Oficialismo y oposición llegan al fin del turbulento 2018 con sus calendarios definidos pero con realidades absolutamente disímiles. Unos, los peronistas, tienen un liderazgo definido y único, al que fueron a tributar hace un par de días en Córdoba capital; otros, los miembros de Cambiemos, apenas si han podido establecer la fecha cierta de su interna, que se retrasó del 24 de febrero al 17 de marzo por los tironeos entre los socios, pero no se han puesto de acuerdo en casi nada más. Si hasta el Pro, que supo oficiar de componente aglutinante, se ha negado a formalizar la alianza en Córdoba y así retrasó las definiciones más elementales de ese frente que tiene cuatro precandidatos a poco más de cuatro meses de la elección.
Si la manera en que llegan los equipos a la cancha permitiera prefigurar el resultado, Cambiemos estaría a las puertas de una derrota casi cantada en la provincia. Y si bien la política es, como el fútbol, un territorio abierto a la sorpresa, la oposición no está haciendo nada para ayudarse a sí misma a destronar a Unión por Córdoba, que ya lleva sobre sus espaldas 20 años en el poder.
El jueves, en Córdoba, el gobernador Juan Schiaretti lanzó la campaña pero, sobre todo, usó el acto para demostrar que, después de la muerte de José Manuel de la Sota, el peronismo cordobés a pleno se ha encolumnado detrás de su candidatura y de su pretensión de reelección. Es una verdad incontrastable: el schiarettismo se dedicó, días después de la muerte del exgobernador, a abrir los brazos y recibirlos a todos y a darles en la mesa de conducción del partido lugares que hasta ese momento no habían tenido. Esa actitud fue real. Como también lo fue el hecho de que para el resto de los peronistas, de cualquier grupo o color, no había opción: en 2019 es Schiaretti su única alternativa. Desde el día posterior a esa elección se abrirá una pelea previsible y lógica por la sucesión y la renovación pero primero hay que pasar el 12 de mayo.
En Unión por Córdoba aseguran que Martín Llaryora, actual diputado y exintendente de San Francisco, será el elegido para tratar de destronar a Cambiemos de la capital provincial, donde se elegirá al sucesor de Ramón Mestre el mismo día en que se votará para gobernador.
La única ausencia notoria en el plenario al que convocó Schiaretti, y en el que más de 800 dirigentes se peleaban para aparecer en las fotos, fue la de la hija de De la Sota, Natalia, quien ayer hizo su propio acto en el espacio Quality de Córdoba para recordar a su padre y agradecer a la militancia. Fue la única dirigente con convocatoria por fuera. La explicación oficial que dan en su entorno es que no pudo ir porque justo ese día y a esa hora egresaba uno de sus hijos, que además se iba de viaje. En el schiarettismo sostienen que la explicación es real, que Natalia faltó con aviso y que están todos unidos. Sin embargo, desde el propio delasotismo surgieron rumores de que habría algún cortocircuito con la concejala cordobesa porque sus pretensiones en la negociación por espacios habrían sido demasiado elevadas.
Sin embargo, por ahora se considera un episodio menor. El oficialismo provincial ya puso en marcha no solamente su maquinaria electoral territorial, que implica además que casi todos los intendentes peguen sus elecciones a las provinciales, sino que también dio pistas sobre algunos ejes y estrategias que desplegará para mantenerse en el poder. Uno será la utilización de la imagen de De la Sota, el recuerdo de lo que construyó políticamente y su sociedad con Schiaretti. En el acto que se hizo en Córdoba las palabras del gobernador se iban mechando con imágenes del fundador de Unión por Córdoba.
Pero, además, el peronismo ya lanzó esbozos de un slogan para tratar de contrarrestar la que será la principal crítica del frente opositor: que lleva demasiados años en el poder. “El progreso no cansa”, fue la frase que circuló en las redes y en WhatsApp y que resume un concepto que ya despliega el PJ para sostener que Córdoba es mejor por sus gobiernos y que, políticamente, esa fuerza no ha perdido empuje ni motivación.
Los puntos por los que flaquea el peronismo, más allá del reproche por la falta de alternancia, son algunos déficits de gestión que no ha podido erradicar o que, incluso, ha profundizado. El principal es Epec, un lastre que sólo arrastra quebranto y provoca malhumor porque combina en un mismo cóctel las tarifas más caras del país con un servicio que no resiste ni el primer sofocón de verano. Ahora, como para arrancar el año a lo grande, sumará otro aumento de entre el 12 y el 30 por ciento.
