Pocos días antes, el presidente de la Nación, Agustín Justo, había expresado su deseo a las fuerzas armadas de que se mantuvieran al margen de los problemas políticos.
1936. Tiempo de transformaciones en la República. Sueños varios. De Alfredo Palacios, Lisandro De la Torre, Nicolás Repetto; de una izquierda nacional que jamás concretaría los anhelos de sus mentores primarios.
Para el 10 de junio de 1936, la Copa de Honor del fútbol argentino llevaba diez fechas. Fue un año de dos campeonatos. San Lorenzo, que le había ganado el día siete a Gimnasia 3 a 1, quedaba como único líder, un punto por encima de Boca, River y Huracán. El 10 de junio de 1936 nacía en Buenos Aires Juan Carlos Lectoure.
Tito, en tiempos de cumpleaños. En algún rincón de la vida celestial, en donde se monten espectáculos, estará él. Ya tendrá un Luna Park, sus noches estelares y su organización sin par. Por estos días serían sus 83 años. Murió en el 2002.
Estará por siempre en el rincón de los campeones que supo cobijar, de los miles de muchachos que llegaron a Corrientes y Bouchard con las ilusiones a cuestas y de las figuras que pasaron por el Luna. Mirará de costado; recitales, obras de teatro, circos, musicales y hasta casamientos de famosos.
Tito Lectoure, de él se trata este escrito. Manejando durante años, como un titiritero, los destinos del boxeo nacional. Criticado, no sin razón, a veces, respecto a un monopolio absoluto en el deporte de los puños; llegando a prohibir la entrada al Luna a periodistas que con un micrófono o una pluma lo enfrentaron públicamente. Algo no denunciado por los demás, de puro pusilánimes, como ocurre casi siempre en la vida.
En su oficina del Luna Park, Lectoure distribuyó durante décadas la agenda semanal del boxeo del país. Con viernes que rebalsaban gimnasios o galpones de los clubes en cada rincón de la Argentina. Con el Luna Park de espaldarazo para los más nuevos, los miércoles, y de estelar velada los sábados. Treinta y un años duró su ciclo de boxeo en el Luna Park. Se realizaron en ese período 2.976 reuniones (miércoles y sábados) y participaron 23.800 pugilistas. Se disputaron 18 títulos sudamericanos y 87 argentinos. El Luna Park albergó 25 combates por títulos del mundo.
Cuando en su casa de Balvanera, Tito daba sus primeros movimientos de vida, el General Franco se sublevaba contra la República española. Comenzaba la terrible guerra civil en aquel país. Federico García Lorca era fusilado por los franquistas. Corría 1936, y Tito Lectoure compartía con cuatro hermanos y sus padres una vida que no sería, en definitiva, la de un argentino común. Su papá trabajaba como distribuidor de granos y era un hombre de clase media. El tío de Tito, Pepe Lectoure, frecuentaba el ambiente del boxeo. Era socio de Ismael Pace en el Luna Park.
A los 14 años, Tito era socio de Gimnasia y Esgrima y se entrenaba con Jorge Azar, hermano de Amado, medallista olímpico.
Cuando llegó a Buenos Aires Archie Moore fue a practicar a Gimnasia. Al faltar un sparring, Bruno Alcalá invitó al juvenil Lectoure a hacer guantes con el campeón. Tenía 17 años y esa experiencia lo marcó por siempre.
El 14 de septiembre de 1956 se presentó en el Luna para trabajar como ayudante de Juan Manuel Morales, promotor de la empresa.
Cuando Morales enfermó, su tía Ernestina de Lectoure lo animó a continuar al frente de las promociones.
Una de las primeras peleas que organizó fue Eduardo Lausse-Víctor Zalazar en 1959. A partir de allí, esa imagen de imprescindible en los rincones argentinos por el mundo se fue sucediendo: Accavallo, Locche, Monzón, Bonavena, Galíndez, por citar a algunos de los más encumbrados.
Su pelea previa a los combates era distinta pero tan titánica como la que llevarían a cabo los púgiles en el cuadrilátero. Jurados, bolsas, fechas, pesajes, condiciones, referís. Todo estaba en la mente de Tito antes de una lucha argentina por el mundo o en su casa, en el Luna Park.
Él participó personalmente en 105 peleas mundialistas en 17 países. Como para gozar del respeto de un ambiente no muy fácil. En su momento, cuando cumplió 31 años como promotor, Tito Lectoure fue incluido en el Salón de la Fama del boxeo de todos los tiempos en Canastota, Nueva York.
Cuando usted pase por la esquina del Luna Park puede cerrar los ojos, incentivando la imaginación. Le llegará la ovación para Nicolino, la “marcha de San Lorenzo” que le cantaba la popular a Accavallo, el “ughhhh” de los rivales de Monzón, la mirada felina de Galíndez, el “Pío Pío” de Ringo Bonavena, la música y el esplendor de las noches del Circo de Moscú, de Drácula, de los pasos de Julio Bocca, la voz de Serrat y la Negra Sosa y hasta el poncho de Soledad y el cuarteto de Rodrigo.
Pero en un rincón, monitoreando, controlando, disfrutando a veces, sufriendo otras, estará Tito Lectoure. Ese tutor del Luna Park, ese celador invisible hecho carne y hueso por los medios, que a veces lo acosaban. Ese hombre que generó campeones durante mucho tiempo y espectáculo siempre.
Tito fue ring side y popular, fue alfombra y gallinero.
