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Una alianza para otro escenario

Schiaretti inauguró Hacemos por Córdoba, un armado que fue pensado para un Cambiemos unido. Además, apunta a anular una posible campaña sucia protagonizada por Carrió.

Mientras Cambiemos explotaba en la provincia y su onda expansiva llegaba hasta Buenos Aires, el oficialismo cordobés, lejos de atomizarse, se reinventaba, sumaba aliados, se reconstituía. 

Después de 20 años de poder, Juan Schiaretti decidió que el sello Unión por Córdoba, creado por José Manuel de la Sota para “desperonizar” su candidatura en una provincia que por entonces era territorio radical, ya había llegado al fin de su vida útil. Sin demasiada nostalgia, lo despidieron con un “gracias por los servicios prestados”. 

En su lugar apareció Hacemos por Córdoba, un nuevo frente que no sólo implica un cambio de nombre, una lavada de cara, sino una reconfiguración política hacia afuera. Con la incorporación del GEN de Margarita Stolbizer y del Partido Socialista, el oficialismo provincial no soluciona sus déficits de gestión aunque sí atiende sus flancos electorales.

Esa alianza que pergeñó el peronismo, y que contiene un movimiento político cargado de habilidad en contraste con la torpeza y la estrechez de visión de Cambiemos, parece haber sido pensada para otro escenario: al definir esa estrategia, el PJ pareció dar por descontado que, finalmente y pese a los profundos desacuerdos, la oposición iría unida. De ahí que no solamente haya sumado socios sino que esas incorporaciones tengan una cierta carga ideológica. Ahora, el peronismo se dio una pátina de progresismo, que contrasta con el perfil de centroderecha que cultivó siempre Unión por Córdoba, y apostó así a no compartir unívocamente el mismo electorado de Cambiemos porque, según quedó demostrado, en esa contienda el macrismo suele imponerse. 

Ahora, la bifurcación de candidaturas entre Mario Negri y Ramón Mestre simplifica el panorma para Schiaretti.

Pero, además, Hacemos por Córdoba fue planificado para contrarrestar lo que el gobierno provincial da por sentado: que en las oficinas de Marcos Peña se preparó para las elecciones del 12 de mayo una campaña sucia, cargada de denuncias que buscarán socavar la imagen de Schiaretti y su gestión. El brazo ejecutor de esa estrategia sería, según señalan en el Panal, Elisa Carrió, quien ya anunció que se instalará durante un mes para empujar en favor de su amigo Mario Negri.

La presencia del socialismo le otorga al PJ contenido progresista, mientras que la del GEN le aporta al menos la imagen de transparencia. Si hay alguien que en el escenario nacional compite contra Carrió en el desenfreno denunciante es Stolbizer, quien fue acentuando un perfil de faro ético similar al de la líder de la Coalición Cívica aunque exento de sus delirios místico-mesiánicos.

Si Carrió desembarca, como sospecha el oficialismo, con denuncias sobre supuestos hechos de corrupción en la obra pública, la presencia del partido de Stolbizer debería cumplir la función de antídoto, de anticuerpo legitimador. “¿Cómo va a avalar Margarita a un gobierno deshonesto?”, es el mensaje que transmite el acuerdo electoral alumbrado recientemente.

El frente Hacemos por Córdoba ni siquiera implica el riesgo de una interpelación sobre la coherencia del PJ cordobés. El peronismo, movimientista como es y pragmático sobre todo, no se verá forzado a dar ninguna explicación por acordar ahora con el socialismo y el GEN, que hasta no hace mucho eran críticos feroces de las gestiones de Schiaretti y De la Sota.

Si alguien tiene que salir a explicar esa convivencia son los nuevos socios, que hacen de la coherencia una bandera discursiva y que deberán justificar su presencia en un espacio que cuestionaban.

La movida cordobesa podría no agotarse solamente en el territorio provincial. En el schiarettismo fogonean la pretensión de que el acuerdo sea extrapolable, un ensayo de lo que podría ser una alianza nacional para enfrentar las elecciones presidenciales. 

El miércoles, Schiaretti se reunirá con Roberto Lavagna, exministro de Economía, una figura a la que piensa darle el apoyo en el escenario nacional. Cerca del gobernador señalan que el macrismo ya no posee respuestas políticas ni económicas y que sólo le espera un estado de letargo hasta diciembre de este año. Pero insisten en que, para ellos, la opción tampoco es Cristina Fernández.

Los críticos de esa tercera vía sostienen que la postura de Schiaretti y de sus socios de Alternativa Federal lo único que consigue es darle chances de vida al macrismo, que así vería concretado su anhelo de un peronismo fragmentado que mantendría encendida una esperanza de reelección. 

“El presidente va a ser Lavagna, olvídense”, decía un schiarettista cercano al gobernador después de la presentación de Hacemos por Córdoba. La lectura del oficialismo provincial se asienta en las encuestas que señalan que una mayoría cada vez más afianzada pretende votar por alguien que no sea Macri ni Cristina. 

Mientras tanto, el gobierno de Cambiemos sigue embarcado en el desastre. Económico, pero también político. Córdoba es una muestra. Después de ostentar su impotencia para evitar el quiebre de Cambiemos, el Presidente, obviando olímpicamente la estrategia de vaciar a Mestre y de centrar el apoyo en Negri, declaró que en la provincia donde cosechó más del 70% de los votos tiene dos representantes. Así, los pone en pie de igualdad y no se carga la posibilidad de una derrota sino de dos.

Ayer, en el Congreso que se hizo en Córdoba capital, la UCR oficializó la ruptura y proclamó a Ramón  Mestre como candidato a gobernador y a Rodrigo de Loredo, que abría con su indefinición un enorme espacio para la duda, como postulante a la intendencia. 

Mestre y De Loredo serán el radicalismo puro, una apuesta de riesgo si se tiene en cuenta que parece casi desterrada la época en que los partidos tradicionales iban en soledad. Los híbridos ideológicos, políticos, partidarios, como Cambiemos y Hacemos por Córdoba los han reemplazado.

Pero más allá de la suerte que corra cada uno, lo que demuestra el cuadro de situación en Córdoba es un diferencial notorio en un componente esencial de la política: la pretensión de poder.

El peronismo se ha acostumbrado a ejercerlo en los últimos 20 años y se reconvierte cada cierto tiempo con el fin de retenerlo. En la vereda de enfrente, al mismo tiempo, se disgregan. 

En unos, existe vocación de poder. En otros, vocación de ser candidatos.



Marcos Jure.  Redacción Puntal