“Al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver”
El comentario de la nueva película de Mary Poppins.
Permítaseme aquí la desaconsejada primera persona. Y también la sugerencia de que se relativice especialmente el contenido de esta crítica puesto que, más de lo que es habitual, y lógico, se desarrolla a partir de una subjetividad pero ahora desde todo punto de vista desbordada.
Ocurre que tenía 11 años cuando vi ”Mary Poppins”, el original, y el encuentro con este regreso tan vastamente anunciado, ha sido algo así como un mazazo en la nuca al recuerdo de aquella caricia edulcorada pero, para aquel niño, para nada empalagosa.
Ocurre que el abismo de tiempo entre ambas películas y también, acaso más profundo, entre aquel niño y este sexagenario que ahora mira y escribe, es mucho menos profundo que el que existe en materia de talento entre el original y esta fantochada.
Aquí, el delicado recurso utilizado entonces para hacer volar a la niñera, se transforma, 55 años después, en un desborde de efectos nimbados por una tesitura visual que parece sacada de uno de los repetidos, y famosos, cuadros de Milo Lockett. Y todo por el estilo.
Ni la prodigiosa Emily Blunt, con su vis tan sutilmente elaborada para asumir el papel que bordó Julie Andrews, puede evitar la puerilización que ejecuta este film de Rob Marshall, rebajando a fuerza de efectos, aquel birlibirloque mágico que transformaba en una caricia la sobredosis emocional.
Acaso la culpa haya sido mía por no hacer caso de la recomendación de Sabina, aquello de que “al lugar donde has sido felíz no debieras trata de volver”, tal vez. Pero no voy a cargar con toda la culpa: a los asesinos del recuerdo de “Mary Poppins”, no se los puedo perdonar.
Ricardo Sánchez
Ocurre que tenía 11 años cuando vi ”Mary Poppins”, el original, y el encuentro con este regreso tan vastamente anunciado, ha sido algo así como un mazazo en la nuca al recuerdo de aquella caricia edulcorada pero, para aquel niño, para nada empalagosa.
Ocurre que el abismo de tiempo entre ambas películas y también, acaso más profundo, entre aquel niño y este sexagenario que ahora mira y escribe, es mucho menos profundo que el que existe en materia de talento entre el original y esta fantochada.
Aquí, el delicado recurso utilizado entonces para hacer volar a la niñera, se transforma, 55 años después, en un desborde de efectos nimbados por una tesitura visual que parece sacada de uno de los repetidos, y famosos, cuadros de Milo Lockett. Y todo por el estilo.
Ni la prodigiosa Emily Blunt, con su vis tan sutilmente elaborada para asumir el papel que bordó Julie Andrews, puede evitar la puerilización que ejecuta este film de Rob Marshall, rebajando a fuerza de efectos, aquel birlibirloque mágico que transformaba en una caricia la sobredosis emocional.
Acaso la culpa haya sido mía por no hacer caso de la recomendación de Sabina, aquello de que “al lugar donde has sido felíz no debieras trata de volver”, tal vez. Pero no voy a cargar con toda la culpa: a los asesinos del recuerdo de “Mary Poppins”, no se los puedo perdonar.
Ricardo Sánchez