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El Barrilete Cósmico volvió a su planeta

El jugador de fútbol más influyente de la historia falleció por un paro cardiorrespiratorio a los 60 años. Una historia que comenzó en Villa Fiorito y lo catapultó a ser uno de los referentes más importantes de la cultura argentina
 

“Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona”, arranca una y otra vez la voz de Víctor Hugo Morales, como si estuviera loopeada. El relato se repite una y otra vez alrededor del globo desde ayer al mediodía, cuando el mundo se conmocionó al saber que Diego Armando Maradona había fallecido. Un paro cardiorrespiratorio terminó con la vida del jugador de fútbol más influyente de todos los tiempos.

La muerte de Maradona a los 60 años transforma al 25 de noviembre en una fecha que jamás será olvidada. A modo de analogía religiosa, si el 30 de octubre es la navidad del fútbol, el 25 de noviembre es el “Viernes Santo”. Mañana, el alma del Diez resucitará e irá a tomarse unos mates Don Diego y Doña Tota, sus venerados padres.

De por sí, la muerte de una figura como la de Maradona causa en efecto sin igual a nivel global, en tiempos de redes sociales, ese efecto se multiplica. Los sucesos similares son contados con los dedos. El fallecimiento de Diana Spencer (más conocida como Lady Di) en un accidente en 1997, el asesinato de John Lennon en 1980 y el de John F. Kennedy en 1963 y la sorpresiva muerte de Elvis Preasley en 1977 representan los pocos acontecimientos que podrían asemejarse.

Es que Maradona no fue sólo un jugador de fútbol, fue un ícono cultural y lo seguirá siendo. Se convirtió en eso por el fútbol, pero su imagen trascendió los estadios. Su historia fue una mezcla de tragedia griega y película holliwoodense y él fue un personaje complejo con aristas diversas.

El fútbol lo llevó de Fiorito a la cima. En la cancha escribió una historia de superación con pinceladas heroicas. El “Maradona jugador” fue un ser extraordinario que les pegó de lleno a todos los amantes de la redonda. “La verdad que no me importa lo que Diego hizo con su vida, me importa lo que hizo con la mía”, dijo alguna vez el escritor Roberto Fontanarrosa, al referirse a lo que le generaba Diego adentro de la cancha. Otro escritor, Eduardo Sacheri, expone su opinión en un cuento que se llama: “Me van a tener que disculpar”. Allí se disculpa por no poder medir a Maradona con la misma vara que al “resto de los mortales”.

El “Diego jugador” fue elevado al nivel de Dios por todos los habitantes del mundo. Los argentinos lo erigieron como una figura mitológica, que con dos actos separados por menos de cinco minutos, vengó la derrota en Malvinas, desparramando ingleses a mansalva. Los napolitanos lo vieron como un santo que vino a plantarle cara al altanero norte italiano.

Esa canonización futbolera terminó siendo contraproducente. Con ella vino la fama y todo lo que conlleva.

La mitificación de su figura hizo que se volviera un referente en ámbitos lejanos al fútbol. Pero afuera de las canchas, Diego no era un dios, era una simple persona. Como tal, libre de cometer errores y tener sus contradicciones. Una parte del mundo nunca entendió eso y muchos de los que lo comprendieron, prefirieron aprovecharse. “Maradona es el más humano de los dioses”, lo definió de manera magistral Eduardo Galeano.

Con contradicciones, Maradona se metió en la política nacional e internacional cada vez que quiso. Fue amigo de Fidel Castro y Hugo Chávez. Apoyó a Evo Morales y desafió cada vez que pudo a Mauricio Macri, arrojándole cachetazos con frases que quedarán para la historia, como aquella en la que lo comparó con el “cartonero Báez”, cuando era presidente de Boca. A diferencia de Pelé, se enfrentó a la poderosa Fifa en incontables ocasiones.

Su carácter, forjado en Fiorito, contribuyó a volverlo un ícono cultural. Adentro de la cancha le sirvió para recuperarse del fracaso del Mundial 82, ser campeón del mundo en el 86, cargase al hombro a la selección en el 90 y regresar a las canchas después de sanciones y lesiones. Afuera del verde césped, lo utilizó para convertirse en un símbolo contestatario.

Durante casi cuarenta años fue la referencia exclusiva del país. “¿Argentina?, Maradona”, se escuchaba en el extranjero cada vez que alguien mencionaba estas tierras. La importancia de su imagen se refleja de diversas maneras en la cultura popular argentina. Osvaldo Soriano, Eduardo Galeano y Alejandro Dolina son algunas de las plumas que le han dedicado cuentos y relatos. Desde el rock al cuarteto, recibió homenajes musicales de todo tipo. Personajes tan dispares como Rodrigo Bueno y Joaquín Sabina cantaron su nombre. Su imagen llegó al cine de la mano de varios directores, entre ellos, Emir Kusturica.

Maradona se metió en el imaginario popular, no sólo con su fútbol, sino con su ingenio particular a la hora de declarar. “Se le escapó la tortuga”, “Me cortaron las piernas” y esa pieza de filosofía futbolera que es “La pelota no se mancha” son algunas de las frases maradonianas que ya forman parte del reservorio de máximas argentinas.

Su figura y la manera en la que se lo trataba en Argentina son un resumen bastante claro de la identidad nacional. Contradictoria, solidaria, agrandada, ingeniosa, extremista y -sobre todo- futbolera, todo esas cualidades unieron a Maradona con el “ser argentino”

“Nos deja pero no se va”, escribió de manera acertada Lionel Messi en sus redes sociales. Maradona ya no está entre los mortales, pero su imagen siempre formará parte de la idiosincrasia argentina.

Aquel relato de Víctor Hugo que se repite una y otra vez, tiene ahora un final distinto. “Barrilete Cósmico, ¿a qué planeta te fuiste para dejar en el camino a tanta estrella? ¿Para que el país tenga un nudo apretado en la garganta, tratando de asimilar que nunca más te verá en una cancha de fútbol?”.