Marta Sempé: “Mi hijo me enseñó a trabajar por los demás”
El 6 de noviembre de 1991, Adrián Sempé, un joven de 20 años, marcó el comienzo de la historia de la donación de órganos en Río Cuarto. Tras un accidente de tránsito, luchó por su vida en la terapia intensiva de una clínica local. A los tres días, la noticia menos esperada llegó. “¡Yo me quedé fría! -dice Marta-. Lo único que recuerdo es que era un lugar todo cubierto de azulejos blancos, como un laboratorio, y unos quince o veinte médicos dialogaban entre sí”.
“Horas antes -continúa-, el neurólogo me había dicho: ‘Mañana ya lo tenemos a Adrián entre nosotros’. Cuando me dijeron que tenía muerte cerebral, no lo podía entender; se me derrumbó el mundo”. “Recuerdo –dice Marta-, que llamé al doctor Serra, quién era el médico de cabecera de Adrián, y le dije: ‘Puse la vida de mi hijo en tus manos y me fallaste’”.
“¿Cómo pude cometer esa locura? ¿Cómo le pude decir semejante cosa? -se pregunta arrepentida-. Vaya a saber qué se me cruzó por dentro; estamos preparados para perder cualquier ser querido: un padre, una madre, un hermano; pero jamás un hijo”. Cuenta Marta que durante años sintió dolor en el pecho al recordar ese episodio, hasta que hace unos años, en una de las tantas visitas que el doctor hizo a su casa luego de la muerte de Adrián, pudo pedirle perdón.
La voluntad de Adrián
Tal como era la voluntad de Adrián, sus órganos fueron ablacionados. Cuando Marta desanda su relato, revive en palabras cada espacio; mira, señala y pronuncia de modo tal que sitúa al oyente en cada escena.
Vuelve cinco años hacia atrás. “Ahí, era la cocina. Estábamos en frente a esa mesada; él nos miró a los dos y dijo: ‘Si algún día me pasa algo, quiero que donen mis órganos’. Tenía 15 años, quién lo hubiera sabido”, se pregunta Marta. Es que en ese entonces, la donación de órganos era un tema tabú. “¡Salí de acá!, que el día que me vaya, una manija tiene tu nombre”, le dijo su padre. Marta, en cambio, hizo un largo silencio.
Cinco años después, en la sala de los azulejos blancos ya mencionada, los médicos plantearon la cuestión: “¿Su hijo, alguna vez, quizás, le habló de donar sus órganos?”. De inmediato, Marta recordó aquel pedido de Adrián, cuando todo ese dolor era impensado.
“Mi esposo estaba en cama muy enfermo y metía la cabeza debajo las frazadas”, cuenta Marta. “Cuando le consulté a él, me dijo que no. Entonces le dije: ‘Gordito, acordarte lo que Adrián nos pidió’. ‘¿Vos qué pensás?’, me dice. ‘Yo pienso que sí, que tendríamos que cumplir la voluntad de él’. Entonces él comprendió”.
Reinventarse desde el dolor
Así, el corazón de Adrián siguió latiendo pecho adentro de un mendocino, y sus riñones, hígado y córneas siguieron cumpliendo sus respectivas funciones en otros trasplantados de Río Cuarto, General Deheza y Buenos Aires. Entonces, y en el momento más difícil de su vida como madre, Marta decidió reinventarse. Comenzó allí, una lucha incesante por la promoción de la donación de órganos.
“Así empecé a golpear puertas y puertas que no se abrían. No se hablaba del tema, nadie te escuchaba. Empezamos a trabajar con un señor de apellido Bueno, cuya hija necesitaba un trasplante”, detalla. Así, Marta formó el grupo Tomar Conciencia Ya, con la misión de crear conciencia en la sociedad respecto de la temática, a la vez que brindar contención a familiares de donantes.
“Éramos tres al principio. Íbamos a los colegios a dar charlas. La resistencia al tema era muy grande; teníamos que hacer una nota escrita para que los padres acepten que se les hablara del tema a los chicos; muchos padres se oponían”, rememora Marta. Y agrega: “Les decíamos a los chicos: ‘Esto no es para que ustedes tomen una decisión. Esto es para que vayan y lo charlen con sus familias, sus amigos’. Queríamos que se hablara el tema, que ellos les contaran a sus seres queridos: ‘Vos sabés que se habló de tal cosa en la escuela, ¿vos qué pensás?’”.
En el año 2002, luego de un camino con numerosos escollos, siempre agravados por el constante retorno del dolor, “Tomar Conciencia Ya” obtuvo su personaría jurídica. En ese entonces, ya eran unos cuantos los familiares de donantes que se habían acercado al grupo.
