Una marcada toma de distancia respecto del Mercosur
La decisión de la Argentina de dejar de participar en las negociaciones llevadas adelante por el Mercosur con vistas a la firma de acuerdos comerciales con otros bloques o países constituye un duro golpe contra el proceso de integración regional, que en rigor aparece como empantanado desde hace varios años. Las explícitas diferencias entre la administración de Alberto Fernández y las de los demás integrantes del bloque en torno de la mejor manera de llevar adelante las relaciones con el resto del mundo, exacerbadas por el contexto de crisis sanitaria global y las medidas adoptadas para contenerla, parecen haber terminado de transformar el estado de fricción constante en un conflicto abierto, que ninguna declaración de buenas intenciones es capaz de disimular.
Básicamente, el Gobierno sostiene que en un momento como el actual, de plena retracción de la economía planetaria, la prioridad debe ser cerrarse para defender la producción y el empleo locales, y cree que ambos se verían perjudicados si se avanza en acuerdos de libre comercio que exigirían una mayor apertura de la economía. En cambio, los demás gobiernos de la región, luego del “giro a la derecha” que se verificó en todos ellos y dentro de lo cual la Argentina fue la excepción, ven con buenos ojos la liberalización y las desregulaciones, y lejos de considerar las crisis un motivo para retrasarlas, las ven como un estímulo para impulsarlas todavía con más fuerza.
Desde luego, estas visiones opuestas han coexistido en el Mercosur desde sus inicios, aun cuando puedan haber cambiado los protagonistas que representaban cada una de ellas, y jugaron un papel, por ejemplo, en las recientes negociaciones para un acuerdo con la Unión Europea. Pero los gobiernos más reacios a la creación de un instrumento semejante nunca se retiraron del diálogo, en todo caso intentaron orientarlo de modo que el eventual acuerdo se ajustara lo más posible a su perspectiva. El gobierno argentino adopta un criterio mucho más radical, que cabe preguntarse si debe definirse como un mero distanciamiento o directamente una ruptura.
En ese sentido, en los fundamentos de la decisión, severamente cuestionada desde la dirigencia opositora, está la intención de reafirmar, en lo retórico, la vocación regionalista, con afirmaciones como "la integración no es sólo un mandato de la geografía y de la historia sino parte de nuestro presente y de nuestro futuro" y "la hermandad no sólo es noble sino potente, y se funda en la reconstrucción del tejido social y productivo de nuestros países". Pero en la práctica, la renuncia a participar de acuerdos comerciales implica un debilitamiento del bloque en una de las funciones clave que le dan sentido. Se entiende que la promesa de no ser un “obstáculo para que los demás Estados parte prosigan con los diversos procesos negociadores” no basta para dejar conformes a socios que incluso ya han sugerido que podrían aplicar sanciones.
Si la firma del acuerdo de la Unión Europea -aun no vigente, y que la Argentina ha exceptuado del “abandono” actual- apareció como una señal de vitalidad después de varios años en que los logros del Mercosur resultaran casi imperceptibles, está claro que este es un retroceso de magnitud por lo menos equivalente. Entre otras cosas, se asiste a la confirmación de la incapacidad de generar políticas de Estado que trasciendan los cambios de gobierno, incluso en un proceso que en teoría goza de una aprobación casi unánime entre la dirigencia política como la integración con los demás países del cono sur.