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El tiempo, los desacuerdos y los arrepentidos

Cambiemos parece estar actuando en función de los intereses de Schiaretti. Las negociaciones para lograr el consenso no avanzan. La votación de una ley anticorrupción sorprendió en la Legislatura.  Por Marcos Jure

A Juan Schiaretti se le fueron acomodando los planetas. Y termina el año no sólo convertido por primera vez en dos décadas en el único conductor del peronismo cordobés sino, además, con una oposición que ha sido consecuente casi al pie de la letra con la estrategia que trazó el oficialismo. El PJ adelantó la elección al 12 de mayo, entre otras razones, para exacerbar las confrontaciones internas entre los precandidatos de Cambiemos y precisamente así ha actuado el principal actor opositor.

Lo admiten hasta quienes menos identificados están con el gobernador y su estilo de ejercer el poder: ya sin José Manuel de la Sota, sin esa necesidad que existía de ir consensuando candidaturas y movimientos para resguardar la supervivencia de una sociedad política que cimentó a Unión por Córdoba, Schiaretti hace y deshace dentro del peronismo. Hoy, todas las expresiones internas están alineadas, incluso las dos vertientes que expresan al delasotismo. El último episodio público fue la oficialización del traspaso ya formal de Adriana Nazario, que estaba en el massismo pero en Diputados había armado un bloque unipersonal, a Córdoba Federal, la bancada que responde a las estrategias y las definiciones del gobernador.

La desaparición de De la Sota y los pasos posteriores que dio el schiarettismo para mantener integrado a todo el peronismo provocaron que se incrementara su caudal de poder dentro del oficialismo. Lejos de generar las complicaciones que se vaticinaban, la tragedia del exgobernador le despejó el camino en términos políticos.

En público sus dirigentes más cercanos lo descartan tajantemente, pero las recientes acciones de Schiaretti, incluso el encuentro del Peronismo Federal en la Casa de Córdoba en Buenos Aires, hacen afianzar la sospecha de que al gobernador lo tienta una posible proyección nacional. Único referente del peronismo de Córdoba, ya sin doble comando, definió un perfil que elige presentarse como una alternativa diferente entre el macrismo y el cristinismo pero que, en los hechos, podría terminar siéndole funcional a Cambiemos.

Esa movida, esa participación en el escenario nacional sólo es posible porque en su propio territorio puede maniobrar con cierta soltura y tranquilidad. Y, en un porcentaje no menor, debe ese cuadro de situación a sus opositores. Sería normal y hasta natural que después de 20 años, Unión por Córdoba comenzara a mostrar signos de agotamiento como alternativa de gobierno, que se hubiera ido perfilando la conformación de un contrapoder como amenaza cierta. Ese rol debería ser, obviamente, de Cambiemos. Sin embargo, la fuerza opositora, que viene de cosechar en la provincia triunfos electorales arrasadores que dejarían en estado de confusión a cualquier oficialismo, está sumida en un estado de confusión y desconcierto motivado por su permanente incapacidad de acordar una estrategia o una modalidad para elegir candidatos.

La interna del 24 de febrero se fijó como un resguardo para contener a todos en Cambiemos y evitar la posible fuga de Ramón Mestre hacia una resurección de la lista 3, pero esa competencia electoral va erigiéndose como insoslayable. “Mirá es sumamente complejo que lo bajen a Mestre. Es un tipo difícil. No hay que olvidarse que desafió a Macri cuando estaba en la cresta de la ola; mirá si se va a achicar ahora”, graficó un analista que conoce al intendente cordobés.

Los encuentros que han mantenido en los últimos días los precandidatos de Cambiemos terminaron con resultados desalentadores para quienes ansiaban un acuerdo urgente que pusiera sin demora a los candidatos en la cancha -o, en este caso, en los balnerios-. La lejanía del consenso quedó graficada en la reunión del miércoles pasado, cuyo resultado fue tan pobre que obligó a los voceros a salir a anunciar una nimiedad absoluta: que los cuatro precandidatos habían llegado a la conclusión de que la interna será con boleta única, lo que implica en realidad la admisión casi a gritos de que no avanzaron ni un milímetro en la negociación. Sólo había que mirar la cara contrariada de Mario Negri, que pretende ser entronizado como candidato sin pasar por el trance de las internas,  en las fotos que se dieron a conocer en los medios: le resultó imposible disimular su malhumor.

Ese estado de cosas sólo atenta contra las posibilidades de Cambiemos y se convierte en funcional a Schiaretti. Mientras más se dediquen los opositores a mordisquearse entre ellos, el gobernador gana más tiempo, el elemento fundamental de la elección que se viene en Córdoba. 

El tiempo. Cambiemos machacará en su campaña con que el peronismo ya acumuló demasiados años en el poder; mientras que el oficialismo argumentará que dos décadas no son excesivas si hay renovación de ideas y de proyectos. Discutirán por el tiempo. Mientras tanto, el peronismo intentará aprovecharlo al máximo. Como lo está haciendo.

La confianza que se tiene el oficialismo, que de todos modos tiene por delante más de una contrariedad por resolver -como por ejemplo la amenaza de una lista kirchnerista-, se plasma también en el plano institucional. La semana pasada, tal como había adelantado este diario, Unión por Córdoba deparó una sorpresa en la Unicameral y dio sus votos para que se aprobara la versión cordobesa de la ley del arrepentido, que fue impulsada por el radical Javier Bee Sellares. Ese instrumento fue el que disparó a nivel nacional una miríada de delaciones que terminaron con decenas de presos y procesados en la causa de los cuadernos.

En algunos sectores del peronismo, la implantación de la ley del arrepentido en Córdoba no causó ninguna gracia. “Están jugando con fuego”, advirtieron.  

Hubo dos razones centrales para la aprobación. Una apunta a desterrar las críticas por las obras de los gasoductos. Pero la fundamental es que el oficialismo consiguió, a cambio de votar el proyecto, definir las subrogancias en el fuero anticorrupción. 

De todas formas, las consecuencias futuras son hoy insondables.

Pero si el propio oficialismo acepta habilitar una ley de ese tenor, que no aparecía ni por lejos en la agenda pública como una imposición impostergable, es porque en su horizonte cercano no vislumbra el fin del poder.



Marcos Jure.  Redacción Puntal