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Los chicos, entre la espada y la pared

En siete partidos, el seleccionado nacional buscará en 23 días ser campeón sudamericano o, al menos, clasificarse para Tokio 2020. Torneo duro que, como siempre, permite afirmar las capacidades de jóvenes que en cada país juegan en Primera desde hace poco tiempo o no, ya que varios de ellos son jugadores profesionales de clubes importantes no sólo en sus ligas.

El seleccionado argentino Sub-23 juega en Colombia la posibilidad de llegar a los Juegos Olímpicos de Japón. Ya ganó su primer partido ante el local y luego de fecha libre deberá medirse el viernes contra Chile, en un decisivo encuentro, como todos, en realidad, en este pentagonal que dará dos lugares para un cuadrangular final.

Siete partidos en 23 días para ser campeones sudamericanos o, al menos, clasificarse para Tokio. Torneo duro que, como siempre, permite afirmar las capacidades de jóvenes que en cada país juegan en Primera desde hace poco tiempo o no, ya que varios de ellos son jugadores profesionales de clubes importantes no sólo en sus ligas. Muchos juegan fuera de su país, en competencias glamorosas.

El Sub-23 fue el motivo de la puja por empezar o no lo que queda de la Superliga este fin de semana o aplazarlo un par de semanas. Clubes que sabían iban a tener jugadores convocados para el torneo preolímpico jugaron algunas cartas finales para no ceder a sus muchachos y, en medio de ello, la solución (como siempre en contra de lo firmado o al menos convenido) que se intentó fue esperar un tiempo para relanzar la Superliga.

La posición de la postergación perdió por un voto: necesitaban diez y fueron nueve los que apoyaban esa moción de parar la pelota unos días más.

Una desprolijidad más, una mancha más en la historia antigua, media y contemporánea del fútbol argentino. Con la Copa de la Superliga (un engendro inadmisible) en el horizonte como campeonato final de la temporada y su influencia en los promedios, todo intento de no jugarla por falta de tiempo o modificarla, para hacerla más corta, si se atrasaba la Superliga condenaba anticipadamente a aquellos que están peleando por permanecer en Primera, dentro de un reglamento aceptado por todos.

Con la investigación y discusión respecto de la venta de derechos de televisación del fútbol argentino al exterior, con Lanús de bandera de denuncia, la oscuridad se va poniendo más densa para una estructura que pareciera tener muerte anunciada (la Superliga), pero que le dio muchísimas ganancias a pocos y marcó un enorme abismo entre los clubes de Primera y la AFA, que representa al resto de las categorías. 

Cada vez que uno comenta esto pregunta en voz alta: ¿Los clubes que juegan la Superliga no pertenecen a la AFA? La respuesta es sí, pero no, o más o menos. 

Un mamarracho. Ascender de la Primera Nacional a la Superliga ha sido pasar de golpe al paraíso económico. 

Descender es caer en un infierno deportivo y financiero. Y si no pregúntenle a Belgrano de Córdoba. En otros tiempos estaba claro que perder la categoría era muy malo, pero entre un mundo y otro la diferencia la marcaba estar en la "B" y perder prestigio y dinero, pero no en la magnitud que se plantea desde que esta Superliga existe.

El Sub-23, de todas maneras, se armó como se pudo. Sólo siete futbolistas que jugaron el Panamericano están hoy en Colombia. Se agregaron otros como Capaldo, Zaracho y Alexis Mac Allister, que le dan cierto linaje y experiencia. Con Gaich crecido de golpe, casi a la par de su altura física, Batista, el técnico, recibió la negativa de unos diecinueve clubes entre europeos y argentinos para prestar a sus jugadores. 

Potencialmente, hay 20 convocables que no están por la resistencia de sus clubes. Algunos nombres: Lisandro Martínez, Cristian Romero, Milton Valenzuela, Santiago Ascacibar, Nicolás González, Exequiel Palacios, Matías Vargas, Nicolas Domínguez, Ezequiel Barco y hay más.

¿Cómo evitarlo? Al no haber una reglamentación taxativa desde Fifa o la misma AFA, será muy difícil encauzar la situación.

Los clubes extranjeros y locales no cederán fácilmente a sus pibes si no hay algo que los obligue a hacerlo. 

Los chicos debutan en Primera, entran en el mercado cada vez más jóvenes y ahí comienza el choque de intereses. Si los clubes pensaran en los pibes y, de verdad, en sus propios intereses, no dudarían en aceptar la cesión. 

Uno, dos o cien partidos en la selección de cualquier categoría hacen que un muchacho se jerarquice de inmediato. 

Por ello se trata de sentido común y decisión. ¿Y la decisión de los jugadores? ¿Existe? ¿Pueden ejercerla?

¿Agremiados los ampara? No. Desde el gremio, cuenta el querido colega de TNT Arturo Bulián en su columna de opinión de estos días, dicen: "Los jugadores deben ser cedidos siempre", pero inmediatamente opera un lavado de manos: "no existe un marco legal que le permita a Agremiados actuar de oficio".

Claro está, se agrega que ningún futbolista pidió asesoramiento al respecto.

Agremiados sigue siendo en la mayor parte de los casos una pintura en la pared.

Los chicos están entre la espada y la pared. Seguro la mayoría muere por vestir la casaca argentina en el torneo que se está jugando en Colombia. Es, a su manera, como siempre, una plataforma a la Mayor.

Los muchachos están entre el empleador y la selección. Desamparados. Y, por cierto, sin rebelión alguna.

Esto se definiría con un acuerdo entre todos, firmado y refrendado: cesión sin condicionamientos y a otra cosa. 

Pero, aunque eso se firme, uno duda de que los argentinos del fútbol, como en la vida, lo cumplan. 

Siempre tienen un codo para borrar lo que refrendaron con la mano.



Osvaldo Alfredo Wehbe

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