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La estrategia del hecho consumado

Schiaretti habló ante la Legislatura como si ya hubiera sido reelecto. Pero, a la vez, enumeró más de 40 promesas enfocadas en el 12 de mayo. Asentó su discurso en la idea de confiabilidad. Por Marcos Jure
Juan Schiaretti habló como si la elección que viene no existiera, como si no estuviera en el calendario. Trazó un plan de gobierno para la próxima gestión y posó así su mirada no sobre los 100 días que quedan para que los cordobeses vayan a las urnas sino sobre los próximos cuatro años.

Trató de transmitir que el resultado es un hecho consumado, que Unión por Córdoba, después de una seguidilla de 20 años, tendrá al menos un mandato más, que llegará hasta 2023 y se instalará así en el umbral del cuarto de siglo en el ejercicio del poder.

Esa fue la pose, el tono del discurso; sin embargo, el contenido se manejó en otra dimensión, más cortoplacista, en esa que en realidad desvela al oficialismo: en la intención de seducir al electorado para que el 12 de mayo, en una fecha clave tanto para Córdoba como para la política nacional, vaya al cuarto oscuro y convierta en realidad esa sensación de continuidad inalterada que Schiaretti alimentó el viernes, cuando se plantó frente a la Legislatura y pronunció el que será el último discurso de su actual gestión pero que, espera, sea la antesala de los que deberían venir. 

No por nada hilvanó 41 promesas de campaña y le dio así inicio formal al tiempo electoral del oficialismo y a los ejes, algunos ya existentes, que dominarán su agenda.  

El gobernador disparó un anuncio de alto impacto pero también riesgoso: la construcción de 25 mil viviendas sociales y de clase media. El oficialismo, sobre la base de datos, ha leído que la casa propia es un sueño cada vez más lejano para la mayoría y que, por lo tanto, puede ser un activo electoral. Hasta ahora no dio demasiadas precisiones -en los próximos dos meses se detallará el plan- pero, como hizo a lo largo de su discurso de 48 minutos, Schiaretti se asentó en la idea de que su gobierno hace lo que dice y que, por lo tanto, es confiable.

Sobre esa concepción pivoteó: sobre la confiabilidad. Porque en el oficialismo está afianzada la convicción -basada en encuestas- de que en tiempos de crisis económica, de inestabilidad y, por lo tanto, de nerviosismo, lo que ansía la mayor franja de los votantes es certidumbre.

Así como en épocas de prosperidad el electorado puede estar abierto al riesgo y a lo nuevo, Unión por Córdoba considera que en un clima de desasosiego como el actual la gente quiere anclarse y prefiere elegir, simbólicamente, más a un padre que a un gobernante. 

Tal vez por eso el oficialismo no ha encarado ninguna de las reformas internas que juró estar preparando después de perder por paliza la elección legislativa a manos de Cambiemos en 2017. Los lineamientos del discurso de Schiaretti fueron, a grandes rasgos, los mismos con los que ha venido machacando. No prometió sorpresa, ni audacia ni cambios de fondo. Sólo más de lo mismo, con algún retoque, y se sentó a esperar que la gente vuelva a elegir ese más de lo mismo. “El progreso no cansa”, viene diciendo en sus recorridas por el interior.

Schiaretti usó el concepto de confiabilidad como espejo pero también como contraste. Lo utilizó en el discurso para remarcar, sin nombrarlo específicamente, que existe una distancia entre su gobierno, que dice haber cumplido, y uno que incumple, como el macrismo, su gran competidor por el voto cordobés, que no ha concretado ni uno solo de los compromisos que asumió en su ascenso al poder; es más, pareciera empeñado en alimentar con fruición los mismos problemas que en teoría iba a pulverizar: la pobreza, la inflación, la desconfianza.

En su discurso el gobernador mencionó repetidamente que la crisis es responsabilidad nacional y que el macrismo debería impulsar medidas que integren en vez de excluir. Se alejó así de sus tiempos de alienamiento con el Presidente, cuando sus diputados votaron incluso la reforma que castigó a los jubilados, y hasta se permitió una disidencia ideológica: sostuvo que no cree en la teoría del derrame, sino en la acción del Estado.

Esa frase, y alguna otra, le sirvió a un sector el kirchnerismo para elogiar a Schiaretti y preparar el terreno para una posible incorporación a su armado electoral.

Una vez más, la oposición insistió con cuestionar al gobernador por su discurso de tono proselitista en un ambiente institucional como la Legislatura. Es casi una ingenuidad. El oficialismo viene de alterar las reglas de juego para sacar ventaja en el cronograma electoral. ¿Cómo no iba a aprovechar de paso la oportunidad que otorga el discurso de apertura? Quien puede lo más puede lo menos.

También le reprocharon falta de autocrítica. Ese planteo ya se convirtió en un lugar común; además, sería una rareza: es tradición en Argentina que la autocrítica se deje para el plano interno y que hacia afuera se ensalcen hasta el exceso los logros propios.

Sin embargo, esa actitud de negación no elimina los problemas ni erradica sus posibles consecuencias negativas a la hora de las votaciones. Al gobierno de Schiaretti, por ejemplo, lo persigue como un fantasma el canibalismo tarifario de Epec y el desastre de su servicio. En los últimos días, con temperaturas de hasta 45 grados, un barrio de Villa María se sublevó, cansado de la falta de luz, y salió a cortar la ruta 158.

En otro plano, también la presión fiscal le ha motivado al oficialismo complicaciones en la agenda pública. Un aliado histórico como el campo salió a cuestionar la magnitud de los incrementos del Inmobiliario Rural y las cuatro entidades de la Mesa de Enlace se abroquelaron con un comunicado crítico a la política tributaria del schiarettismo.

Las chances de la oposición dependen de su habilidad por explotar esos flancos que el peronismo fue dejando en sus 20 años de paso por el poder. Esa capacidad, o la falta de ella, se exteriorizarán una vez que los precandidatos de Cambiemos dejen de entretenerse con sí mismos.