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Llamosas y su propio ajuste

Por Marcos Jure
Nicolás Dujovne le dio al ajuste que se viene un aura de igualitarismo. “A todos nos va a doler un poco”, dijo el ministro de Hacienda, como si de ahora en más se viniera para cada argentino una dosis equivalente de sufrimiento económico. En esas palabras se encierran dos posibilidades: o el excolumnista televisivo ha vuelto a incurrir en sus constantes errores predictivos o está ocultando soberanamente la verdad.

El ajuste que deberá acomodarse a los cánones del FMI y el incipiente enfriamiento de una economía que venía dando tibios signos de recuperación dispararán consecuencias disímiles. Porque las condiciones relativas de cada argentino o de cada familia son diferentes y el grado de vulnerabilidad se corresponde directamente con esa ubicación. Lo que se viene les dolerá a algunos un poco, o nada, pero a otros, a los que viven de un sueldo u ocupan las franjas desvaforecidas de la sociedad, les generará un daño considerablemente mayor, aunque aún impredecible.

Las consecuencias de los ajustes -el último ocurrió hace menos de dos décadas- suelen caer en cascada. En ese aspecto, la teoría del derrame, que ha demostrado ser errónea para las épocas de crecimiento, es invariablemente certera para los tiempos de crisis. Pero no solamente los ciudadanos más vulnerables reciben lo peor que cae desde arriba sino que hay otros actores que tienen menos herramientas para afrontar las depresiones económicas.

Esa es la situación en la que están los gobiernos: a medida que se desciende en los niveles del Estado, se reduce la capacidad de respuesta. Son los municipios, los gobiernos de pueblos y ciudades los que quedan, por escala pero también porque sus opciones para actuar son considerablemente menos variadas, en una ubicación más desventajosa.

En el manejo de las cuentas, la gestión de Juan Manuel Llamosas había arrancado el año con los números a favor. Consiguió que el déficit primario de 9,6 millones de pesos mensuales se transformara en un superávit de 41 millones, lo que le daba oxígeno para encarar el resto de 2018. Las previsiones eran que iba a salir al mercado a tomar deuda pero destinada casi exclusivamente a solventar los proyectos de obras.

Sin embargo, la crisis nacional, que alteró el panorama de la política, también reacomodó las fichas de la economía. El Municipio de Río Cuarto ya comenzó a recibir algunas señales de alerta: la coparticipación registró una merma importante y es previsible que, a la vez, caiga la recaudación propia. “Lo que primero deja de pagar la gente son los impuestos municipales”, dicen en Economía.

Si ya era improbable que la magnitud del superávit del primer trimestre pudiera sostenerse en los siguientes, ahora es casi una utopía. Como consecuencia, la primera respuesta del gobierno fue recalcular: por estos días, en el gabinete hay reuniones en las que se están redefiniendo las prioridades para avanzar en lo que se considera irrenunciable y dejar para más adelante lo secundario. Existe una revisión del gasto área por área. 

Aun así, el propio secretario de Economía, Pablo Antonetti, ha admitido que la Municipalidad no podrá erradicar las necesidades de financiamiento para el resto del año. Hace una semana, el intendente Juan Manuel Llamosas había adelantado que su gestión seguirá tomando deuda, aunque aclaró que sólo lo hará cuando el vendaval se calme y las tasas abandonen la zona de espanto. Sin embargo, ese cuadro de situación podría tardar en disiparse. Federico Sturzenegger, presidente del Banco Central, adelantó que las tasas en torno al 40 por ciento continuarán como un intento de contener al dólar y la inflación. “Ir hoy al mercado sería irresponsable”, admitió Antonetti.

¿Qué hará entonces el Municipio? Primero, estirará lo más posible los tiempos para la emisión. Y, por si no reaparece la calma, ya está sondeando una segunda posibilidad: el financiamiento del Estado cordobés a través del Bancor. Con un gobierno afín como el de Juan Schiaretti, esa alternativa aparece como la más plausible y racional.

Sin embargo, a la vez dispara un interrogante político: si el gobernador financia las necesidades de caja de Río  Cuarto, inmediatamente se enfrentaría a una andanada de pedidos similares del resto de los intendentes, que tendrán los mismos problemas, o incluso peores.

En la Provincia han sido críticos con la manera en que se condujeron las finanzas en Río Cuarto; esperaban una eliminación menos morosa del déficit operativo. Pero aun con reproches, la asistencia existe y la gobernación ha cofinanciado los proyectos de infraestructura más importantes de la gestión municipal.

Llamosas posee, en ese sentido, una ventaja comparativa indudable con respecto al gobierno de Juan Jure: tiene en la Provincia una puerta a la que recurrir y cuenta además con la certeza de que, salvo casos de fuerza mayor, estará abierta. 

De todos modos, esa asistencia no es infinita ni mucho menos. Río Cuarto, en términos generales, deberá funcionar con sus propios recursos. Hasta ahí, el plano económico-financiero. En el plano político será una oportunidad para conocer la capacidad del intendente y de su gobierno para sortear una situación compleja como la que se avecina.

Hasta ahora, la gestión de Llamosas ha operado con dos condiciones concomitantes: tuvo apoyo financiero de la Provincia para las obras y para los gastos cuando lo necesitó, y pudo recurrir al mercado sin inconvenientes cuando así lo dispuso. Uno de los términos de esa díada ha cambiado.

Llamosas inicia, como el país, un nuevo período de gobierno, en el que deberá administrar sobre todo la escasez. Y allí se podrá observar su capacidad para establecer prioridades, su reacción para dar respuestas y su real dimensión como conductor de un proceso político. Las carencias y las fallas suelen disimularse en condiciones de normalidad pero se vuelven inocultables en las crisis; el margen de error es más acotado.

En ese contexto económico, financiero y gubernamental complejo, además seguirá en desarrollo la política. Llamosas integra un peronismo cordobés que hoy está escindido entre delasotistas y schiarettistas. Sin embargo, en Córdoba aventuran que esa división confluirá, como viene ocurriendo desde hace dos décadas, en una estrategia común, al menos en lo que respecta a la gobernación.

Las crisis a veces generan alivios. El sacudón cambiario, la caída de Mauricio Macri en las encuestas, el descontento popular modificaron el clima hacia adentro del peronismo provincial. Si bien las encuestas dicen que Schiaretti también perdió adhesión por el deterioro de la economía, quienes salen peor parados son el Presidente y sus socios. Por lo tanto, el sentimiento de zozobra que prevalecía en Unión por Córdoba después de las legislativas y ese tufillo a fin de ciclo autoasumido se han atenuado. El poder provincial encara el calendario electoral con menos nerviosismo.

En ese marco, los dos máximos referentes, Schiaretti y José Manuel de la Sota, siguen por ahora caminos distintos. El gobernador oscila entre mostrarle los dientes a Macri y regalarle salvavidas -la división del PJ en el Senado es el último aporte al Presidente-, mientras que su antecesor recorre Buenos Aires, se muestra con curas villeros, dice estar compenetrado con el mensaje del Papa Francisco y se reúne con intendentes kirchneristas, por ejemplo con Verónica Magario, de La Matanza.

“La construcción está en proceso. Hay que ver qué sale”, dicen cerca del exgobernador, que concluyó que ya no necesariamente hay Macri por 8 años sino que los tiempos de su decadencia política se han acelerado.

De la Sota coquetea con una concepción constitutiva del peronismo: apuesta por un armado movimientista, que recolecte adhesiones sin detenerse demasiado en antecedentes o coherencias ideológicas, y que pueda transformarse en un contrapoder. Cree que, en términos de oportunidades, para él es la última.