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Alertan sobre el impacto ambiental que generan las devociones populares

El exsacerdote Adrián Vitali abre el debate sobre el accionar de miles de devotos que dejan residuos en grutas como las de la Difunta Correa, que no tienen intervención alguna

La devoción que generan la Difunta Correa y el Gauchito Gil en todo el país es notable. Miles de fieles dejan su marca al pasar por alguna de sus grutas, que se ven por todos lados al lado de la ruta. El impacto de esas ofrendas genera alerta sobre lo que puede afectar al medio ambiente, y por la falta de intervención de organismos estatales.

Este es el debate al que llama el exsacerdote Adrián Vitali, autor de libros como “Cinco Curas”y “El Secreto Pontificio”, a partir del análisis detallado de creencias y costumbres religiosas en Argentina. En diálogo con Puntal, Vitali se refirió a este fenómeno y llamó a pensar sobre lo que puede generar en otros el desarrollo de una creencia propia.

“Las devociones populares no son presididas por un sacerdote. No hay jerarquías que obedecer ni cánones dogmáticos que observar. Toda persona necesitada de un milagro tiene la horizontalidad del mismo rango para pedir. No hay mandamientos que cumplir, ni liturgias que celebrar los domingos ni fiestas de guardar. No tienen templos ni basílicas en las grandes ciudades”, sostiene Vitali, que agrega que sus lugares de culto “son hermitas construidas por devotos anónimos a orilla de los caminos, debajo de los árboles, como memorial de los milagros”.

“La degradación de las botellas de plástico como promesa cumplida duran 1.000 años para dejar de contaminar”, sostiene Vitali.

Destaca que en estas grutas se levanta “la imagen del santo pagano canonizado por el pueblo simple y necesitado de milagros, sin protocolos ni liturgias incomprensibles”, indica y agrega:“Siempre están ahí, en el camino y en la intemperie, no son como los templos que tienen horarios para abrir sus puertas y permitirles a los creyentes pedirle al Dios de los horarios algún milagro antes que cierren las puertas”.

Destaca que para cumplir con su promesa, cada devoto levanta allí su altar, como si fuera un sacerdote, en agradecimiento por el milagro concedido. “El ritual es una construcción de las tradiciones orales, que se van transfiriendo por la eficiencia de los milagros cumplidos como un relato de salvación bíblica”, reflexiona el escritor.

En este sentido, da cuenta de que la mayor cantidad de ofrendas de acción de gracias son botellas plásticas o de vidrio llenas de agua “para la Difunta Correa, que murió de sed amamantando a su hijo recién nacido”, explica, y otras ofrendas son banderas de tela roja que representan el martirio del Gauchito Gil, “asesinado por robarles a los ricos para repartir la comida entre los pobres”, indica. En tanto, agrega que también hay “velas de todos los colores que se van consumiendo con la fe de los devotos”.

Pero lo que alerta a Vitali es que alrededor de los santuarios se van formando basurales a cielo abierto “con los desechos de la fe de los creyentes”, indica y da cuenta de que “la degradación de las botellas de plástico como promesa cumplida duran 1.000 años para dejar de contaminar. El impacto ambiental de la fe contamina sin que nadie sea responsable. Ni el devoto, ni el santo pagano, ni el Estado”.

Finalmente, Vitali destaca que “las devociones populares no exigen un comportamiento moral para ser celebradas, sólo basta la necesidad de un milagro que pide el creyente con la fe de los necesitados y que luego tendrá la obligación de cumplir si fue beneficiado, para no ser víctima de la venganza de las devociones paganas”, dice.

Intervenciones

“En situaciones de otoño o invierno, cuando la zona está seca, los devotos prenden velas en los altares y esto puede producir incendios, pero nadie se plantea esto”, sostiene Adrián Vitali, que agrega:“Es una realidad objetiva que tenemos dentro de las devociones populares de pueblos creyentes, de santos católicos y de este sincretismo religioso que creen en devociones populares que son orales, encuentran respuestas más eficientes para el pedido, eso sí, hay que cumplir porque si no te castiga, es un santo vengativo”.

En esta línea, explica que son altares que no son intervenidos, ni por el Estado ni por las empresas que se encargan del cuidado de las rutas y banquinas. Sostiene que esto se debe, por un lado, al temor a una sanción divina por parte de los mismos santos, algo que ha penetrado notablemente en la cultura desde lo religioso.

Por otro lado, puede deberse al temor del costo político que implicaría a cualquier organismo estatal retirar las ofrendas de los fieles que contaminan los terrenos.

Mientras tanto, cada altar se llena de botellas de todos los tamaños, con un límite muy fino entre lo que es la creencia y el cuidado de espacios comunes a toda la sociedad. Un disparador para un nuevo debate del espacio público.