La economía es un descalabro: el dólar no para, la pobreza crece, la recesión ya se siente en el aire y en el cuerpo y la inflación deja perpleja a la gente frente a las góndolas. En otro país o en otro contexto, el gobierno estaría analizando, como máximo, la vía más decorosa para llegar al fin del mandato. En Argentina, una gestión como la de Mauricio Macri se anima a pensar en la reelección.
El Presidente ya ratificó que, a pesar de lo que expresa su cara, tiene ganas de seguir más allá de 2019 y la fuerza política que lo llevó al poder, Cambiemos, se abroqueló en Parque Norte para expresarle su apoyo y reafirmar su voluntad de poder, de continuidad. Pero, como esos equipos que necesitan de resultados ajenos para clasificar, el gobierno de Macri no depende de sí mismo.
En la economía, está atado al FMI y a la suerte del nuevo plan, que consta de un ajuste brutal, bandas cambiarias y una parálisis económica para enfriar los precios. Con ese combo y sus consecuencias sobre el bolsillo y el humor de los argentinos, es difícil imaginar a un Gobierno reelecto. Más aún para una sociedad que se acostumbró a asumirse mayoritariamente como clase media y a planificar consumos consecuentes con esa auto-imagen.
La última esperanza a la que se abraza el Gobierno es que el año próximo, meses antes de la elección presidencial, al menos empiecen a notarse tibios repuntes de la economía y a generar, por lo tanto, expectativas en los votantes.
Pero si algo mantiene vivo a Cambiemos, incluso en este contexto de derrumbe, es la política. Por un lado, la persistencia de Cristina Fernández como posible candidata, aun con el agobio judicial en el que está inmersa y el martilleo mediático sobre sus casos de corrupción. Sin Cristina, sin el fantasma de su vuelta que hace que una franja de argentinos exprese que prefiere soportar la calamidad actual antes que verla convertida otra vez en presidenta, Macri estaría desmoronándose con una aceleración mayor a la actual.
Pero así como Cristina en parte lo sostiene, es, a la vez, una amenaza. Porque, al conservar un 30% de intención de voto, su nombre sigue siendo una potencialidad: en una situación de crisis, que torna imprevisible el comportamiento y las reacciones de la gente, el macrismo no puede descartar que, en un cuadro extremo, la expresidenta termine convirtiéndose en una opción concreta de poder.
Un mano a mano es hoy de final inescrutable. Por eso, el escenario más favorable para el Gobierno contempla mantener la división del peronismo.
En una época de agrupamientos, en la que se van insinuando los polos que actuarán en la próxima elección, el Peronismo Federal movió sus primeras fichas. El jueves, en Buenos Aires, mostró su cuarteto inicial. Allí, para la foto, estuvieron el gobernador Juan Schiaretti, su par salteño Juan Manuel Urtubey, el senador Miguel Ángel Pichetto y Sergio Massa, que parece retornar al peronismo después de su fallida aventura en el Frente Renovador y su avenida del medio.
A ese Peronismo Federal que se presenta como la tercera vía le ha aparecido una cuarta comandada por Juan Manzur y Florencio Randazzo y hasta una quinta que insinúan algunos gremios.
Es decir, está enfrentando sus propias dificultades para aglutinar al justicialismo no kirchnerista que dice encarnar.
“La idea era mostrar la foto y ver qué reacciones había”, dicen en el schiarettismo.
La vocación de Schiaretti, Massa, Pichetto y Urtubey es, según expresaron públicamente, convertirse en una opción para una enorme franja de argentinos, que ellos cuantificaron en el 50% que hoy no quiere votar ni a Macri ni a Cristina.
Sin embargo, como pretendida alternativa de poder, ¿qué ofrece de nuevo o de distinto? A esta altura está absolutamente claro qué representan Macri y Cristina. Por los nombres y los antecedentes, también puede aventurarse que la línea económica y política del Peronismo Federal está más cercana al Presidente que a su antagonista.
Al menos tres de los miembros de ese cuarteto han tenido posiciones afines al Gobierno e, incluso, han pagado costos considerables por esa cercanía. Sólo hay que recordar los reproches al schiarettismo por votar la reforma previsional que impulsó Cambiemos.
En esa formación peronista aseguran que congenian con la idea de déficit cero que ahora enarbola Macri -después de generar una deuda externa de 100.000 millones de dólares- pero con un reparto diferente de las cargas.
Es decir, se presentan como una versión menos insensible en el marco de la estructura actual de pensamiento en materia económica y social.
Pero la pregunta que ronda al ver a los protagonistas es: ¿se autoasumen realmente como opción de poder nacional? ¿O persiguen otras motivaciones?
En el plano político, la conformación del Peronismo Federal parece contener una cuota considerablemente mayor de funcionalidad al macrismo que de construcción pensada en ejercer el poder.
En el caso de Schiaretti, cerca del gobernador remarcan que la prioridad absoluta es conservar la provincia, resguardar el territorio y extender la hegemonía a 24 años. ¿Cuál es la razón entonces de su presencia en un armado nacional?