La alternancia inexistente
La persistencia durante casi un cuarto de siglo de un mismo signo político puede considerarse una característica negativa del sistema político cordobés. Sin embargo, no es una falencia adjudicable al peronismo sino, principalmente, a la oposición, que no ha sabido construir con el paso de los años una alternativa confiable ni que genere expectativa.
Después de las dos derrotas que Cambiemos le propinó al justicialismo cordobés era de esperarse que la elección que se viene fuera la gran oportunidad de recambio en el poder provincial. Quien estaba comprometido, encerrado, confuso y atemorizado era Unión por Córdoba porque mostraba achaques electorales y de gestión y parecía no encontrar respuestas. Sin embargo, hoy parece haberse fortalecido mientras la oposición se encarga de complicarse a sí misma y de dar signos que provocan desconcierto.
La Casa Rosada, que no es lo que era en 2017 ni tiene en Córdoba el poder de fuego que supo tener hasta no hace demasiado, parece haberse inclinado por Mario Negri, veterano político que se lanzó el jueves y que mostró en su acto a tres de las cuatro fracciones en que está dividido Cambiemos. Allí estuvieron Luis Juez, líder del Frente Cívico y director de una inexistente dirección de capacitación política nacional (?), y Héctor Baldassi, el dirigente macrista más taquillero de la provincia. En el otro rincón, Ramón Mestre, empecinado en reclamar una interna que el gobierno nacional no desea, decretaba que la elección en su ciudad sería el mismo 12 de mayo en que él pretende ser confrontar a Schiaretti.
El intendente capitalino, que en una negociación política sólo cede después de un extenso desgaste, fue sometido al vacío: el resto de Cambiemos se alineó de un lado para demostrar su disciplinamiento con las órdenes que bajan desde Buenos Aires y dar la imagen de que Mestre está solo.
En la oposición todo es incertidumbre. Tanto que el Pro ni siquiera quiso firmar el acta que oficializaría ante la Justicia la conformación de la alianza. A eso se suman otros indicios: mientras los intendentes peronistas van en bloque con la estrategia provincial, los radicales dudan y se inclinan por la tentación de elegir sus propias fechas de elección para reducir los riesgos de atarse a una derrota.
Si hay interna, el candidato que surja de Cambiemos deberá protagonizar el milagro de reconstruir lo que está roto y desbancar a la vez a un peronismo que se ha acostumbrado a disponer del poder y que se ha mostrado hábil a la hora de conservarlo.
El jueves, en Córdoba, el gobernador Juan Schiaretti lanzó la campaña pero, sobre todo, usó el acto para demostrar que, después de la muerte de José Manuel de la Sota, el peronismo cordobés a pleno se ha encolumnado detrás de su candidatura y de su pretensión de reelección. Es una verdad incontrastable: el schiarettismo se dedicó, días después de la muerte del exgobernador, a abrir los brazos y recibirlos a todos y a darles en la mesa de conducción del partido lugares que hasta ese momento no habían tenido. Esa actitud fue real. Como también lo fue el hecho de que para el resto de los peronistas, de cualquier grupo o color, no había opción: en 2019 es Schiaretti su única alternativa. Desde el día posterior a esa elección se abrirá una pelea previsible y lógica por la sucesión y la renovación pero primero hay que pasar el 12 de mayo.
En Unión por Córdoba aseguran que Martín Llaryora, actual diputado y exintendente de San Francisco, será el elegido para tratar de destronar a Cambiemos de la capital provincial, donde se elegirá al sucesor de Ramón Mestre el mismo día en que se votará para gobernador.
La única ausencia notoria en el plenario al que convocó Schiaretti, y en el que más de 800 dirigentes se peleaban para aparecer en las fotos, fue la de la hija de De la Sota, Natalia, quien ayer hizo su propio acto en el espacio Quality de Córdoba para recordar a su padre y agradecer a la militancia. Fue la única dirigente con convocatoria por fuera. La explicación oficial que dan en su entorno es que no pudo ir porque justo ese día y a esa hora egresaba uno de sus hijos, que además se iba de viaje. En el schiarettismo sostienen que la explicación es real, que Natalia faltó con aviso y que están todos unidos. Sin embargo, desde el propio delasotismo surgieron rumores de que habría algún cortocircuito con la concejala cordobesa porque sus pretensiones en la negociación por espacios habrían sido demasiado elevadas.
