Los detractores de Mauricio Macri suelen ensañarse con sus supuestas limitaciones oratorias o terminológicas. Sin embargo, el presidente de la Nación instituyó en su discurso del 1° de marzo ante el Congreso un concepto que tal vez esté destinado a abrir caminos: el del crecimiento invisible.
Si hubiera trasladado esa línea de pensamiento hasta la realidad de todos los días, el jefe de Estado podría haber dicho: “Argentinos, los sueldos alcanzan; el problema es que no se dan cuenta”.
Ironías aparte, el esfuerzo discursivo de Macri, su necesidad de recurrir a una figura como el crecimiento invisible o su invocación constante al futuro para exorcizar las angustias del presente, como si se tratara casi de una apelación religiosa, no son más que admisiones de que la economía está siendo para el gobierno una fuerza rebelde, difícil de domar.
La inflación no se disciplina, las inversiones no aparecen al ritmo esperado y promocionado -el ministro Cabrera trató ayer directamente de llorones a los empresarios- y las noticias positivas sobre la economía son demasiado tibias para erradicar los males generales que aquejan al país.
Ante esa constatación, el gobierno de Macri desempolva la antigua fórmula menemista que reza “estamos mal pero vamos bien”. Sin embargo, sabe que no le alcanza. Por eso, contra todos los pronósticos que señalaban que al Pro le sería relativamente sencillo manejar la economía pero que no podría lidiar con los actores que definen la gobernabilidad, a la gestión de Cambiemos, liderada por una fuerza que se jactaba de no tener militantes sino voluntarios, la está salvando la política.
Por un lado, cuenta a su favor con la persistente crisis del peronismo, que no encuentra ni líder ni identidad. Pero, ya como una “virtud” propia, está demostrando que es perfectamente capaz de manipular la agenda pública en beneficio propio.
El ejemplo más reciente es el debate por el aborto, con el que está consiguiendo su objetivo de distraer la atención general. Y a pesar de que su intención y su estrategia carecen de sutileza, el resultado es el buscado.
No hay antecedentes recientes de un gobierno que impulse un debate parlamentario por un proyecto de ley que no comparte y que, mayoritariamente, votará en contra. El propio Presidente declaró que está a favor de la vida, la fórmula que suelen usar los antiabortistas para expresar su posición.
Usualmente, los oficialismos propician un debate complejo, espinoso, delicado como el del aborto porque esperan que, al final de ese proceso, se produzca una transformación social, económica o cultural. El macrismo no: lo hace pero no espera ninguna consecuencia de ese tipo. Por lo tanto, su intencionalidad es coyuntural: conseguir tiempo, un elemento extremadamente valioso para un gobierno que sigue cayendo en las encuestas y que no recibe respuestas de la economía.
Tiró el debate sobre el aborto a la calle y consiguió que cada uno de los sectores exprese su posición con exaltación, casi con fanatismo, y sin posibilidades de rehuirle a la discusión. ¿Qué tiene para perder el Ejecutivo? Nada. Todo por ganar.
Antes había probado con la doctrina Chocobar y más recientemente con la avanzada contra los extranjeros en los hospitales y las universidades.
Mientras tanto, la inflación dejó de estar en el foco y se perdieron en la irrelevancia las inverosímiles e inauditas frases del ministro Nicolás Dujovne, que oscila entre cantar loas a un tiempo de florecimiento económico que está a la vuelta de la esquina y admitir que no tiene herramientas para combatir la suba de precios.
Pero el macrismo debe estar genuinamente convencido de que su concepción económica dará resultado en algún momento. Porque, si no lo creyera, no podrían explicarse sus constantes esfuerzos por ganar dosis de tiempo.
El gobierno de Cambiemos parece dispuesto a realizar algunas concesiones, como propiciar debates que son propios del progresismo o lanzar definiciones que no encajan con su concepción ideológica, mientras avanza en un núcleo de cambios que considera innegociables, referidos más que nada a la distribución del ingreso y a la relación de fuerzas que debe imperar dentro de la sociedad.
Macri posee un modelo. Y ese modelo tiene un sesgo intrínsecamente inequitativo.
Casi al mismo tiempo que el Presidente desgranaba su discurso en el Congreso de la Nación, en Río Cuarto el gobierno municipal definía sus propias prioridades para el año. En la extensa alocución del intendente Juan Manuel Llamosas no estuvo ausente la realidad nacional ni la configuración que Macri está dándole al país: señaló, rememorando sus palabras de 2017, cuando había cuestionado el sufrimiento que estaban padeciendo los sectores más postergados, que no ha percibido cambios en ese cuadro de situación.
Llamosas usó 100 minutos para enumerar largamente las realizaciones de su gestión en el último año y medio. Volvió a encuadrarse dentro del peronismo que comandan José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti, una doble mención que motivó algún gesto de fastidio en los funcionarios provinciales que estaban en el Concejo y que esperarían una definición más tajante del intendente de la ciudad más importante que el PJ tiene en sus manos.