Por un lado, se sigue sosteniendo la sospecha de que existe una especie de pacto entre Macri y algunos gobernadores. Ellos mantendrían dividido al peronismo; él no avanzaría sobre sus comarcas.
Otra interpretación, menos conspirativa, que enarbolan en el schiarettismo es que la movida del gobernador contiene, en realidad, una alta dosis de autopreservación. Para el mandatario cordobés no existiría peor escenario que un retorno de Cristina, tanto en lo político como en lo económico. Cree que, incluso, lo sufriría en carne propia si él siguiera en el Panal y ella retornara a la Casa Rosada.
El schiarettismo admite que el Peronismo Federal es absolutamente funcional a Macri y así lo expresa. Y que será imposible convencer a Cristina, con su caudal de votos y sus complicaciones judiciales, de resignarse a abandonar la pelea política. “No va a bajarse ni a aceptar ir detrás de nadie; ninguno se le acerca al caudal que ella mantiene”, admitió un dirigente.
En ese escenario, a esta altura parece casi inevitable, a no ser que la dinámica política se altere a medida que transcurren el tiempo y la crisis, que el peronismo vaya a la elección dividido en, al menos, dos polos de representación antagónicos.
El primer objetivo de Schiaretti es entorpecer el encumbramiento de Cristina; si, por añadidura, el desastre económico hace que Macri sea inviable, un socio peronista puede convertirse para él en una opción válida.
Mientras tanto, se sigue moviendo para mantener a Unión por Córdoba cohesionada de cara al 2019 y para ir sumando dirigentes que puedan aportar en algo a su caudal actual. La primera incorporación fue la de Eduardo Accastello, el exintendente villamariense que estaba enfrentado férreamente con Schiaretti y que, ante la muerte de De la Sota, decidió apresurarse a golpear la puerta de la gobernación para que no lo dejaran afuera.
Esa vertiginosa incorporación, que sorprendió y generó algunas críticas por la actitud del villamariense, apuró los tiempos en el resto de las agrupaciones.
“Accastello fue corriendo a entregarse a Schiaretti no sólo por una cuestión política sino porque, además, tiene otros condicionamientos, como podría ser el judicial, que justifican su desesperación para tener protección del poder”, deslizó un dirigente cordobés.
En el delasotismo sostienen que, fiel a las enseñanzas que les dejó su mentor, lo recomendable es no precipitarse. “Si cerrás enseguida, después no valés nada. Nosotros tenemos a Natalia de la Sota y a Daniel Passerini en capital y una amplia representación en el interior. Vamos a dialogar pero no a entregarnos”, explican.
Los delasotistas del interior se animan, incluso, a una hipótesis de máxima, con Natalia como candidata a intendenta y con Adriana Nazario como compañera de fórmula del gobernador.
Su limitación y la incógnita que habilita es cuál es su poder de fuego en el caso de que el schiare-ttismo no atienda sus pretensiones.
Marcos Jure. Redacción Puntal
En la economía, está atado al FMI y a la suerte del nuevo plan, que consta de un ajuste brutal, bandas cambiarias y una parálisis económica para enfriar los precios. Con ese combo y sus consecuencias sobre el bolsillo y el humor de los argentinos, es difícil imaginar a un Gobierno reelecto. Más aún para una sociedad que se acostumbró a asumirse mayoritariamente como clase media y a planificar consumos consecuentes con esa auto-imagen.
La última esperanza a la que se abraza el Gobierno es que el año próximo, meses antes de la elección presidencial, al menos empiecen a notarse tibios repuntes de la economía y a generar, por lo tanto, expectativas en los votantes.
Pero si algo mantiene vivo a Cambiemos, incluso en este contexto de derrumbe, es la política. Por un lado, la persistencia de Cristina Fernández como posible candidata, aun con el agobio judicial en el que está inmersa y el martilleo mediático sobre sus casos de corrupción. Sin Cristina, sin el fantasma de su vuelta que hace que una franja de argentinos exprese que prefiere soportar la calamidad actual antes que verla convertida otra vez en presidenta, Macri estaría desmoronándose con una aceleración mayor a la actual.
Pero así como Cristina en parte lo sostiene, es, a la vez, una amenaza. Porque, al conservar un 30% de intención de voto, su nombre sigue siendo una potencialidad: en una situación de crisis, que torna imprevisible el comportamiento y las reacciones de la gente, el macrismo no puede descartar que, en un cuadro extremo, la expresidenta termine convirtiéndose en una opción concreta de poder.
Un mano a mano es hoy de final inescrutable. Por eso, el escenario más favorable para el Gobierno contempla mantener la división del peronismo.
En una época de agrupamientos, en la que se van insinuando los polos que actuarán en la próxima elección, el Peronismo Federal movió sus primeras fichas. El jueves, en Buenos Aires, mostró su cuarteto inicial. Allí, para la foto, estuvieron el gobernador Juan Schiaretti, su par salteño Juan Manuel Urtubey, el senador Miguel Ángel Pichetto y Sergio Massa, que parece retornar al peronismo después de su fallida aventura en el Frente Renovador y su avenida del medio.