Sin embargo, por ahora se considera un episodio menor. El oficialismo provincial ya puso en marcha no solamente su maquinaria electoral territorial, que implica además que casi todos los intendentes peguen sus elecciones a las provinciales, sino que también dio pistas sobre algunos ejes y estrategias que desplegará para mantenerse en el poder. Uno será la utilización de la imagen de De la Sota, el recuerdo de lo que construyó políticamente y su sociedad con Schiaretti. En el acto que se hizo en Córdoba las palabras del gobernador se iban mechando con imágenes del fundador de Unión por Córdoba.
Pero, además, el peronismo ya lanzó esbozos de un slogan para tratar de contrarrestar la que será la principal crítica del frente opositor: que lleva demasiados años en el poder. “El progreso no cansa”, fue la frase que circuló en las redes y en WhatsApp y que resume un concepto que ya despliega el PJ para sostener que Córdoba es mejor por sus gobiernos y que, políticamente, esa fuerza no ha perdido empuje ni motivación.
Los puntos por los que flaquea el peronismo, más allá del reproche por la falta de alternancia, son algunos déficits de gestión que no ha podido erradicar o que, incluso, ha profundizado. El principal es Epec, un lastre que sólo arrastra quebranto y provoca malhumor porque combina en un mismo cóctel las tarifas más caras del país con un servicio que no resiste ni el primer sofocón de verano. Ahora, como para arrancar el año a lo grande, sumará otro aumento de entre el 12 y el 30 por ciento.
La alternancia inexistente
La persistencia durante casi un cuarto de siglo de un mismo signo político puede considerarse una característica negativa del sistema político cordobés. Sin embargo, no es una falencia adjudicable al peronismo sino, principalmente, a la oposición, que no ha sabido construir con el paso de los años una alternativa confiable ni que genere expectativa.
Después de las dos derrotas que Cambiemos le propinó al justicialismo cordobés era de esperarse que la elección que se viene fuera la gran oportunidad de recambio en el poder provincial. Quien estaba comprometido, encerrado, confuso y atemorizado era Unión por Córdoba porque mostraba achaques electorales y de gestión y parecía no encontrar respuestas. Sin embargo, hoy parece haberse fortalecido mientras la oposición se encarga de complicarse a sí misma y de dar signos que provocan desconcierto.
La Casa Rosada, que no es lo que era en 2017 ni tiene en Córdoba el poder de fuego que supo tener hasta no hace demasiado, parece haberse inclinado por Mario Negri, veterano político que se lanzó el jueves y que mostró en su acto a tres de las cuatro fracciones en que está dividido Cambiemos. Allí estuvieron Luis Juez, líder del Frente Cívico y director de una inexistente dirección de capacitación política nacional (?), y Héctor Baldassi, el dirigente macrista más taquillero de la provincia. En el otro rincón, Ramón Mestre, empecinado en reclamar una interna que el gobierno nacional no desea, decretaba que la elección en su ciudad sería el mismo 12 de mayo en que él pretende ser confrontar a Schiaretti.
El intendente capitalino, que en una negociación política sólo cede después de un extenso desgaste, fue sometido al vacío: el resto de Cambiemos se alineó de un lado para demostrar su disciplinamiento con las órdenes que bajan desde Buenos Aires y dar la imagen de que Mestre está solo.
En la oposición todo es incertidumbre. Tanto que el Pro ni siquiera quiso firmar el acta que oficializaría ante la Justicia la conformación de la alianza. A eso se suman otros indicios: mientras los intendentes peronistas van en bloque con la estrategia provincial, los radicales dudan y se inclinan por la tentación de elegir sus propias fechas de elección para reducir los riesgos de atarse a una derrota.
Si hay interna, el candidato que surja de Cambiemos deberá protagonizar el milagro de reconstruir lo que está roto y desbancar a la vez a un peronismo que se ha acostumbrado a disponer del poder y que se ha mostrado hábil a la hora de conservarlo.

