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Llamosas no tiene quién lo defienda

La semana que pasó desnudó las flaquezas políticas de la gestión municipal. Ante las críticas, carece de interlocutores y espadas que puedan contrarrestar el discurso opositor.  Por Marcos Jure

Cuando la crisis económica empezó a mostrar los dientes, en el Palacio Municipal fue afianzándose un diagnóstico: “Muchachos, se viene una época en la que va a faltar la plata, así que vamos a tener que cubrir la escasez con política. Hay que militar más que nunca la gestión”.

Pero, como es habitual, suele existir una distancia considerable entre el discurso y la acción. Porque puede flaquear la voluntad o, simplemente, porque los recursos son insuficientes o inadecuados para alcanzar los objetivos fijados.

Cada vez que tuvo una complicación o lo persiguió un escándalo, como en el caso de Emilio Simón o en el de los cheques del Edecom, el gobierno de Juan Manuel Llamosas rengueó por el lado de la política. Más que nada, lo afectó su falta de reacción, su aletargada capacidad de respuesta para darle un corte a las polémicas.

Sin embargo, la semana pasada fue especialmente sintomática. No porque la gestión haya sufrido una crisis sino porque dejó más en evidencia que nunca sus flancos débiles. 

Suele ser una costumbre demasiado cómoda de la política adjudicar los problemas públicos de un gobierno a la comunicación, o más precisamente a la falta de ella. Si se hace un repaso de los días que pasaron, es acertado afirmar que el Municipio fue incapaz de influir en la construcción de la agenda pública. Cambiemos, la principal fuerza opositora, desmarañada y desestructurada como está, consiguió el logro de instalar una sucesión de ejes negativos para la gestión de Llamosas.

Primero planteó que el Concejo Deliberante no le es útil actualmente a la sociedad porque no discute los problemas profundos de Río Cuarto, lo que puede interpretarse como un tiro por elevación al Ejecutivo mismo: si no hay proyectos de peso en el Legislativo es porque el oficialismo en su integralidad carece de sustancia.

Después, reveló que la Secretaría de Economía se disponía, con las tasas por las nubes, a endeudarse nuevamente, esta vez en 90 millones de pesos, para pagarle a un conjunto de empresas de la construcción. Y, por último, le endilgó al oficialismo una omisión casi delictiva, al denunciar públicamente que no aparece en el balance el documento que revela el estado de situación de la economía municipal, la deuda en dólares que el Estado local contrajo con Epec para comprar algo más de 2.300 luminarias led.

Ante esa andanada, el gobierno actuó a la defensiva, corriendo de atrás y nunca con efectividad. 

En cuanto a la deuda, el déficit de estrategia comunicacional fue inocultable. Es verdad, como señaló un funcionario municipal, que ese tema suele ser una abstracción para la gente. En un contexto en el que se hace complejísimo llegar a fin de mes, sólo algunos pocos pueden sentarse a tratar de interpretar si el flujo de deuda orquestado por Pablo Antonetti, secretario de Economía, es una hipoteca para el futuro de la ciudad. La inmediatez suele ganarle al vaticinio de un posible desastre futuro.  

Sin embargo, ese razonamiento puede debilitarse en una situación como la actual. Por varias razones. Primero, porque el país está sumido en un momento límite, precisamente, por una crisis de deuda, lo que provoca que el tema genere más atención entre la gente. Segundo, porque el gobierno de Llamosas insistió tanto con los vencimientos y los montos que heredó de Juan Jure que lo convirtió en un tópico fundamental. 

Por eso, debería tener una estrategia de base con respecto a ese eje. Evidentemente no la ha diseñado. Porque salió a buscar 90 millones de pesos pero no lo comunicó. Tal vez esperó que pasara desapercibido. Así, le regaló a la oposición la oportunidad de instalar primero su propia visión sobre la nueva emisión. 

Al gobierno sólo le quedó responderle. Y no lo hizo precisamente con pericia. En un debate televisivo, el Ejecutivo envió a Antonetti, de perfil eminentemente técnico e inexperto en el cuerpo a cuerpo de la política, a debatir contra un concejal, Marín Carranza, y un tribuno de Cuentas, Osvaldo Córdoba. “Fue un desastre. Nos ganó un pícaro”, evaluó con enojo un funcionario de Llamosas en referencia a Carranza. 

Ese episodio desnuda la principal y más profunda carencia de la gestión justicialista: la política.

Porque ninguna estrategia comunicacional opera en el vacío ni obra milagros.

Ante cada eje negativo instalado en la agenda pública, el gobierno respondió con gestos: al presidente del Concejo, Darío Fuentes, lo respaldó con una foto junto a Llamosas; a las críticas de la oposición le contrapuso una foto con el defensor del Pueblo, Ismael Rins, para tratar de meter una cuña en el radicalismo; y, para mostrar cohesión, envió a las redacciones una foto de Camilo Vieyra, secretario de Gobierno, reunido con el bloque justicialista para coordinar acciones.

Cuando hay fricción y ataque, la gestualidad no alcanza. Ante un discurso crítico, el gobierno debería poder contrarrestarle una réplica con contenido y densidad política. Raramente lo hace.

Si hay que buscarle un título a la situación y sin perseguir ninguna pretensión de originalidad, se puede decir que “Llamosas no tiene quién lo defienda”.

El schiarettismo, contrariado porque uno de los suyos fue blanco de los ataques (Fuentes), lo percibió claramente y hasta salió a manifestarlo a los medios. Acusó al llamosismo de no exponer las contradicciones de Cambiemos.

Hay allí un componente de verdad. Cambiemos actúa y fija posturas desde una posición de dualidad, como si fuera una fuerza política totalmente escindida de la nacional. En el país, encabeza un gobierno que acumuló una deuda de 100.000 millones de dólares en dos años y en Río Cuarto cuestiona cada emisión y, sobre todo, el perfil del pasivo diseñado por el Municipio.

Para el oficialismo, el problema no es esa dualidad de Cambiemos, sino que pueda ejercerla abiertamente, que no exista estrategia ni discurso para desnudarla.

Primero, porque el Ejecutivo no tiene capacidad de anticipación. Pudo anunciar que tomaba una deuda de 90 millones de pesos por los efectos de la crisis nacional y la política de Macri que asfixia a los municipios. No lo hizo. Se vio condenado a responder un eje instalado por la oposición y a correr con desventaja.

Pero, además, porque no dispone de interlocutores para la arena política. En el peronismo han llegado a la conclusión de que la semana que pasó no fue una eventualidad sino un aviso, la advertencia de cuál será la estrategia de Cambiemos para ir desgastando a la gestión de Llamosas de cara al 2020.

Sin embargo, esa sospecha se combina con una constatación: el gobierno busca entre los suyos y encuentra poco y nada para desbaratar el práctica erosiva de Cambiemos.

Por eso, quien se ve obligado a aparecer casi diariamente para defender a la gestión es quien debería ser la figura principal a resguardar: el intendente.

Con la salida de Mauricio Dova de Gobierno y la llegada de Camilo Vieyra, el gobierno consiguió disminuir el nivel de ruido que generaba el estilo confrontativo del anterior secretario. En el oficialismo, más que nada en el Concejo, destacan que ahora son convocados y escuchados. Sin embargo, hacia afuera la gestión se quedó sin una espada para confrontar en el plano discursivo.

Y si es verdad que el tiempo que se viene es eminentemente político, el justicialismo está dando ventajas que no debería permitirse.