Don Juan Carlos Lectoure marcó una época irrepetible.
La que hizo del Luna Park y del boxeo argentino un clásico difícil de empardar.
Anda en tiempos de cumpleaños uno que hizo realidad las fantasías.
Para el 10 de junio de 1936, la Copa de Honor del fútbol argentino llevaba diez fechas. Fue un año de dos campeonatos. San Lorenzo, que le había ganado el día siete a Gimnasia 3 a 1, quedaba como único líder, un punto por encima de Boca, River y Huracán. El 10 de junio de 1936 nacía en Buenos Aires Juan Carlos Lectoure.
Tito, en tiempos de cumpleaños. En algún rincón de la vida celestial, en donde se monten espectáculos, estará él. Ya tendrá un Luna Park, sus noches estelares y su organización sin par. Por estos días serían sus 83 años. Murió en el 2002.
Estará por siempre en el rincón de los campeones que supo cobijar, de los miles de muchachos que llegaron a Corrientes y Bouchard con las ilusiones a cuestas y de las figuras que pasaron por el Luna. Mirará de costado; recitales, obras de teatro, circos, musicales y hasta casamientos de famosos.
Tito Lectoure, de él se trata este escrito. Manejando durante años, como un titiritero, los destinos del boxeo nacional. Criticado, no sin razón, a veces, respecto a un monopolio absoluto en el deporte de los puños; llegando a prohibir la entrada al Luna a periodistas que con un micrófono o una pluma lo enfrentaron públicamente. Algo no denunciado por los demás, de puro pusilánimes, como ocurre casi siempre en la vida.
En su oficina del Luna Park, Lectoure distribuyó durante décadas la agenda semanal del boxeo del país. Con viernes que rebalsaban gimnasios o galpones de los clubes en cada rincón de la Argentina. Con el Luna Park de espaldarazo para los más nuevos, los miércoles, y de estelar velada los sábados. Treinta y un años duró su ciclo de boxeo en el Luna Park. Se realizaron en ese período 2.976 reuniones (miércoles y sábados) y participaron 23.800 pugilistas. Se disputaron 18 títulos sudamericanos y 87 argentinos. El Luna Park albergó 25 combates por títulos del mundo.
Cuando en su casa de Balvanera, Tito daba sus primeros movimientos de vida, el General Franco se sublevaba contra la República española. Comenzaba la terrible guerra civil en aquel país. Federico García Lorca era fusilado por los franquistas. Corría 1936, y Tito Lectoure compartía con cuatro hermanos y sus padres una vida que no sería, en definitiva, la de un argentino común. Su papá trabajaba como distribuidor de granos y era un hombre de clase media. El tío de Tito, Pepe Lectoure, frecuentaba el ambiente del boxeo. Era socio de Ismael Pace en el Luna Park.
A los 14 años, Tito era socio de Gimnasia y Esgrima y se entrenaba con Jorge Azar, hermano de Amado, medallista olímpico.
Cuando llegó a Buenos Aires Archie Moore fue a practicar a Gimnasia. Al faltar un sparring, Bruno Alcalá invitó al juvenil Lectoure a hacer guantes con el campeón. Tenía 17 años y esa experiencia lo marcó por siempre.
El 14 de septiembre de 1956 se presentó en el Luna para trabajar como ayudante de Juan Manuel Morales, promotor de la empresa.
Cuando Morales enfermó, su tía Ernestina de Lectoure lo animó a continuar al frente de las promociones.
Una de las primeras peleas que organizó fue Eduardo Lausse-Víctor Zalazar en 1959. A partir de allí, esa imagen de imprescindible en los rincones argentinos por el mundo se fue sucediendo: Accavallo, Locche, Monzón, Bonavena, Galíndez, por citar a algunos de los más encumbrados.
Su pelea previa a los combates era distinta pero tan titánica como la que llevarían a cabo los púgiles en el cuadrilátero. Jurados, bolsas, fechas, pesajes, condiciones, referís. Todo estaba en la mente de Tito antes de una lucha argentina por el mundo o en su casa, en el Luna Park.
Él participó personalmente en 105 peleas mundialistas en 17 países. Como para gozar del respeto de un ambiente no muy fácil. En su momento, cuando cumplió 31 años como promotor, Tito Lectoure fue incluido en el Salón de la Fama del boxeo de todos los tiempos en Canastota, Nueva York.
Cuando usted pase por la esquina del Luna Park puede cerrar los ojos, incentivando la imaginación. Le llegará la ovación para Nicolino, la “marcha de San Lorenzo” que le cantaba la popular a Accavallo, el “ughhhh” de los rivales de Monzón, la mirada felina de Galíndez, el “Pío Pío” de Ringo Bonavena, la música y el esplendor de las noches del Circo de Moscú, de Drácula, de los pasos de Julio Bocca, la voz de Serrat y la Negra Sosa y hasta el poncho de Soledad y el cuarteto de Rodrigo.
Pero en un rincón, monitoreando, controlando, disfrutando a veces, sufriendo otras, estará Tito Lectoure. Ese tutor del Luna Park, ese celador invisible hecho carne y hueso por los medios, que a veces lo acosaban. Ese hombre que generó campeones durante mucho tiempo y espectáculo siempre.
Tito fue ring side y popular, fue alfombra y gallinero.
Don Juan Carlos Lectoure marcó una época irrepetible.
La que hizo del Luna Park y del boxeo argentino un clásico difícil de empardar.
Anda en tiempos de cumpleaños uno que hizo realidad las fantasías.

