El Cruce de los Andes, iniciado en enero de 1817, no fue una aventura improvisada. Durante meses, San Martín organizó en el campamento de El Plumerillo, en Mendoza, un ejército de 5.424 hombres capaz de operar a más de 4.000 metros de altura durante semanas. La composición de esa fuerza refleja la minuciosidad del operativo: 3.000 soldados de infantería —en su mayoría afrodescendientes libertos que obtuvieron su libertad al sumarse a la campaña—, 742 jinetes de caballería pertenecientes principalmente al Regimiento de Granaderos a Caballo, 258 artilleros, 1.200 milicianos y auxiliares cuyanos encargados del abastecimiento, 120 zapadores o barreteros de minas que abrían paso por delante de las columnas, y 50 médicos y enfermeros bajo la dirección del médico inglés Diego Paroissien.
La movilización de recursos fue igualmente monumental. El cruce demandó 10.600 mulas —unas 9.300 de carga— y 1.600 caballos. El terreno cobró un precio alto: menos de la mitad de las mulas sobrevivió al descenso. La alimentación fue planificada con el mismo rigor: los soldados consumían el Valdiviano, una preparación a base de charqui, grasa, cebolla y ají que solo requería agua caliente. Cada combatiente llevaba además ajo y cebolla para contrarrestar el soroche, mientras que el vino y el aguardiente se administraban bajo control estricto para soportar las bajas temperaturas.
La Guerra de Zapa: engaño como arma decisiva
La resistencia física fue extraordinaria, pero el verdadero triunfo se fraguó antes de dar el primer paso por la cordillera. San Martín sabía que enfrentaría a un enemigo superior en número y diseñó una operación de inteligencia conocida como Guerra de Zapa.
El ingeniero José Antonio Álvarez Condarco viajó a Santiago de Chile con la excusa de entregar una copia de la Declaración de la Independencia al gobernador español Casimiro Marcó del Pont. Expulsado casi de inmediato, regresó a Mendoza por otro paso cordillerano y, gracias a su memoria, dibujó los mapas que luego utilizaría el ejército. Al mismo tiempo, San Martín convirtió al sacerdote español Francisco López —descubierto enviando información a los realistas— en un agente doble, entregándole cartas con datos falsos sobre motines y rutas de invasión inexistentes para que llegaran al enemigo.
La maniobra culminó con la división del ejército en seis columnas simultáneas distribuidas a lo largo de unos 800 kilómetros de cordillera. Cuatro de ellas ejecutaron movimientos de distracción para obligar a los españoles a dispersar sus fuerzas. Las dos columnas principales, comandadas por San Martín y Juan Gregorio de Las Heras, avanzaron por los pasos de Los Patos y Uspallata y lograron concentrar cerca de 4.000 soldados en el valle del Aconcagua sin encontrar resistencia decisiva.
Cuando Marcó del Pont comprendió cuál era el verdadero objetivo de la ofensiva, ya era tarde. El 12 de febrero de 1817, la victoria en la Batalla de Chacabuco confirmó el éxito de la campaña y abrió el camino hacia Santiago de Chile. San Martín obtendría el triunfo definitivo en Chile el 5 de abril de 1818, con la Batalla de Maipú, antes de organizar la expedición libertadora que desembarcaría en Paracas en agosto de 1820 y culminaría con su entrada en Lima y la proclamación de la independencia del Perú en 1821.