“El misterio más grande de mi vida es saber por qué soy luthier”, dice Félix Moyano, un hombre de 84 años que pasó toda su vida con el oído abierto y dispuesto a captar el sonido de los instrumentos.
Maestro de luthiers de la ciudad y alrededores, durante su carrera ha perfeccionado un centenar de instrumentos y compartió sus conocimientos con otros músicos interesados en este arte.
Sobre la mesa del comedor, descansan maderas y moldes de una guitarra. Exhibidos sobre un aparador, dos violines en sus cajas semiabiertas, pero tan luminosos que acaparan la atención de los presentes. En el fondo de la casa está el taller, pero “hace 15 años que ya no piso”, cuenta Moyano.
Soltero, sin hijos, dedicó su vida a buscar la perfección del sonido.
“El luthier es un romántico enfermizo... yo me considero un enamorado del sonido, del instrumento”, asume.
“En una nota que me hicieron en Córdoba, me decían ‘usted es un buscador de sonido insuperable’… y ahí está, porque cómo no me voy a inspirar si para tocar en un concierto, un músico no puede hacerlo si no tiene un buen instrumento”, se justifica.
Desde la cuna
“Empecé desde la cuna. Mi papá tocaba acordéon a piano y su hermano era guitarrista. Mi madre no hacía música pero sabía decir: ‘este chico es raro’”, recuerda.
“Yo era chiquito y estaba siempre metido con los instrumentos. En esa época no había orquesta y mi padre que tocaba el acordeón y el hermano la guitarra andaban por los casamientos. Y cuando se ponían a estudiar yo estaba con ellos”, asegura Félix.
Con apenas 12 años abandonó la escuela y su ciudad natal y partió a Buenos Aires, a vivir con una hermana más grande con la posibilidad de acceder a un conservatorio para encarrilar su interés musical. “Era un chico loco por la música”, dice.
-¿Por qué cree que aún hoy conserva esta pasión? ¿Qué lo motiva?
-Es algo que nunca he podido resolver por qué razón soy luthier. Yo he estudiado mucho lo que es la antropología del violín, y es el único instrumento creado en la historia por orden divina. Ahí empiezan los grandes misterios del violín ¿Cómo, quién, por qué, para quién? Yo creo que ser luthier es mi función en la vida.
-¿Es difícil tocar el violín?
-Yo le digo a la gente que el chico que va a estudiar violín tiene que tener conducta porque es un instrumento muy complicado: por empezar tiene que tener talento, capacidad intelectual, un buen violín, un buen maestro y buenas relaciones públicas, porque si no, no puede aprender el violín, porque tiene muchas facetas y hay que tener cualidades.
-¿A qué se refiere con las buenas relaciones públicas?
-Me refiero a relaciones públicas musicales, que si está estudiando violín tiene que escuchar obras de violín, no puede ir a un cuartetazo.
-¿Cuál es el aporte que puede realizar un luthier?
-A la persona que fabrica violines no se le puede llamar luthier científico porque no aplica la parte científica para lograr este sonido. En ningún comercio va a encontrar un violín de estos que hice yo.
Si uno va a una casa de música, va a encontrar un violín común. Pero si va a buscar una obra de arte, lo que tiene que hacer es ir a un luthier reconocido.
“Este violín (toma uno de sus ejemplares) está hecho con la misma madera que un Stradivarius, pero uno auténtico cuesta 5 o 6 millones de dólares y acá este instrumento lo máximo que podría cotizar es 25.000 dólares”, explica. “Pero ahí están los grandes misterios de la cultura del violín, que muchos no saben. Los 300 años de tocado marcan la diferencia: al ser tocado, las vibraciones del instrumento van enriqueciendo el sistema acústico”.
-O sea que mientras más se toca, mejor suena...
-Claro, la madera está compuesta de protones, neutrones, electrones, un montón de materia científica, cuando esos elementos atómicos se van atomizando, se va formando el enriquecimiento acústico por medio de las vibraciones que suenan.
Esto quiere decir que un violín que está puesto en la pared de adorno sale más barato, que aquél que ha sido tocado alguna vez, porque se ha enriquecido.
-¿Cuándo fue la última vez que hizo un violín?
-Y estos dos (los que exhibe en el comedor de su vivienda) tienen más de 12 años. Y en total, violines de menor calidad habré hecho alrededor de 60 o 70. En una época eran parte del comercio, pero estos no pueden llamarse comerciales porque son una obra de arte que lleva más de 2 años, el otro lleva dos meses.
-¿En Río Cuarto hay público dispuesto a comprar esto?
-¡No va a querer creer! He vendido dos violines.
