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Los libros de la semana

Novedades literarias.

Los errantes. Olga Tokarczuk. Anagrama

Un libro inquieto, pues, y no pocas veces inquietante, como buena parte de los relatos que contiene: «historias incompletas, cuentos oníricos» subsumidos en un libérrimo cuaderno de viaje hecho de excursos, apuntes, narraciones y recuerdos que en muchos casos tienen como tema el viaje mismo: así, el relato de Kunicki, que, en plenas vacaciones, tendrá que enfrentarse a la desaparición de su esposa y su hijo, y a su reaparición enloquecedoramente enigmática. O el del gélido doctor Blau, taxidermista, que visita a la viuda de un ilustre colega con la intención de estudiar su laboratorio. También está el de Ánnushka, obsesionada por comprender los incomprensibles juramentos que profiere una pedigüeña en la estación de metro. O el de la bióloga que vuelve a su país para reencontrarse con su primer amor, ahora agonizante. Y, en medio de todos ellos, el relato real de cómo el corazón de Chopin llegó a Polonia escondido en un tarro de alcohol en las enaguas de su hermana; o el del anatomista flamenco Philip Verheyen, que escribía cartas a su pierna amputada y disecada; cartas, en fin, como las que le mandaba Joséphine Soliman al emperador Francisco I de Austria para recuperar el cuerpo de su padre, disecado como la pierna de Verheyen e infamantemente expuesto en la corte donde había servido en vida…

Y así, entre corazones, piernas y cuerpos, Los errantes, una novela inquieta e inquietante, móvil y más que frecuentemente perturbadora, se revela también como una novela esencialmente física: en ella se habla del cuerpo, sí, pero también del mundo, y de las estrategias siempre insuficientes (la ciencia, los mapas) con las que intentamos cartografiar lo existente, apresar lo inasible. Como las galerías de curiosidades que su autora gusta de visitar, Los errantes, galardonada con el Premio Man Booker Internacional, contiene «lo raro e irrepetible, lo insólito y monstruoso», y lo expone en un despliegue de inventiva cuya nómada libertad formal oculta una calculadísima coherencia temática: he aquí una novela única, ligera y honda a la vez, que indaga en las posibilidades del formato como los exploradores más audaces.

Venenos de dios, remedios del diablo. Mia Couto. Edhasa

Sidonio Rosa, un médico portugués, llega a un pequeño y remoto pueblo africano, Villa Cacimba. Está a la búsqueda de una mujer, Deolinda, que lo cautivó en Lisboa y lo abandonó por misteriosas razones. Un sueño le dice que ahí puede encontrarla; si tal cosa no sucede, al menos descubrir porque lo dejó.  De inmediato descubre que su primer paciente, Bartolomé Sozinho, un marino legendario y ahora cerca de la muerte, y su esposa, Munda, una hechicera ambigua y sensual, pueden resolver el enigma. Sin embargo, no hay línea recta en los desencuentros del amor. La pareja vive cerca del cementerio, en una calle que casi nadie pisa; los une la pasión, los secretos y el rencor. Sidonio cae en esa red, una red de traiciones e invenciones, que, irá descubriendo, se extiende a todo el pueblo. ¿Es Deolinda hija de Sozinho y Munda? ¿Dónde están las cartas que supuestamente escribe? ¿Por qué no aparece? ¿Qué rol juega Alfredo Su excelencia, corrupto administrador de ese lugar perdido, viejo rival de Bartolomé, pretendiente de Munda y que tiene su propia versión de la historia de Deolinda?  Con un eximio dominio de la escritura, Mia Couto escribió una novela cautivadora. Venenos de Dios, remedios del Diablo narra la búsqueda de un amor perdido, la pretensión de encontrar una razón para vivir y el modo en que la ilusión y la mentira pueden ayudar a dominar los duraderos fantasmas del pasado y los dramas de un tórrido presente. Cuando la realidad quiere someternos, los sueños, aunque sea brevemente, nos liberan. La obra de Mia Couto, un autor de referencia en la actualidad, ejerce con autoridad y humor esta consigna.

Tranquilas. Historias para ir solas por la noche. Autoras varias. Lumen

Cuando quieras que alguien se tranquilice, dale razones, no órdenes. Y eso sería lo sabio de no ser por todos los prejuicios acumulados en nuestros genes que operan descartando cualquier posibilidad de calma. Que la mujer pierda el miedo a salir de noche sola, no es tarea sencilla, pero tampoco lo es a pleno día según en qué circunstancias. Es el caso de la reportera de guerra que tiembla aterrorizada en blablacar. Es el caso de quien ha recorrido en autostop toda Italia y se muere de miedo cuando un chico de su pueblo, amigo de la infancia, se desvía a pleno sol por un camino vecinal paralelo al río. La editorial Lumen ha editado este libro con catorce autoficciones escritas por catorce mujeres escritoras: Mª Fernanda Ampuero, Nerea Barjola, Aixa de la Cruz, Jana Leo, Roberta Marrero, Lucía Mbomío, Silvia Nanclares, Edurne Portela, Carme Riera, Marta Sanz, Sabina Urraca, Gabriela Wiener. Porque es necesario abrir un camino para identificarnos, conmovernos, reaccionar y recorrer sin miedo las calles que nos pertenecen.

Las lealtades. Delphine de Vigan. Anagrama

En el centro de esta novela hay un niño de doce años: Théo, hijo de padres separados. El progenitor, sumido en una depresión, apenas sale de su caótico y degradado apartamento, y la madre vive consumida por un odio sin fisuras hacia su ex, que la abandonó por otra mujer. En medio de esa guerra, Théo encontrará en el alcohol una vía de escape. A su alrededor se mueven otros tres personajes: Hélène, la profesora que cree detectar que el niño sufre maltrato a partir del infierno que vivió en su propia infancia; Mathis, el amigo de Théo, con el que se inicia en la bebida, y Cécile, la madre de Mathis, cuyo tranquilo mundo se tambalea después de descubrir algo inquietante en el ordenador de su marido...  Todos estos personajes son seres heridos. Marcados por demonios íntimos. Por la soledad, las mentiras, los secretos y los autoengaños. Seres que caminan hacia la autodestrucción, y a los que acaso puedan salvar –o tal vez condenar definitivamente– las lealtades que los conectan, esos «lazos invisibles que nos vinculan a los demás (...) las leyes de la infancia que dormitan en el interior de nuestros cuerpos, los valores en cuyo nombre actuamos con rectitud, los fundamentos que nos permiten resistir, los principios ilegibles que nos corroen y nos aprisionan. Nuestras alas y nuestros yugos. Son los trampolines sobre los que se despliegan nuestras fuerzas y las zanjas en las que enterramos nuestros sueños».