Opinión
“Luchamos para ser, servimos y educamos para transformar”
Hoy la Argentina ingresa en una etapa política diferente, con la experiencia en sus espaldas de dos gobiernos antagónicos, y que demandará una participación colectiva responsable, solidaria y ética para habilitar una nueva oportunidad de comenzar a construir otra historia y hacer una síntesis superadora.
La educación como herramienta histórica y de promesa de mejor sociedad, supervalorada por algunos gobiernos y denostada por otros, hoy vuelve a ser centro de escena, lugar donde anidan sueños, esos cambios profundos y deseados en la proyección y futuro de un país. Importante será en esa construcción del proyecto pensar, pensarnos y replantearnos nuestra relación con el mundo, con el entorno más cercano.
¿Qué papel se otorgará a nuestros docentes?
¿Cuál será el presupuesto ideal para una educación de calidad?
¿Qué cuota de respeto les asignamos a los vulnerados por políticas desacertadas de los gobernantes?
Una educación que se precie de ser tal, integral, de calidad e inclusiva, no puede distraerse de su sentido y quehacer de los derechos humanos. Por el contrario, ellos han de ser columna vertebral, pilar base para esa construcción de país grande, de igualdades de oportunidades y de justicia social. En este sentido, la educación debe abordarse desde una perspectiva de derecho, lo cual implica que términos como diversidad, identidad y reconocimiento, tolerancia y respeto serán parte del entramado de formación de los nuevos sujetos y generaciones.
Haciendo una mirada desde perspectivas como la de Henry Giroux y de Paulo Freire, hacer docencia "es un acto político que modifica conductas y aprendizajes" y como tal es ideológico. Este acto político puede orientarse hacia una reproducción de conductas acríticas de los educandos o a una emancipación crítica de los mismos. Los docentes además son, según Giroux, intelectuales encargados de apoyar a los que quedaron en el camino hacia el éxito educativo, aquellos a los que la historia o el proyecto de país les arrebató la esperanza, los dejó afuera. La tarea de la escuela es entonces liberar de la ignorancia y la exclusión y, justamente, construir de abajo hacia arriba, de afuera hacia adentro, puentes de saberes, conocimientos y formación que habiliten la identidad y la conciencia para una emancipación y verdadera inclusión.
Como educadores, constructores de una historia diferente, tenemos el desafío de acompañar a los estudiantes para que imaginen un futuro en el que la esperanza sea algo próximo, alcanzable, viable, y la libertad sea objeto de nuestros sueños, luchas y victorias.
Parafraseando a Pablo Freire, la educación en sí misma no garantiza mundos mejores sin una afectación en las personas, porque está en ellas la oportunidad de una sociedad y un mundo diferente.
En esta nueva etapa política de oportunidad y de síntesis histórica, los sindicatos no tienen un papel menor. Acompañar con sagacidad y templanza los procesos de resignificación del lugar y sentido de la escuela en los nuevos escenarios y contextos, anclada en los derechos humanos y la democracia, es la tarea y el desafío de las organizaciones en defensa de los trabajadores.
Vale recordar lo que etimológicamente significa el vocablo sindicato, del griego "Syn-Dikos" (Syn: Con - Dikos: Justicia), que es hacer con justicia. En este sentido, no podemos soslayar, ni dejar de decir, la relatividad que a lo largo de la historia y del tiempo ha tenido el concepto en sus prácticas, en el mundo y en la Argentina, en cuanto a ese ser prístino y fundante que fue. Sin referir a los acontecimientos históricos, político-sociales que marcaron esa identidad en sus contradicciones de lucha justiciera, ha sido y es la herramienta social por excelencia de representación y defensa de los trabajadores, que ayudó a hacer del trabajo y de la vida un transitar con mayor justicia y dignidad, pero cierto es y de reconocer, se alejó muchas veces de su finalidad tomando connotaciones político-sociales cuestionables o no afines a su mandato fundacional; y cuando no, en sus prácticas o en sus valoraciones morales.
Por ello, es necesario siempre revitalizar el horizonte, los valores que suponen y los propósitos, que es “volver a pensar, volver a practicar", revalorizar las raíces y el espíritu de esa lucha social, colectiva, querida y compartida por todos los hombres que aspiran a una vida digna para enfrentar los nuevos desafíos de época.
Asimismo, en su relatividad la lucha gremial avanza en más o en menos, pero avanza. Actualmente, en nuestro contexto cercano, son las condiciones de medio ambiente laborales (Cymat) el centro de observación y de acción gremial en pos de una profundización en las prácticas laborales, los derechos y la vida democrática. Así, el nuevo comando de intervención demanda cambios, en términos de poder, de prácticas y de participación, que atiendan al hombre en su convivencia laboral, en la convivencia con los otros que lo realizan. Para esta ampliación y pro- fundización de la lucha el desafío será sustancialmente cualitativo más que cuantitativo.
Y allí vamos, con la contradicción bajo los pies y las utopías de querer cambiar algo de una realidad que nos oprime y se jacta insistentemente de repetir un sistema de violencia y dominación, pero con la convicción, los sueños y el coraje de hacer de lo posible algo humanamente mejor.
Dice Eduardo Galeano: “El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y aceptar el futuro en lugar de imaginarlo (...) Sin embargo, (…) y hoy, más que nunca, es preciso soñar. Soñar, juntos, sueños que se desensueñen y en materia mortal encarnen”.