Su minuciosa descripción de acciones revela a la vez un mérito y una limitación. Es verdad que el gobierno ha encarado diversas acciones -muchas de las cuales vienen de gestiones anteriores- pero la mayoría parecen estar aisladas entre sí. La de Llamosas es una gestión que se dispersa en la multiplicidad, que encara programas y proyectos que no parecen tener un hilo conductor ni estar contenidos por un concepto unificador.
En el oficialismo aseguran que esa característica del gobierno municipal no es azarosa sino que se trata de una respuesta a las demandas actuales que la gente les plantea a las gestiones municipales. Según ese criterio, los vecinos ya no pretenderían obras ambiciosas o proyectos transformadores de ciudad, como el que encarnó Alberto Cantero a pesar de que se topó contra la realidad y contra sí mismo, sino soluciones prácticas a los problemas diarios y mundanos.
Sin embargo, esa argumentación colisiona con dos situaciones que se produjeron en el discurso ante el Concejo. Por un lado, el intendente aseguró -como ya lo había hecho en entrevistas periodísticas- que nunca se vieron en la ciudad tantos frentes de obras simultáneos. Existe, por lo tanto, la pretensión de darle una dimensión histórica al gobierno que choca contra su supuesto acento en la cotidianeidad.
Por otra parte, la respuesta a las demandas que se plantean a un municipio pasan casi inevitablemente por los servicios públicos. Y allí, si bien la gestión ha mostrado avances en la iluminación y la semaforización, no ha cumplido con las expectativas de modernización y transformación que, según aseguró, se verían rápidamente cuando se pusiera en marcha el nuevo contrato con Cotreco.
Ante el Concejo, Llamosas dejó en claro que está asentado en dos grandes ejes: en la obra pública -en ese aspecto se emparenta con la concepción de Schiaretti- y en la ejecución de los proyectos del presupuesto participativo.
El programa que sale a preguntarle a la gente qué obras prefiere para su barrio y para Río Cuarto ha sido exitoso e implica un avance en el relacionamiento de un gobierno con la sociedad. Sin embargo, contiene también un riesgo: que la gestión se desdibuje en su identidad, que vaya detrás de las demandas puntuales y pierda de vista una idea integral de ciudad.
Por eso, el presupuesto participativo debe ser accesorio en un programa global de gobierno y no ocupar la centralidad. Porque, de lo contrario, soslayaría una de sus funciones principales: contribuir al perfil de una ciudad compleja como Río Cuarto.
Una mirada, la puntual, no necesariamente excluye otra más abarcadora.
Ironías aparte, el esfuerzo discursivo de Macri, su necesidad de recurrir a una figura como el crecimiento invisible o su invocación constante al futuro para exorcizar las angustias del presente, como si se tratara casi de una apelación religiosa, no son más que admisiones de que la economía está siendo para el gobierno una fuerza rebelde, difícil de domar.
La inflación no se disciplina, las inversiones no aparecen al ritmo esperado y promocionado -el ministro Cabrera trató ayer directamente de llorones a los empresarios- y las noticias positivas sobre la economía son demasiado tibias para erradicar los males generales que aquejan al país.
Ante esa constatación, el gobierno de Macri desempolva la antigua fórmula menemista que reza “estamos mal pero vamos bien”. Sin embargo, sabe que no le alcanza. Por eso, contra todos los pronósticos que señalaban que al Pro le sería relativamente sencillo manejar la economía pero que no podría lidiar con los actores que definen la gobernabilidad, a la gestión de Cambiemos, liderada por una fuerza que se jactaba de no tener militantes sino voluntarios, la está salvando la política.
Por un lado, cuenta a su favor con la persistente crisis del peronismo, que no encuentra ni líder ni identidad. Pero, ya como una “virtud” propia, está demostrando que es perfectamente capaz de manipular la agenda pública en beneficio propio.
El ejemplo más reciente es el debate por el aborto, con el que está consiguiendo su objetivo de distraer la atención general. Y a pesar de que su intención y su estrategia carecen de sutileza, el resultado es el buscado.
No hay antecedentes recientes de un gobierno que impulse un debate parlamentario por un proyecto de ley que no comparte y que, mayoritariamente, votará en contra. El propio Presidente declaró que está a favor de la vida, la fórmula que suelen usar los antiabortistas para expresar su posición.
Usualmente, los oficialismos propician un debate complejo, espinoso, delicado como el del aborto porque esperan que, al final de ese proceso, se produzca una transformación social, económica o cultural. El macrismo no: lo hace pero no espera ninguna consecuencia de ese tipo. Por lo tanto, su intencionalidad es coyuntural: conseguir tiempo, un elemento extremadamente valioso para un gobierno que sigue cayendo en las encuestas y que no recibe respuestas de la economía.
