"Material Sensible": nuestra gente necesaria
En el “Epílogo amitoso” del libro “Material Sensible” de Ricardo Sánchez, Oscar Tomás Aimar, escribe: “Por qué escribo, se pregunta Sánchez en alguna de estas páginas, agrupadas ahora en volumen. Se formula así, personalizada, esa cuestión que lleva milenios importunándonos, y que ha merecido tantas, tan provisorias y tan diversas respuestas.
Desde las muy literarias, como la del Marguerite Duras, “escribimos para saber cómo escribiríamos si escribiéramos”, que dan más de lo mismo y no aclaran gran cosa la cuestión, hasta las más racionales, como la que intenta César Aira cuando reflexiona sobre la escritura como organización de la experiencia.
Ya que Sánchez pregunta, y es el anfitrión y merece una respuesta, diré que creo que el ordenamiento de la vida en texto nos da la impresión ilusoria de que podemos con la realidad. Y de que nos sería posible, mediante la atribución de un sentido, recuperar la experiencia pasada, que se desvaneció sin que la entendiéramos, como ya observó T.S. Elliot.
Porque el tema profundo de Ricardo Sánchez, oculto debidamente tras el relevo de apariencias que su misma naturaleza proteica exige, no es otro que el tiempo. Es en ese sentido, previa puesta en valor de esa palabra, vaciada por la reiteración y el uso distraído, y vinculándola de nuevo con su raíz, que los textos de Sánchez son “crónicas”.
Publicadas entre el 2006 y la actualidad, en las letras de molde del diario Puntal o en el aire de la Radio Gospel, son fruto de años de circular en la ciudad y entre su gente, siempre con la inteligencia y la sensibilidad atentas. En ellas aparecen, o reaparecen, sobreimpresos a la vida, y dándole consistencia de realidad aumentada, lugares, hechos, personas y personajes con los que hemos vivido. Porque aún en los textos cuyo tema trasciende lo ciudadano, la mirada que los rescata tiene un claro sesgo local. En ese sentido, las referencias y los vínculos consiguen una doble circulación; lo nuestro inmediato se vuelve universal, y lo universal revierte en el terruño.
Pero no creo que el rasgo común que impresiona y conmueve a Sánchez, entre el rosedal del parque, el campeonato de profesionales, Juan Filloy, el Tata Tuninetti, una vieja sala de cine, el Negro Granado, el Poroto Ficco, el Sota Dumond, y tantos otros, sea su concurrencia en este lugar convencionalmente municipal, sino más bien su coincidencia en un tiempo irrecuperable que fue también el nuestro.
El tono elegíaco de su prosa; su ánimo siempre conmovido, aunque atenuado a menudo por cierto humorismo verbal; el uso intencionado de algunos modos de decir que se perdieron; el recurso a formas circulares, como el estribillo y la repetición, dan cuenta de eso. Criaturas del tiempo, nosotros y nuestras cosas y nuestras acciones, y la mirada del cronista que las apunta, serán devoradas por él. Vaya y pase con las naciones y los imperios, pero ensañarse para siempre con aquella mendiga, con tal pintor, con cierto cantante de tangos, con la canchita de la calle Payró, no habla muy bien del tiempo, parece pensar Sánchez.
Cosas y personas que mientras fueron nos prestaron una ilusión de eternidad, cuya máscara preferida es el instante; gentileza que intentan devolver estos textos, dándole a las cosas una cierta sobrevida, una simulación piadosa y acotada de inmortalidad. Y además, tal vez de un modo menos intencionado y más colateral, estas crónicas vengan a ser un registro perdurable de una época de la ciudad, y de la mirada entrañable y querendona con que alguien la documentó.
Queda, para que este texto que nos toma con un pie en el estribo tenga también algo de su carácter habitual de brindis de abstemios, de abrazo en pandemia, felicitar y agradecer esta iniciativa de Vicky Sagárnaga que viene a reconocer y a retribuir con justicia un trabajo de años. Y a instalar lo que eran páginas dispersas en su exhibidor más conveniente, el libro.
Y aseverar que Ricardo Sánchez sabe, sabemos, que lo que se fue se fue para siempre, y que sólo podemos escribir, o leer, como el filósofo Solón lloraba a su hijo, porque no sirve y porque no es remedio. Pero seguirá escribiendo, y seguiremos leyéndolo, como si creyéramos que el ordenamiento y el registro de la experiencia pudieran traernos de nuevo la música de las tijeras de peluquero de su padre, o la del extractor de apicultor del mío, que fueron la misma música”.
Los protagonistas
No habrá mucho más que decir, es el cierre perfecto a más de 300 páginas para emocionarse, reír, recordar, identificarse, soñar. Todas sensaciones vividas el sábado último en la presentación realizada en el C.C. Franklin Arregui Cano del Palacio Municipal que, como era de esperarse, no fue una presentación más y mucho menos formal: sentados en ronda (algunos cuantos parados, las sillas no alcanzaron), Ricardo y muchos de los protagonistas del libro, toda nuestra gente necesaria, contando e intercambiando palabras. Deolinda Sosa cantando con ese vozarrón a capella y los notables Jorge Jewsbery y Mirta Pérez deleitándonos con un par de canciones.
Y de todo lo dicho, vale rescatar cuatro nombres propios: Guillermo Geremía recordando lo mucho que se ha divertido con Sánchez (una cualidad escondida para muchos, que cual humor capusotesco compartimos); Pablo Callejón sentenciando “el Gallego es el mejor de todos nosotros”; Pablo Dema asegurando que es un “periodista único” y Chochi Cardarelli cerrando con un “como vos no habrá ninguno igual”. Todas certezas contundentes. Por mi parte, Andrés Natali, sólo decirle a mi mentor: “Gracias por tanto”.