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El jet set y la isla cordobesa

Schiaretti continúa con sus incursiones nacionales, mientras refuerza a través de spots que la provincia está a salvaguarda de la crisis nacional. La obsesión es retener la gobernación.  Por Marcos Jure

No tiene, precisamente, un perfil que permita incluirlo en el abigarrado jet set nacional. Pero ahí estará Juan Schiaretti: entre quienes aparecerán este año en la tapa en la que la revista Gente mostrará a los que, según su criterio, han sido los personajes del año. El gobernador de Córdoba cohabitará, entre otros, con figuras eminentes del espectáculo argentino como Pampita, Jimena Barón, Alejandro Fantino o Marley.

En términos de marketing político, la percepción es que podría contribuir a expandir las fronteras de su figura, a instalarlo en el escenario del país. Y a renovar, en parte, su imagen; un elemento necesario para un peronismo cordobés que ya acumula sobre sus hombros 20 años ininterrumpidos de ejercicio de poder.

Desde que murió José Manuel de la Sota, hace ya más de dos meses, Schiaretti intensificó sus movimientos en el panorama nacional. En los últimos días no solamente se reunió con Daniel Scioli, que parece querer recuperar aire ahora que su rival en el balotaje hace agua por donde se lo mire, sino que además afianzó el armado del Peronismo Federal, que no sólo contiene ya al cordobés, a Miguel Pichetto, Sergio Massa y Juan Manuel Urtubey sino también a otros siete gobernadores peronistas.

Esa tercera vía que se aglutina como una opción al macrismo y el kirchnerismo y que todavía es una incógnita y un mix de dirigentes sin excesiva intención de voto en el escenario nacional, ha demostrado, después de su acuerdo por el Consejo de la Magistratura, que es perfectamente capaz de comunicarse, dialogar y pactar con Cristina y los suyos. Y cuando más dirigentes reúna, más capacidad de negociación tendrá como actor político.

La movida nacional de Schiaretti puede entenderse como un intento por resguardar el territorio desde afuera, desde una dimensión geográfica superior, porque en realidad hoy su prioridad absoluta, más aún desde que quedó entronizado como el líder único del peronismo  cordobés, es retener la Provincia. El PJ no tiene opción: atará su suerte a la del mandatario.

El gobierno cordobés despliega como argumentos para conseguir la reelección -porque en los hechos ya se encuentra en campaña- dos ejes gravitantes: el principal pasa por las obras públicas, entre las que brillan los gasoductos troncales, que han motivado spots especiales que están difundiéndose en internet y la televisión. En un segundo plano, tal vez incluso inconsciente, quedaron los programas sociales con los que la Provincia apunta a contener la crisis social que, lejos de diluirse, comienza a intensificarse.

Pero esos dos ejes aparecen unificados por un concepto que los engloba pero que no es nuevo. Va aggiornándose, cambiando de piel y de forma, pero atraviesa las gestiones, porque se inauguró con el radicalismo de Eduardo Angeloz y hoy continúa considerándose vigente. El “Córdoba está fuerte” de la actualidad es deudor del “Córdoba es una isla” de los ‘80. Lo que intenta transmitir, hacia adentro y hacia afuera, cuando el país está aquejado por la crisis económica y los gobiernos hacen malabares para poder pagar los sueldos o el bono de fin de año, que los avatares nacionales no afectan a la administración Schiaretti. Cuando podría pensarse que 20 años de gobierno propenden a favorecer un cambio de signo político, el equipo del gobernador apuesta a la estabilidad que puede emanar de un gobierno que se sostiene desde 1999.

Esa idea de una Córdoba blindada, amurallada, requiere por supuesto acciones y esfuerzos económicos. El gobernador les dio a los empleados públicos un aumento salarial del 36 por ciento anual, una pauta que está por encima de los parámetros de la mayoría de las administraciones públicas y que apunta a asegurarle un fin de año en paz, sin conflictos al menos con los gremios. Intentó estirar esa paz hasta junio del año próximo, ya en el umbral de las elecciones, pero los docentes, conocedores del impacto que suele tener un inicio de clases accidentado, prefirieron esperar. Recién volverán a sentarse en el primer trimestre de 2019, cuando la Provincia estará más ansiosa que ahora por sostener la calma y  aparecerá más predispuesta a la generosidad salarial. 

El oficialismo cordobés considera que, más que nunca, necesita que no queden cabos sueltos. Por eso está dedicado obsesivamente esta vez a ganar la Capital pero, a la vez, postula que sus propios intendentes deben llegar fuertes a la fecha de la elección provincial para servir de traccionadores de votos.

La crisis en el gobierno de Río Cuarto generó alguna inquietud, más que nada porque se trató de una anomalía autogenerada, que incluyó una movilización al intendente Juan Manuel Llamosas orquestada por un secretario que fue de extrema confianza. Desde el oficialismo municipal indican que la salida de Mauricio Dova, aun con sus ribetes semiescandalosos, terminó descomprimiendo la tensión interna que se había generado en los últimos días.

Ahora, ya sin Dova, creen que podrán ofrecer una imagen menos contradictoria, con una personalidad única, basada en el perfil bajo y no en el enfrentamiento constante y la descalificación. El riesgo es que el gabinete quede poblado de funcionarios sin roce político ni enteramente preparados para la época en que impere el debate discursivo.

Los movimientos preparatorios para el tiempo electoral no solamente se están produciendo en el peronismo. También Cambiemos, que viene de ganar ampliamente en las últimas elecciones cordobesas pero que se encuentra hoy en una situación menos solvente por la precipitada caída de la economía nacional y los índices de popularidad de Macri y su gobierno, comienza a intentar organizarse. Aunque lo hace desde la dispersión, desde la multiplicidad de potenciales candidatos y las pujas internas por imponerse.

Los dos dirigentes con mayores posibilidades de convertirse en candidatos son radicales: Ramón Mestre y Mario Negri.

El jueves, en Río Cuarto, volverá al territorio Nicolás Massot, el bahiense que por esas rarezas de la política se convirtió en diputado por Córdoba, para comenzar a realizar el armado de cara a las elecciones. Massot, que ha tenido encontronazos incluso públicos con Mestre, pretende que el cantidato para la gobernación salga por consenso y no por una interna, como reclama el intendente capitalino.

Pero ni Massot es el enviado indiscutido que fue ni Macri dispone del poder irrefutable en su dedo para digitar sin resistencia el mapa cordobés.