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Llamosas y la interna inoportuna

El schiarettismo y el albertismo se disputan el poder en el peronismo cordobés. En medio, la campaña riocuartense. ¿Podría ser un riesgo para el intendente? El Pro y la vuelta de la grieta.
Juan Manuel Llamosas imaginó un proceso electoral sin sobresaltos ni anomalías, que lo deposite tranquilamente en un nuevo período de gobierno. Una campaña sin aires de campaña, que casi no se note, que no altere la normalidad del día a día de la gestión municipal. A cinco semanas de la fecha señalada, el plan original sigue sin alteraciones. El intendente revisa las encuestas y sólo espera que los días pasen.

Sin embargo, a veces la realidad suele contrariar los planes, o, al menos, introducir variantes que no aparecían al principio. 

Llamosas sigue apegado a su cronograma de “habilitaciones” de obras y a su idea de una campaña propiamente dicha lo más corta posible: recién después de inaugurar las sesiones en el Concejo Deliberante, que sería el 2 de marzo, se mostrará como candidato. 

Un concepto clave para el intendente es la municipalización. Pretende que no exista una contaminación de factores externos sino que sólo entren en consideración su figura y su gobierno. Sus apariciones y sus fotos con el gobernador Juan Schiaretti o con el ministro del Interior, Wado de Pedro, no deberían contraponerse con ese objetivo sino servir de reafirmación: Llamosas aspira a instalar la sensación de que él garantiza un eje virtuoso Nación-Provincia-Municipio que favorece a la ciudad.  

Pero ese eje no está exento de distorsiones que lo cruzan. 

Si algo no esperó el intendente fue el actual escenario de interna tensa en que está inmerso el peronismo provincial. Una disputa entre Nación y Provincia a poco más de un mes de una elección relevante como la de Río Cuarto es de todo menos cómoda.

Llamosas consiguió una lista de unidad, que el peronismo se encolumnara detrás de su candidatura; en parte, porque ningún otro peronista estaba en condiciones de hacerle sombra en las encuestas. Sin embargo, el ruido que no se generó adentro se está convirtiendo en un producto importado. 

El contexto pondrá a prueba su capacidad para hacer equilibrio.

El jueves, mientras Llamosas firmaba en la Casa Rosada una serie de convenios para hacer obras de infraestructura por 250 millones de pesos en la ciudad, el mismo funcionario que lo recibía en Buenos Aires, De Pedro, saludaba sin medias tintas en las redes el plenario que Carlos Caserio y Martín Gill encabezaban en Córdoba para disputarle a Juan Schiaretti la conducción monolítica del peronismo provincial. En paralelo, los ministros schiarettistas Facundo Torres y Juan Carlos Massei, en una movida destinada a ostentar capacidad de convocatoria, se mostraban con la mayoría de los intendentes peronistas. “El poder territorial sigue estando acá”, pareció decir el gobierno provincial.

Ese mismo día, se producía en Villa María otro capítulo del mismo tironeo. El candidato que eligió Martín Gill, actual secretario de Obras Públicas de Alberto Fernández, para reemplazarlo temporariamente en la intendencia sudó a mares para convertirse en el presidente del Concejo: lo terminó logrando, después de una sesión cuyo inicio se demoró 7 horas, con sólo 4 votos positivos, entre ellos el propio, y 7 abstenciones. El accastellismo, recostado ahora en su acuerdo con Schiaretti, fue un protagonista fundamental para que el nuevo titular Pablo Rosso, el hombre de Gill, llegara al Ejecutivo con apenas un hilito de legitimidad.

Es decir, la pelea se está dando en todos los planos. Y lo que está en marcha, en definitiva, es una disputa de poder. El albertismo nunca le perdonó a Schiaretti su prescindencia en las elecciones y, por eso, deja hacer a Caserio y a Gill. Del otro lado, el gobernador pretende estirar lo más posible su predominio en el PJ cordobés.

El schiarettismo amenaza con una interna; el albertismo reclama una negociación. Apuesta a que Schiaretti, condicionado, acepte compartir las listas legislativas dentro de dos años y le dé al albertismo la posibilidad de engrosar su tropa propia en el Congreso.

La posible interna está fechada: 26 de abril, menos de un mes después de la elección riocuartense. De un lado y de otro hay protagonistas que son socios de Llamosas. Incluso, hay dirigentes del sur: Adriana Nazario, después de enojarse con el schiarettismo por no nombrarla ministra de Ambiente y de haber amagado con romper con el intendente en la ciudad, terminó del lado del albertismo y su representante, Franco Miranda, ocupó la mesa central en el plenario que Caserio organizó el jueves. 

¿Esas mismas facciones tendrán aquí la paz que no encuentran en la provincia?

El llamosismo espera que sí. Otros sectores relativizan el optimismo: “La verdad es que todo pende de un hilo”, dicen. 

El intendente, mientras tanto, no se sale del libreto. Y se cuida al detalle de no indisponer ni a unos ni a otros. Cuando estuvo con De Pedro, junto a él viajó un representante del gobierno provincial: Fabián López, ministro de Servicios Públicos.

Pero, a pesar de sus resguardos, la interna, sin que implique un factor que vaya a alterar el resultado, puede importunarlo en dos sentidos: enrarecer el clima interno pero, además, si la Nación y la Provincia intentan posicionarse previamente de cara a la posible foto del triunfo, entonces podría desdibujarse en algún sentido su pretensión de municipalización.

De ahí a que exista un riesgo electoral real hay un abismo. Porque Llamosas sigue disponiendo de una serie de activos que suelen ser gravitantes: su imagen personal, la ventaja en el arranque de la campaña, la situación de la oposición.

El frente Juntos por Río Cuarto, que tiene al radicalismo como el socio con más historia y que lleva a Gabriel Abrile como candidato, exteriorizó en las últimas horas que, a pesar de la derrota nacional, continúa abrazado a los criterios de campaña del Pro. La estética, la instrumentación pero, sobre todo, la concepción política siguen siendo dominadas, como cuando era exitoso, por el partido fundado por Mauricio Macri.

Ahora el referente es otro, porque los equipos de marketing que llegaron a la ciudad reportan a Horacio Rodríguez Larreta, pero los cambios se detienen ahí. Con la promesa de la eficiencia electoral y del aporte de fondos, el Pro se apoderó de la candidatura de Abrile. Y no se le ocurrió mejor idea que reeditar en Río Cuarto el escenario de bipolaridad que viene produciéndose en el país desde 2015 y que convirtió a la política en un terreno que trasladó el esquema de dos bandos irreconciliables a casi todos los ámbitos.

Alfredo Cornejo, titular nacional de la UCR, inauguró el discurso que se escuchará de ahora en más: que la elección está hiperpolarizada y que en Río Cuarto vuelven a estar en disputa las fuerzas del kirchnerismo y el antikirchnerismo. La lógica subyacente es: como Llamosas incorporó al albertismo, hay dos modelos que son el día y la noche. La grieta otra vez.

Tal vez hayan entendido que es la única estrategia posible. Pero se enfrenta con dos limitaciones: de posibilidad y de verosimilitud. No es sencillo provocar la polarización -por algo en Río Cuarto se produjo sólo dos veces en 15 años- ni conseguir la instalación de una imagen que fuerza la realidad: ¿por qué mecanismo de la imaginación o del marketing Llamosas dejaría de ser el político que es, ese que en cuatro años no se ha enfrentado con nadie, para convertirse en un fervoroso y fanático kirchnerista, ávido de conflictos y obsesionado con despojar al campo de hasta su última gota de sudor?





Marcos Jure.  Redacción Puntal

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