Tiró el debate sobre el aborto a la calle y consiguió que cada uno de los sectores exprese su posición con exaltación, casi con fanatismo, y sin posibilidades de rehuirle a la discusión. ¿Qué tiene para perder el Ejecutivo? Nada. Todo por ganar.
Antes había probado con la doctrina Chocobar y más recientemente con la avanzada contra los extranjeros en los hospitales y las universidades.
Mientras tanto, la inflación dejó de estar en el foco y se perdieron en la irrelevancia las inverosímiles e inauditas frases del ministro Nicolás Dujovne, que oscila entre cantar loas a un tiempo de florecimiento económico que está a la vuelta de la esquina y admitir que no tiene herramientas para combatir la suba de precios.
Pero el macrismo debe estar genuinamente convencido de que su concepción económica dará resultado en algún momento. Porque, si no lo creyera, no podrían explicarse sus constantes esfuerzos por ganar dosis de tiempo.
El gobierno de Cambiemos parece dispuesto a realizar algunas concesiones, como propiciar debates que son propios del progresismo o lanzar definiciones que no encajan con su concepción ideológica, mientras avanza en un núcleo de cambios que considera innegociables, referidos más que nada a la distribución del ingreso y a la relación de fuerzas que debe imperar dentro de la sociedad.
Macri posee un modelo. Y ese modelo tiene un sesgo intrínsecamente inequitativo.
Casi al mismo tiempo que el Presidente desgranaba su discurso en el Congreso de la Nación, en Río Cuarto el gobierno municipal definía sus propias prioridades para el año. En la extensa alocución del intendente Juan Manuel Llamosas no estuvo ausente la realidad nacional ni la configuración que Macri está dándole al país: señaló, rememorando sus palabras de 2017, cuando había cuestionado el sufrimiento que estaban padeciendo los sectores más postergados, que no ha percibido cambios en ese cuadro de situación.
Llamosas usó 100 minutos para enumerar largamente las realizaciones de su gestión en el último año y medio. Volvió a encuadrarse dentro del peronismo que comandan José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti, una doble mención que motivó algún gesto de fastidio en los funcionarios provinciales que estaban en el Concejo y que esperarían una definición más tajante del intendente de la ciudad más importante que el PJ tiene en sus manos.
Su minuciosa descripción de acciones revela a la vez un mérito y una limitación. Es verdad que el gobierno ha encarado diversas acciones -muchas de las cuales vienen de gestiones anteriores- pero la mayoría parecen estar aisladas entre sí. La de Llamosas es una gestión que se dispersa en la multiplicidad, que encara programas y proyectos que no parecen tener un hilo conductor ni estar contenidos por un concepto unificador.
En el oficialismo aseguran que esa característica del gobierno municipal no es azarosa sino que se trata de una respuesta a las demandas actuales que la gente les plantea a las gestiones municipales. Según ese criterio, los vecinos ya no pretenderían obras ambiciosas o proyectos transformadores de ciudad, como el que encarnó Alberto Cantero a pesar de que se topó contra la realidad y contra sí mismo, sino soluciones prácticas a los problemas diarios y mundanos.
Sin embargo, esa argumentación colisiona con dos situaciones que se produjeron en el discurso ante el Concejo. Por un lado, el intendente aseguró -como ya lo había hecho en entrevistas periodísticas- que nunca se vieron en la ciudad tantos frentes de obras simultáneos. Existe, por lo tanto, la pretensión de darle una dimensión histórica al gobierno que choca contra su supuesto acento en la cotidianeidad.
Por otra parte, la respuesta a las demandas que se plantean a un municipio pasan casi inevitablemente por los servicios públicos. Y allí, si bien la gestión ha mostrado avances en la iluminación y la semaforización, no ha cumplido con las expectativas de modernización y transformación que, según aseguró, se verían rápidamente cuando se pusiera en marcha el nuevo contrato con Cotreco.
Ante el Concejo, Llamosas dejó en claro que está asentado en dos grandes ejes: en la obra pública -en ese aspecto se emparenta con la concepción de Schiaretti- y en la ejecución de los proyectos del presupuesto participativo.
El programa que sale a preguntarle a la gente qué obras prefiere para su barrio y para Río Cuarto ha sido exitoso e implica un avance en el relacionamiento de un gobierno con la sociedad. Sin embargo, contiene también un riesgo: que la gestión se desdibuje en su identidad, que vaya detrás de las demandas puntuales y pierda de vista una idea integral de ciudad.
Por eso, el presupuesto participativo debe ser accesorio en un programa global de gobierno y no ocupar la centralidad. Porque, de lo contrario, soslayaría una de sus funciones principales: contribuir al perfil de una ciudad compleja como Río Cuarto.
Una mirada, la puntual, no necesariamente excluye otra más abarcadora.