“Escuche el concierto de re mayor de Tchaikovsky”, sugiere al despedirse, parado bajo el umbral de la puerta de chapa, al límite entre su mundo artístico y el real.
Sobre la mesa del comedor, descansan maderas y moldes de una guitarra. Exhibidos sobre un aparador, dos violines en sus cajas semiabiertas, pero tan luminosos que acaparan la atención de los presentes. En el fondo de la casa está el taller, pero “hace 15 años que ya no piso”, cuenta Moyano.
Soltero, sin hijos, dedicó su vida a buscar la perfección del sonido.
“El luthier es un romántico enfermizo... yo me considero un enamorado del sonido, del instrumento”, asume.
“En una nota que me hicieron en Córdoba, me decían ‘usted es un buscador de sonido insuperable’… y ahí está, porque cómo no me voy a inspirar si para tocar en un concierto, un músico no puede hacerlo si no tiene un buen instrumento”, se justifica.
Desde la cuna
“Empecé desde la cuna. Mi papá tocaba acordéon a piano y su hermano era guitarrista. Mi madre no hacía música pero sabía decir: ‘este chico es raro’”, recuerda.
“Yo era chiquito y estaba siempre metido con los instrumentos. En esa época no había orquesta y mi padre que tocaba el acordeón y el hermano la guitarra andaban por los casamientos. Y cuando se ponían a estudiar yo estaba con ellos”, asegura Félix.
Con apenas 12 años abandonó la escuela y su ciudad natal y partió a Buenos Aires, a vivir con una hermana más grande con la posibilidad de acceder a un conservatorio para encarrilar su interés musical. “Era un chico loco por la música”, dice.
-¿Por qué cree que aún hoy conserva esta pasión? ¿Qué lo motiva?
-Es algo que nunca he podido resolver por qué razón soy luthier. Yo he estudiado mucho lo que es la antropología del violín, y es el único instrumento creado en la historia por orden divina. Ahí empiezan los grandes misterios del violín ¿Cómo, quién, por qué, para quién? Yo creo que ser luthier es mi función en la vida.
-¿Es difícil tocar el violín?
-Yo le digo a la gente que el chico que va a estudiar violín tiene que tener conducta porque es un instrumento muy complicado: por empezar tiene que tener talento, capacidad intelectual, un buen violín, un buen maestro y buenas relaciones públicas, porque si no, no puede aprender el violín, porque tiene muchas facetas y hay que tener cualidades.
-¿A qué se refiere con las buenas relaciones públicas?
-Me refiero a relaciones públicas musicales, que si está estudiando violín tiene que escuchar obras de violín, no puede ir a un cuartetazo.
-¿Cuál es el aporte que puede realizar un luthier?
-A la persona que fabrica violines no se le puede llamar luthier científico porque no aplica la parte científica para lograr este sonido. En ningún comercio va a encontrar un violín de estos que hice yo.
Si uno va a una casa de música, va a encontrar un violín común. Pero si va a buscar una obra de arte, lo que tiene que hacer es ir a un luthier reconocido.
“Este violín (toma uno de sus ejemplares) está hecho con la misma madera que un Stradivarius, pero uno auténtico cuesta 5 o 6 millones de dólares y acá este instrumento lo máximo que podría cotizar es 25.000 dólares”, explica. “Pero ahí están los grandes misterios de la cultura del violín, que muchos no saben. Los 300 años de tocado marcan la diferencia: al ser tocado, las vibraciones del instrumento van enriqueciendo el sistema acústico”.
-O sea que mientras más se toca, mejor suena...
-Claro, la madera está compuesta de protones, neutrones, electrones, un montón de materia científica, cuando esos elementos atómicos se van atomizando, se va formando el enriquecimiento acústico por medio de las vibraciones que suenan.
Esto quiere decir que un violín que está puesto en la pared de adorno sale más barato, que aquél que ha sido tocado alguna vez, porque se ha enriquecido.
-¿Cuándo fue la última vez que hizo un violín?
-Y estos dos (los que exhibe en el comedor de su vivienda) tienen más de 12 años. Y en total, violines de menor calidad habré hecho alrededor de 60 o 70. En una época eran parte del comercio, pero estos no pueden llamarse comerciales porque son una obra de arte que lleva más de 2 años, el otro lleva dos meses.
-¿En Río Cuarto hay público dispuesto a comprar esto?
-¡No va a querer creer! He vendido dos violines.
“Escuche el concierto de re mayor de Tchaikovsky”, sugiere al despedirse, parado bajo el umbral de la puerta de chapa, al límite entre su mundo artístico y el real.

