel Rolón. Planeta
El nuevo libro de Gabriel Rolón echa anclas en las aguas profundas de la pasión. Esa fuerza primitiva que grita en nosotros desde el principio de los tiempos, y nos lleva a un límite en el que la distancia entre el placer y el dolor es nada más que una respiración. Un territorio habitado por dioses y demonios, por héroes épicos que han dado batallas antológicas, y esos otros cotidianos y de a pie, héroes anónimos que dan pelea poniendo en juego su piel con la misma intensidad, con el mismo arrebato. Mitos e historias: hombres y dioses que caminan de la mano por ese borde en el que la razón trastabilla y pierde sus herramientas para explicar el mundo.
Y es ahí, entonces, donde El precio de la pasión recurre a la mitología, la literatura, la música, el cine y, cómo no, al consultorio del analista para llevar algo de luz a la penumbra de ese abismo que nos atrae de manera irresistible.
Luciano Lamberti. Mondadori
El suspenso, decía Hitchcok, es un hombre sentado tranquilamente en su sillón, leyendo su diario favorito, mientras debajo, sin que él se entere siquiera, acecha implacable el tic tac de una bomba. El autor de la obra lo sabe, los espectadores lo saben, pero él no. El día se le proyecta con su amable (o irritante) normalidad. Lo que los espectadores no saben, es cuando detonara el artefacto. Solo pueden asistir, impotentes, al show de una muerte anunciada. O no. ¿Se levantará oportunamente el sujeto en cuestión para ir a poner la pava? ¿Sonara un timbre salvador? ¿Morirá? El autor juega con la cabeza del espectador a medida que el tiempo corre y las posibilidades se caen como invitados a una fiesta aburrida. Mientras tanto, el tic tac nos recuerda que aquello que se inició, lógicamente debería tener un final. Así como no hay deseo sin conocimiento, aunque sea distante, del objeto, no hay suspenso sin anticipación, puesto que el suspenso, es el tiempo dilatándose en la espera de aquello que tememos o imaginamos.
Luciano Lamberti planta la semilla de lo que vendrá en un prólogo sencillo y críptico: Un meteorito misterioso cayendo en medio de una montaña.
Los animales, que no entienden un pomo de astronomía, entienden, a su modo, que no es algo bueno. Lo saben en el cuerpo, en el malestar repentino que les provoca, la huida del hambre, el desfallecimiento, y luego, la muerte. Ninguno se acercará a la piedra misteriosa que yace incrustada en la tierra. El instinto les dice que las cosas malas tienen que ver con ella. Los lectores, por sus reacciones, lo suponemos, mientras que, cerca de allí, en el apacible pueblito fundado por Jeronimo Kruguer, sus noventa y siete residentes fijos no tienen la menor idea de lo que está por suceder.
Es 1987. Kruguer, un pequeño pueblo de montaña fundado, como no podía ser de otro modo, por un inmigrante alemán, se prepara para su mayor evento anual: La Fiesta de la Nieve. Toneladas de chocolate, cordero y hectolitros de cerveza, encenderán los cuerpos envueltos en trajes típicos y ridículos gorritos. La molestia de los visitantes se supera con creces con la posibilidad de recaudar dinero para sobrellevar lo que queda del año.
Sin embargo, en la víspera, una sensación extraña los invade, un sentimiento muy diferente a la habitual anticipación de las compras y la decoración: la idea, difusa, de que algo horrible esta por suceder.
En un pueblo como esos, de los que se dice que "somos pocos y nos conocemos mucho", la cosa no tendría por qué pasar desapercibida. Pero los habitantes parecen estar sumidos en un trance hipnótico, como sonámbulos transitando una Kruguer onírica. Si notaron algo, al poco tiempo lo olvidarán y solo quedara el miedo sordo y un ligero desasosiego. Ah, me olvidaba. Y un deseo intenso de matarse entre ellos.
Cruzando líneas temporales y jugando con formatos de documental, crónica y narrativa, Luciano Lamberti diseña una novela tan tétrica como irreverente. Un slasher colectivo condimentado con el voseo y la puteada, donde parejas desamoradas, kiosqueros infumables y políticos caretas se calzan el traje de asesinos seriales con la inocencia y el desparpajo de niños jugando.
MB
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“El legado de la villa de las telas”
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Augsburgo, 1920. El estado de ánimo en la villa es optimista respecto al futuro. Paul Melzer ha regresado del frente y toma las riendas de la fábrica decidido a que el negocio familiar recupere su antiguo esplendor. Las cosas van bien incluso para su hermana Elizabeth, que regresa a casa ilusionada con un nuevo amor.
Pero “felices para siempre” puede estar aún lejos para los Melzer. Marie, la joven esposa de Paul, quiere cumplir un viejo sueño: tener su propio taller de moda. A pesar de que sus modelos y sus diseños gozan de éxito, su alegría se ve empañada por las constantes discusiones con su marido.
Incapaz de soportarlo más, Marie, la mujer que mantuvo a flote la fábrica, la villa y a toda la familia cuando más la necesitaron, toma una dura decisión y abandona la mansión junto a sus hijos.
“El precio de la pasión”
Gabriel Rolón. Planeta
El nuevo libro de Gabriel Rolón echa anclas en las aguas profundas de la pasión. Esa fuerza primitiva que grita en nosotros desde el principio de los tiempos, y nos lleva a un límite en el que la distancia entre el placer y el dolor es nada más que una respiración. Un territorio habitado por dioses y demonios, por héroes épicos que han dado batallas antológicas, y esos otros cotidianos y de a pie, héroes anónimos que dan pelea poniendo en juego su piel con la misma intensidad, con el mismo arrebato. Mitos e historias: hombres y dioses que caminan de la mano por ese borde en el que la razón trastabilla y pierde sus herramientas para explicar el mundo.
Y es ahí, entonces, donde El precio de la pasión recurre a la mitología, la literatura, la música, el cine y, cómo no, al consultorio del analista para llevar algo de luz a la penumbra de ese abismo que nos atrae de manera irresistible.