Richard Ordóñez
Secretario general de Sadop Río Cuarto
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La educación como herramienta histórica y de promesa de mejor sociedad, supervalorada por algunos gobiernos y denostada por otros, hoy vuelve a ser centro de escena, lugar donde anidan sueños, esos cambios profundos y deseados en la proyección y futuro de un país. Importante será en esa construcción del proyecto pensar, pensarnos y replantearnos nuestra relación con el mundo, con el entorno más cercano.
¿Qué papel se otorgará a nuestros docentes?
¿Cuál será el presupuesto ideal para una educación de calidad?
¿Qué cuota de respeto les asignamos a los vulnerados por políticas desacertadas de los gobernantes?
Una educación que se precie de ser tal, integral, de calidad e inclusiva, no puede distraerse de su sentido y quehacer de los derechos humanos. Por el contrario, ellos han de ser columna vertebral, pilar base para esa construcción de país grande, de igualdades de oportunidades y de justicia social. En este sentido, la educación debe abordarse desde una perspectiva de derecho, lo cual implica que términos como diversidad, identidad y reconocimiento, tolerancia y respeto serán parte del entramado de formación de los nuevos sujetos y generaciones.
Haciendo una mirada desde perspectivas como la de Henry Giroux y de Paulo Freire, hacer docencia "es un acto político que modifica conductas y aprendizajes" y como tal es ideológico. Este acto político puede orientarse hacia una reproducción de conductas acríticas de los educandos o a una emancipación crítica de los mismos. Los docentes además son, según Giroux, intelectuales encargados de apoyar a los que quedaron en el camino hacia el éxito educativo, aquellos a los que la historia o el proyecto de país les arrebató la esperanza, los dejó afuera. La tarea de la escuela es entonces liberar de la ignorancia y la exclusión y, justamente, construir de abajo hacia arriba, de afuera hacia adentro, puentes de saberes, conocimientos y formación que habiliten la identidad y la conciencia para una emancipación y verdadera inclusión.
Como educadores, constructores de una historia diferente, tenemos el desafío de acompañar a los estudiantes para que imaginen un futuro en el que la esperanza sea algo próximo, alcanzable, viable, y la libertad sea objeto de nuestros sueños, luchas y victorias.
Parafraseando a Pablo Freire, la educación en sí misma no garantiza mundos mejores sin una afectación en las personas, porque está en ellas la oportunidad de una sociedad y un mundo diferente.
En esta nueva etapa política de oportunidad y de síntesis histórica, los sindicatos no tienen un papel menor. Acompañar con sagacidad y templanza los procesos de resignificación del lugar y sentido de la escuela en los nuevos escenarios y contextos, anclada en los derechos humanos y la democracia, es la tarea y el desafío de las organizaciones en defensa de los trabajadores.
Vale recordar lo que etimológicamente significa el vocablo sindicato, del griego "Syn-Dikos" (Syn: Con - Dikos: Justicia), que es hacer con justicia. En este sentido, no podemos soslayar, ni dejar de decir, la relatividad que a lo largo de la historia y del tiempo ha tenido el concepto en sus prácticas, en el mundo y en la Argentina, en cuanto a ese ser prístino y fundante que fue. Sin referir a los acontecimientos históricos, político-sociales que marcaron esa identidad en sus contradicciones de lucha justiciera, ha sido y es la herramienta social por excelencia de representación y defensa de los trabajadores, que ayudó a hacer del trabajo y de la vida un transitar con mayor justicia y dignidad, pero cierto es y de reconocer, se alejó muchas veces de su finalidad tomando connotaciones político-sociales cuestionables o no afines a su mandato fundacional; y cuando no, en sus prácticas o en sus valoraciones morales.
Por ello, es necesario siempre revitalizar el horizonte, los valores que suponen y los propósitos, que es “volver a pensar, volver a practicar", revalorizar las raíces y el espíritu de esa lucha social, colectiva, querida y compartida por todos los hombres que aspiran a una vida digna para enfrentar los nuevos desafíos de época.
Asimismo, en su relatividad la lucha gremial avanza en más o en menos, pero avanza. Actualmente, en nuestro contexto cercano, son las condiciones de medio ambiente laborales (Cymat) el centro de observación y de acción gremial en pos de una profundización en las prácticas laborales, los derechos y la vida democrática. Así, el nuevo comando de intervención demanda cambios, en términos de poder, de prácticas y de participación, que atiendan al hombre en su convivencia laboral, en la convivencia con los otros que lo realizan. Para esta ampliación y pro- fundización de la lucha el desafío será sustancialmente cualitativo más que cuantitativo.
Y allí vamos, con la contradicción bajo los pies y las utopías de querer cambiar algo de una realidad que nos oprime y se jacta insistentemente de repetir un sistema de violencia y dominación, pero con la convicción, los sueños y el coraje de hacer de lo posible algo humanamente mejor.
Dice Eduardo Galeano: “El mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y aceptar el futuro en lugar de imaginarlo (...) Sin embargo, (…) y hoy, más que nunca, es preciso soñar. Soñar, juntos, sueños que se desensueñen y en materia mortal encarnen”.
Richard Ordóñez
Secretario general de Sadop Río Cuarto
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