Opinión | Llamosas

Un líder para enfrentar el brote

Río Cuarto vive los inicios de una crisis sanitaria. Llamosas describió qué tipo de conductor político necesita la ciudad en ese contexto. Y habilitó la pregunta: ¿es él ese líder?

“Los riocuartenses necesitan hoy líderes positivos, constructivos, líderes que tengan templanza”. Un Juan Manuel Llamosas inusualmente vehemente delineó en televisión las cualidades que, a su juicio, debe reunir el conductor político de la ciudad en un contexto decisivo como el actual, con un brote de coronavirus que recién se encuentra en sus comienzos y que augura al menos cinco semanas por delante cargadas de tensión.

Con esa frase, el intendente, quien estaba hablando de que no le preocupa la campaña sino la realidad sanitaria, ubicó a su principal adversario electoral, Gabriel Abrile, en el reverso de las virtudes que había enumerado: como un dirigente enfocado en la negatividad, en la crítica destructiva y en la exacerbación. Antes, también sin mencionarlo, ya había dicho que cada vez que lo convocó no apareció, a pesar de que en sus spots, Abrile, que ha anclado la campaña en su perfil profesional de terapista, se la pasa postulando que la prioridad absoluta debe ser atender la crisis epidemiológica.

Al hacer su descripción sobre el tipo de liderazgo que necesita la ciudad, Llamosas, por supuesto, pretendió autoincluirse en la categoría positiva, en la del conductor que el contexto requiere. Sin embargo, paralelamente, sin proponérselo, también habilitó un interrogante: ¿es verdaderamente así? ¿Juan Manuel Llamosas reúne las características que él mismo seleccionó como las necesarias? ¿Es un líder constructivo, positivo, con templanza?

Más allá de la concepción que cada riocuartense tenga de su desempeño hasta ahora, el intendente dispone de algunos meses por delante para responder él mismo esas preguntas. Porque se encuentra en su verdadero momento crucial, que es éste, en el que aparecieron los casos, se dispersaron por gran parte de la ciudad y, según admiten en el propio gobierno, tienen en las próximas semanas más chances de multiplicarse que de remitir.

Llamosas, por su carácter y su concepción política, parece un intendente más de la normalidad que de la excepcionalidad. Y por eso mismo, aunque asegure que ni siquiera piensa en las elecciones, está obligado a reconfigurarse como gobernante porque, en gran parte, su suerte podría definirse no por los cuatro años que pasaron sino por el corto pero intenso período que viene. ¿Cómo actuará ahora? ¿Será convincente en la conducción de esta crisis? ¿Podrá construir, además, expectativas hacia adelante?

Hoy, Llamosas está ante un problema, el verdadero problema y, por lo tanto, de su capacidad de resolución podría depender su desempeño electoral. Porque, además, afronta una duplicidad compleja de manejar y que es ajena a casi todos los demás gobernantes del país: en plena expansión del brote, el intendente podría verse obligado a tomar decisiones antipáticas que, a la vez, son potencialmente riesgosas para el candidato.

Acaba de tener un episodio en ese sentido con bares y restaurantes, que durante siete días tendrán un horario restringido. La explicación oficial señala que el objetivo es reducir la circulación de personas después de las 20; pero también implica el reconocimiento táctico de que los controles estaban siendo insuficientes o inefectivos porque durante los fines de semana había bares que indisimuladamente evadían el protocolo y estaban llenos a reventar.

Río Cuarto, que según el COE Central lleva ya siete días de brote, deberá sobrellevar todavía cinco semanas más de complicaciones. Y los movimientos que se han producido en el manejo de la crisis, con funcionarios provinciales que desembarcaron en la ciudad y se instalaron, que se reunieron con directivos de las clínicas, que tomaron decisiones y parecieron hacerse cargo de la situación, permiten concluir que la dimensión del cuadro sanitario rápidamente sobrepasó al Municipio.

Uno de los desafíos que tiene por delante el oficialismo es instalar la imagen de que esa decisión provincial de tomar en sus manos la acción sanitaria en Río Cuarto no implica un desplazamiento del gobierno local sino un trabajo complementario. En su visita a la ciudad, el ministro de Salud, Diego Cardozo, hizo esfuerzos en ese sentido pero, a veces, las palabras son insuficientes.

Si consigue imponer la idea de que existe complementariedad, entonces Llamosas podrá insistir con un latiguillo que viene usando desde el primer día de su gestión, aquel de que forma un mismo equipo con el gobernador, y que apunta a destacar los beneficios de estar en línea con la Provincia.

Fue el diagnóstico de esos especialistas que llegaron desde Córdoba el que convenció a Llamosas de que mantener la fecha del 27 de septiembre para la elección era desaconsejable. Pablo Carvajal, secretario de Salud, le habló de que serán cuatro semanas complicadas; el COE y el exministro de Salud, Francisco Fortuna, extendieron el plazo a 6 o 7 semanas. Es decir, el estrés sanitario en la población, el miedo y las posibles medidas restrictivas iban a coincidir con la campaña y la votación, un combo no precisamente ideal para un intendente que busca la reelección.

Por eso, Llamosas cortó sin dilaciones la discusión sobre la fecha y ni bien Abrile planteó formalmente el pedido de postergación, el jefe comunal apareció en los medios y le dio al candidato opositor lo que tanto venía buscando: tiempo. Con un aditamento: ahora el que también lo necesita es el propio Llamosas.

Pero lo cierto es que si bien la votación no se producirá en pleno brote, sí se concretaría en un período inmediatamente posterior, lo que se puede llamar el posbrote, y por lo tanto la memoria sobre el desempeño del gobierno todavía seguirá fresca y podría ser determinante.

En el Palacio, y más precisamente en el equipo de Salud, se quejan porque no solamente deben lidiar con la operatividad del dispositivo epidemiológico, con los casos que aparecen y con el propio virus sino con el rumor del virus, que se dispersa con más velocidad que la enfermedad en sí. En ese punto, el oficialismo apunta a dos actores, a los que indefectiblemente menciona en tándem: las redes y la oposición. “Las versiones falsas que viralizan nos están generando inconvenientes enormes”, se quejaba a mediados de semana un funcionario municipal.

En ese punto, más allá de que sería necio desconocer la existencia de las operaciones, el gobierno debe acarrear además con cierto descreimiento que existe con respecto a la información oficial, que es una característica casi general en Argentina pero que se evidencia tal vez más intensamente en Río Cuarto. Y la existencia de las elecciones es un elemento no menor para explicar ese fenómeno: por especulación electoral, la verdad se estaría ocultando, aunque sea parcialmente, según el razonamiento de una parte de la población.

La oposición ha explotado esa desconfianza. Y le ha servido, al menos, para visibilizarse. Es más, dispone de la posibilidad de hacer suspender las elecciones sin demasiado esfuerzo: sólo le alcanza con decir que se niega a participar o que no será cómplice de una locura. La capacidad de generar inmovilidad la tiene a su alcance. Y puede volver a usarla. Lo que no ha demostrado hasta ahora es que, además, pueda contribuir a que Río Cuarto vuelva a una zona de normalidad institucional.