Hay equipo, arrancó el Mundial
Alejandro Fara. Redacción Puntal
Ojalá se repita la historia, ojalá el equipo más castigado por las críticas obligue a los sesudos analistas de oficina a tragar el veneno que destilaron. Pasó en el 86, ¿te acordás? Aquella vez, igual que ahora, habíamos entrado al Mundial por un ventiluz, esa pelota viboreante que entre Pasarella y el Tigre Gareca mandaron al fondo del arco de Perú nos dio el pasaporte a la épica de México.
Ese equipo al que no le sobraba nada, y que giraba en torno al inconmensurable talento del Diez, volvió de las tierras aztecas con el trofeo deportivo más anhelado por los argentinos, y los sabelotodos que habían derrochado tinta y saliva contra el equipo del Narigón tuvieron que disfrazarse de Barnie.
Y como de repetir errores los argentinos sabemos de sobra, en la lejana Rusia, los colegas nuevamente mostraron la hilacha. Esperaron ver a un equipo quebrado y al borde de la eliminación para destrozarlo con las peores herramientas. A los jugadores, una generación que viene dejando a la selección en la elite desde hace años, les pegaron en el piso como hicieron esos imbéciles contra los hinchas croatas a la salida de uno de los partidos más descoloridos que se hayan visto con la celeste y blanca.
Mala leche existió siempre, pero en la época en que brillaba el Diego no había WhatsApp, ni Twitter ni Facebook. Lo que se hablaba en un vestuario moría ahí y si el grupo no bancaba a Pasarella, tardábamos tres años en enterarnos. Ahora se afirma o se inventa a los tres minutos que Pavón le pegó una trompada al Masche. Dos minutos después, la data llega a la concentración, los jugadores lo desmienten, pero la carne podrida no para de replicarse hasta convertirse en una verdad de medio pelo. Una mentira fenomenal que ya cumplió su cometido: hacer daño, generar tres o cuatro puntos de rating.
Los croatas nos ponen de rodillas, desnudan la escasa preparación, los desacoples del equipo y los volantazos de apuro que da el DT. Eso es cierto pero la crítica no se queda ahí, vemos cómo una runfla de enviados especiales monta una especie de golpe de Estado mediático. La noche pospartido da por ido al técnico y hasta organiza en tiempo récord un informe sobre el reemplazante de Sampaoli (Sí, Diego Díaz, sí TyCSports, yo te vi armar un programa entero anunciando que Burruchaga sería el nuevo técnico. De eso no se vuelve; por no hablar de ese minuto de silencio payasesco que perpetraron con Marcelo Palacios, Gustavo Grabia y Cía.).
Tal era el desaliento, y tanto el desatino que hasta la mañana del martes ni el más optimista podía garantizar el pase de ronda. Al mediodía, jugaba el futuro rival de Argentina, Francia y Dinamarca se hacían mimos con la pelota sabiendo que nada los movería de los octavos de final, pero ni al más entusiasta de los futboleros se le movía un pelo. ¡Si un gol de Nigeria, un penal a favor de Islandia o una zancadilla de Croacia nos eyectaba del Mundial!
Como hinchas, lo único que nos quedaba era apagar la tele hasta el momento del partido. Eso y romper cualquier ritual que hubiéramos armado en los partidos previos. Si te habías puesto la camiseta, esta vez no la usés. Si te sentaste al lado de tu hermana, ándate al otro rincón. Si lo viste por el canal privado, ahora ponés la TV Pública.
Arranca el partido y el caos, inexplicablemente, empieza a ordenarse. Argentina mueve la pelota, se reconcilia con su ADN, empieza a ilusionar otra vez… Llega el pase quirúrgico de Banega al genio, el Lío acolcha la pelota en la rodilla se perfila para… ¡la derecha! y nos regala el primer grito en serio del Mundial. Basta de cantar como locos los goles de los otros, por fin un poco de desahogo. Vamos a velocidad crucero por una ruta asfaltada, hay actitud, nada puede salir mal. Hasta que sale mal. Mascherano, el emblema que tantas veces nos salvó, se le adelanta a Mercado y saca al córner una pelota controlada. Acto seguido, agarra al delantero nigeriano y vamos al VAR, pero con v corta. Nunca una frase tan estimulante suena tan fea. El árbitro turco cobra penal, otra vez la angustia en el pecho, otra vez a remarla.
Como si nos quedara un resto de aguante para la malaria futbolística (de la otra –de la que realmente duele- no nos explayaremos aquí), el de amarillo insiste con el VAR, amaga cobrar un penal. La pasan una vez y no es penal, la pasan otra y parece que sí…Esta vez zafamos. Al rato, el bueno de Armani hace la de Dios, tapa un ataque clarito y nos regala otra vida.
Encendete Messi, dale, regalanos una genialidad más. Pavón la abre para Mercado, esta vez parece que el centro llegará a buen destino…alguien (¿Meza, el Pipita, Agüero?) cruza un derechazo milagroso y a millones nos vuelve el alma al cuerpo.
