“La muerte súbita ocurre dentro de la primera hora de iniciados los síntomas. También la definimos cuando alguien, en las últimas 24 horas, estaba en buen estado de salud y repentinamente manifiesta su deceso. Eso también se define como muerte súbita”, explica a Salud & Ciencia el doctor Julián Olmedo, cardiólogo y electrofisiólogo (MP: 30517 ME: 16874), jefe de la Unidad de Arritmias del Instituto Médico Río Cuarto.
En Argentina, este cuadro tiene una magnitud alarmante: provoca alrededor de 40.000 muertes por año, lo que equivale a un fallecimiento cada 15 minutos. El problema mayor es que se trata de un enemigo casi invisible. “Prácticamente no tiene síntomas y muchas veces la primera manifestación es el propio episodio de muerte súbita”, sostiene Olmedo.
Dos grupos de riesgo
Los especialistas dividen a la población en dos grandes grupos al momento de evaluar el riesgo. En los mayores de 35 años, la causa más frecuente es la enfermedad coronaria, vinculada a la obstrucción de las arterias coronarias por depósitos de grasa, calcio o colesterol. Esa progresiva acumulación puede derivar en un infarto y, en algunos casos, en una arritmia letal.
En los menores de 35 años, en cambio, predominan las enfermedades genéticas, y entre ellas la más frecuente en nuestro país es la miocardiopatía hipertrófica.
Este engrosamiento anormal de las paredes del corazón favorece la formación de cicatrices y una mayor demanda de oxígeno, lo que incrementa la posibilidad de arritmias graves.
“La causa final de muerte en las muertes súbitas son las arritmias graves, como las taquicardias ventriculares o la fibrilación ventricular”, precisa Olmedo.
Los síntomas previos son difusos y poco frecuentes: dolor de pecho, palpitaciones rápidas, falta de aire o pérdida de conocimiento. Sin embargo, la mayoría de las veces no hay señales de advertencia.
Casos de impacto
Aunque la incidencia es baja, los episodios de muerte súbita en deportistas suelen conmocionar a la sociedad.
“Lo que impacta son las personas jóvenes y los deportistas, porque son eventos mediáticos. Cuando ocurre en el fútbol, en el básquet o en la natación, sin dudas tienen mayor impacto social y mediático. Pero en realidad, la incidencia es muy baja, y va en el orden de 0,36 cada 100.000 habitantes”, aclara el cardiólogo.
El contraste entre la baja frecuencia y la alta visibilidad hace que estos casos reciban gran atención pública. Sin embargo, Olmedo recuerda que el mayor peso epidemiológico recae en los adultos, donde los factores de riesgo cardiovascular son decisivos.
Prevención
La prevención, subraya el especialista, debe abordarse de manera diferenciada según la edad. En los mayores de 35 años, la clave está en controlar los factores de riesgo cardiovascular: hipertensión, diabetes, colesterol elevado, tabaquismo y sedentarismo. “Hay cosas que no podemos cambiar, como el sexo, la edad o la carga genética. Pero sí podemos modificar los hábitos, medicar y controlar la hipertensión, dejar de fumar y realizar actividad física”, sostiene.
En los jóvenes y deportistas, la herramienta más efectiva es el control cardiológico regular, que incluye la realización de estudios tales como electrocardiogramas y ecocardiogramas. “Un electro nos habla casi en el 95% de los casos si hay alguna manifestación eléctrica. Luego existen estudios más profundos, como la resonancia magnética o incluso análisis genéticos, que pueden aportar información valiosa, aunque el desafío sigue siendo enorme porque los eventos igualmente ocurren”, advierte.
Frente a la imposibilidad de predecir muchos episodios, la estrategia fundamental es saber cómo actuar. “Más del 70% de las muertes súbitas ocurren en la vía pública. Por eso, aprender reanimación cardiopulmonar es sumamente importante. Si actuamos dentro de los tres minutos, el 60% de los pacientes se salvarían. Y si lo hacemos en el primer minuto, la sobrevida supera el 80%”, afirma Olmedo.
El uso de desfibriladores externos automáticos (DEA) también resulta decisivo. Estos dispositivos, cada vez más presentes en instituciones públicas y privadas, permiten revertir la fibrilación ventricular, entendida como la arritmia letal más frecuente en la muerte súbita.
El especialista destaca además el avance de las nuevas tecnologías aplicadas a la salud, al señalar que “la inteligencia artificial nos ayuda a analizar datos de pacientes que han sufrido muerte súbita y, mediante algoritmos, permite predecir quiénes tienen mayor probabilidad”. “También existen estudios genéticos que identifican marcadores en familias con antecedentes”, añade.
Olmedo destaca que tanto en Río Cuarto como en la región existen múltiples espacios de capacitación en RCP y primeros auxilios.
“Por suerte hay muchos centros e instituciones que ofrecen cursos de reanimación con gente muy capacitada. Uno de ellos es el Colegio Médico Río Cuarto, que dicta talleres los primeros viernes de cada mes a cargo de la doctora Lucía Ávila. También la Municipalidad, a través de Gabriela Ordóñez, organiza cursos, al igual que distintas instituciones públicas y privadas que promueven estas capacitaciones”, comenta Olmedo.
Para el cardiólogo, el mensaje es claro: la muerte súbita no siempre se puede anticipar, pero sí se puede reducir el riesgo con hábitos saludables y salvar vidas con capacitación y acceso a desfibriladores. “No debemos pensar solo en el diagnóstico, sino en lo que podemos hacer como sociedad. Cada persona que aprende RCP multiplica las chances de que alguien más pueda sobrevivir”, concluye.