“El foco siempre estuvo puesto en concientizar a las personas, contarles lo que nosotros pasamos y que nos sentimos bien de haber tomado esa decisión”, explica Marta, y continúa: “Damos charlas, organizamos jornadas para informar sobre el tema. Muchas veces, la gente tiene miedo de donar porque desconoce. La gente tiene que despejarse todas las dudas. Y sobre todo, hablarlo en la casa. Siempre recuerdo las palabras que un médico dijo en un congreso al que asistimos: ‘La donación de órganos es como una comida, hay que masticarla mucho para digerirla’. Se trata de eso, de hablarlo”.
- ¿Hemos avanzado al respecto en la actualidad? ¿Existe mayor conciencia social sobre la donación de órganos?
- Mirá, no podemos negar que hemos avanzado. Antes, como te conté, no se podía hablar del tema. Nosotros, los familiares de los donantes, no podíamos hablar porque éramos “anónimos”; se nos estaba prohibido. Ahora, se dan estos espacios por ejemplo. Ahora bien, lo cierto, es que falta muchísimo todavía. Las personas en las listas de espera son cada vez más. Asimismo, existe la necesidad de una mayor contención a los familiares de los donantes. Hay que pensar, que detrás de la donación de órganos, hay una familia que queda destruida por la pérdida de un ser querido.
Entre dolores y esperanzas
El próximo 6 de noviembre, se cumplirán 27 años del fallecimiento de Adrián Sempé. Dicho día, en medio de tanto dolor, habrá un motivo de esperanza. Se cumplirá en la ciudad el 27° aniversario de la primera ablación de órganos a un donante cadavérico. Quizá sea esa mezcla, de dolor y de esperanza, la que la empuja a Marta, con sus 76 años de vida, a seguir luchando por más.
Data en el alma de Marta, haber hecho honor al camino que le marcara, con tan solo 20 años, su hijo Adrián. Data a su vez, haberse sobrepuesto al dolor que implicó, años después, la pérdida de su esposo. Data también, haberle ganado una batalla al cáncer. “¿Cómo voy a abandonar ahora? ¿Cómo no voy a seguir construyendo? Adrián puso una semilla que voy a seguir regando hasta el último día”, enfatiza convencida.
“Hace un tiempo logramos hacer realidad un sueño que tenía: la Plazoleta del Donante. Ahí, hay un placario en donde están los nombres de nueve donantes de la ciudad. Mi sueño sería que estén los nombres de todos los donantes de Río Cuarto. Además, en Gigena, logramos que pongan una placa del único donante que hubo allí. ¡Qué lindo sería que en una plaza de cada pueblo exista un espacio en donde estén los nombres de todos los donantes!”, sueña Marta.
“Me gustaría que la institución siga creciendo, que se sume más gente, que emprendamos nuevos proyectos. Por ejemplo, quiero ir a presentar el trabajo de Tomar Conciencia Ya al Garrahan y al Hospital Italiano”, proyecta.
El corazón de mi hijo
Sobre el final de la charla, Marta asegura que a pesar de tanto dolor ha sido feliz. “Quizás –dice-, ejemplifique tal felicidad lo que te voy a contar: Hace algunos años, me enteré de que un señor de Mendoza, quien recibió el corazón de Adrián, había venido a Río Cuarto y no pudo encontrarme. Da la casualidad, que mi hija se encuentra con una mujer que le dice que dicho señor, de apellido García, vivía en Rivadavia, a una cuadra de su hermana; que le escribiéramos una carta que ella se la alcanzaría cuando fuera a Mendoza”. Cuenta Marta, que con la carta le enviaron una foto de Adrián a la vez que le pidieron que, si él deseaba, le ofreciera una misa en su nombre.
Al tiempo, en casa de los Sempé, sonó el teléfono. “Buenas noches, habla Juan “Chiquilín” García, de Rivadavia, Mendoza”, dijo el interlocutor. “Cuando oí Rivadavia, Mendoza, no lo podía creer. Lloraban allá, llorábamos acá”, rememora.
A esta altura, la voz de Marta es un hilito frágil que amaga con cortarse: “Después de varios contactos, un día Juan vino a casa. Yo le había pedido a Dios poder poner mi mano en el corazón de mi hijo... Lo pude hacer… se me hace un nudo en la garganta”.
En ese instante, dos pesados lagrimones ruedan por las mejillas de Marta.
Amir Coleff
La Plazoleta del Donante
Uno de los sueños cumplidos de Marta Sempé, fue la creación de la Plazoleta del Donante. Allí, en la intersección de 9 de Julio y Avenida Mugnaini, un placario exhibe el nombre de nueve donantes de órganos de la ciudad.
“Es el único lugar en el país que hay una plazoleta del donante. Es un espacio muy significativo, donde uno puede ir un domingo cualquiera a llevar una flor”, comenta Marta, quien sueña con que en la misma se agreguen los nombres de todos los donantes de órganos de la ciudad.
En la parte superior del placario, un logo refleja el espíritu de la obra: Una vela en el horizonte, en el cual se dibuja un arco iris de colores. Una frase completa el mensaje: “Una luz de esperanza; niños, jóvenes y adultos esperan que nunca se apague”.