A ese Peronismo Federal que se presenta como la tercera vía le ha aparecido una cuarta comandada por Juan Manzur y Florencio Randazzo y hasta una quinta que insinúan algunos gremios.
Es decir, está enfrentando sus propias dificultades para aglutinar al justicialismo no kirchnerista que dice encarnar.
“La idea era mostrar la foto y ver qué reacciones había”, dicen en el schiarettismo.
La vocación de Schiaretti, Massa, Pichetto y Urtubey es, según expresaron públicamente, convertirse en una opción para una enorme franja de argentinos, que ellos cuantificaron en el 50% que hoy no quiere votar ni a Macri ni a Cristina.
Sin embargo, como pretendida alternativa de poder, ¿qué ofrece de nuevo o de distinto? A esta altura está absolutamente claro qué representan Macri y Cristina. Por los nombres y los antecedentes, también puede aventurarse que la línea económica y política del Peronismo Federal está más cercana al Presidente que a su antagonista.
Al menos tres de los miembros de ese cuarteto han tenido posiciones afines al Gobierno e, incluso, han pagado costos considerables por esa cercanía. Sólo hay que recordar los reproches al schiarettismo por votar la reforma previsional que impulsó Cambiemos.
En esa formación peronista aseguran que congenian con la idea de déficit cero que ahora enarbola Macri -después de generar una deuda externa de 100.000 millones de dólares- pero con un reparto diferente de las cargas.
Es decir, se presentan como una versión menos insensible en el marco de la estructura actual de pensamiento en materia económica y social.
Pero la pregunta que ronda al ver a los protagonistas es: ¿se autoasumen realmente como opción de poder nacional? ¿O persiguen otras motivaciones?
En el plano político, la conformación del Peronismo Federal parece contener una cuota considerablemente mayor de funcionalidad al macrismo que de construcción pensada en ejercer el poder.
En el caso de Schiaretti, cerca del gobernador remarcan que la prioridad absoluta es conservar la provincia, resguardar el territorio y extender la hegemonía a 24 años. ¿Cuál es la razón entonces de su presencia en un armado nacional?
Por un lado, se sigue sosteniendo la sospecha de que existe una especie de pacto entre Macri y algunos gobernadores. Ellos mantendrían dividido al peronismo; él no avanzaría sobre sus comarcas.
Otra interpretación, menos conspirativa, que enarbolan en el schiarettismo es que la movida del gobernador contiene, en realidad, una alta dosis de autopreservación. Para el mandatario cordobés no existiría peor escenario que un retorno de Cristina, tanto en lo político como en lo económico. Cree que, incluso, lo sufriría en carne propia si él siguiera en el Panal y ella retornara a la Casa Rosada.
El schiarettismo admite que el Peronismo Federal es absolutamente funcional a Macri y así lo expresa. Y que será imposible convencer a Cristina, con su caudal de votos y sus complicaciones judiciales, de resignarse a abandonar la pelea política. “No va a bajarse ni a aceptar ir detrás de nadie; ninguno se le acerca al caudal que ella mantiene”, admitió un dirigente.
En ese escenario, a esta altura parece casi inevitable, a no ser que la dinámica política se altere a medida que transcurren el tiempo y la crisis, que el peronismo vaya a la elección dividido en, al menos, dos polos de representación antagónicos.
El primer objetivo de Schiaretti es entorpecer el encumbramiento de Cristina; si, por añadidura, el desastre económico hace que Macri sea inviable, un socio peronista puede convertirse para él en una opción válida.
Mientras tanto, se sigue moviendo para mantener a Unión por Córdoba cohesionada de cara al 2019 y para ir sumando dirigentes que puedan aportar en algo a su caudal actual. La primera incorporación fue la de Eduardo Accastello, el exintendente villamariense que estaba enfrentado férreamente con Schiaretti y que, ante la muerte de De la Sota, decidió apresurarse a golpear la puerta de la gobernación para que no lo dejaran afuera.
Esa vertiginosa incorporación, que sorprendió y generó algunas críticas por la actitud del villamariense, apuró los tiempos en el resto de las agrupaciones.
“Accastello fue corriendo a entregarse a Schiaretti no sólo por una cuestión política sino porque, además, tiene otros condicionamientos, como podría ser el judicial, que justifican su desesperación para tener protección del poder”, deslizó un dirigente cordobés.
En el delasotismo sostienen que, fiel a las enseñanzas que les dejó su mentor, lo recomendable es no precipitarse. “Si cerrás enseguida, después no valés nada. Nosotros tenemos a Natalia de la Sota y a Daniel Passerini en capital y una amplia representación en el interior. Vamos a dialogar pero no a entregarnos”, explican.
Los delasotistas del interior se animan, incluso, a una hipótesis de máxima, con Natalia como candidata a intendenta y con Adriana Nazario como compañera de fórmula del gobernador.
Su limitación y la incógnita que habilita es cuál es su poder de fuego en el caso de que el schiare-ttismo no atienda sus pretensiones.
Marcos Jure. Redacción Puntal