Mirá por dónde, como a la cuarta repetición cuando ya no nos queda voz, nos enteramos de que fue Rojo el que se vistió de bombero. El cara de pibe, el de la rabona, el que pivotea entre la displicencia y el bronce, esta vez se vistió de héroe.
A festejar, carajo. ¡Hay equipo, arrancó el Mundial!
Ese equipo al que no le sobraba nada, y que giraba en torno al inconmensurable talento del Diez, volvió de las tierras aztecas con el trofeo deportivo más anhelado por los argentinos, y los sabelotodos que habían derrochado tinta y saliva contra el equipo del Narigón tuvieron que disfrazarse de Barnie.
Y como de repetir errores los argentinos sabemos de sobra, en la lejana Rusia, los colegas nuevamente mostraron la hilacha. Esperaron ver a un equipo quebrado y al borde de la eliminación para destrozarlo con las peores herramientas. A los jugadores, una generación que viene dejando a la selección en la elite desde hace años, les pegaron en el piso como hicieron esos imbéciles contra los hinchas croatas a la salida de uno de los partidos más descoloridos que se hayan visto con la celeste y blanca.
Mala leche existió siempre, pero en la época en que brillaba el Diego no había WhatsApp, ni Twitter ni Facebook. Lo que se hablaba en un vestuario moría ahí y si el grupo no bancaba a Pasarella, tardábamos tres años en enterarnos. Ahora se afirma o se inventa a los tres minutos que Pavón le pegó una trompada al Masche. Dos minutos después, la data llega a la concentración, los jugadores lo desmienten, pero la carne podrida no para de replicarse hasta convertirse en una verdad de medio pelo. Una mentira fenomenal que ya cumplió su cometido: hacer daño, generar tres o cuatro puntos de rating.
Los croatas nos ponen de rodillas, desnudan la escasa preparación, los desacoples del equipo y los volantazos de apuro que da el DT. Eso es cierto pero la crítica no se queda ahí, vemos cómo una runfla de enviados especiales monta una especie de golpe de Estado mediático. La noche pospartido da por ido al técnico y hasta organiza en tiempo récord un informe sobre el reemplazante de Sampaoli (Sí, Diego Díaz, sí TyCSports, yo te vi armar un programa entero anunciando que Burruchaga sería el nuevo técnico. De eso no se vuelve; por no hablar de ese minuto de silencio payasesco que perpetraron con Marcelo Palacios, Gustavo Grabia y Cía.).
Tal era el desaliento, y tanto el desatino que hasta la mañana del martes ni el más optimista podía garantizar el pase de ronda. Al mediodía, jugaba el futuro rival de Argentina, Francia y Dinamarca se hacían mimos con la pelota sabiendo que nada los movería de los octavos de final, pero ni al más entusiasta de los futboleros se le movía un pelo. ¡Si un gol de Nigeria, un penal a favor de Islandia o una zancadilla de Croacia nos eyectaba del Mundial!
Como hinchas, lo único que nos quedaba era apagar la tele hasta el momento del partido. Eso y romper cualquier ritual que hubiéramos armado en los partidos previos. Si te habías puesto la camiseta, esta vez no la usés. Si te sentaste al lado de tu hermana, ándate al otro rincón. Si lo viste por el canal privado, ahora ponés la TV Pública.
Arranca el partido y el caos, inexplicablemente, empieza a ordenarse. Argentina mueve la pelota, se reconcilia con su ADN, empieza a ilusionar otra vez… Llega el pase quirúrgico de Banega al genio, el Lío acolcha la pelota en la rodilla se perfila para… ¡la derecha! y nos regala el primer grito en serio del Mundial. Basta de cantar como locos los goles de los otros, por fin un poco de desahogo. Vamos a velocidad crucero por una ruta asfaltada, hay actitud, nada puede salir mal. Hasta que sale mal. Mascherano, el emblema que tantas veces nos salvó, se le adelanta a Mercado y saca al córner una pelota controlada. Acto seguido, agarra al delantero nigeriano y vamos al VAR, pero con v corta. Nunca una frase tan estimulante suena tan fea. El árbitro turco cobra penal, otra vez la angustia en el pecho, otra vez a remarla.
Como si nos quedara un resto de aguante para la malaria futbolística (de la otra –de la que realmente duele- no nos explayaremos aquí), el de amarillo insiste con el VAR, amaga cobrar un penal. La pasan una vez y no es penal, la pasan otra y parece que sí…Esta vez zafamos. Al rato, el bueno de Armani hace la de Dios, tapa un ataque clarito y nos regala otra vida.
Encendete Messi, dale, regalanos una genialidad más. Pavón la abre para Mercado, esta vez parece que el centro llegará a buen destino…alguien (¿Meza, el Pipita, Agüero?) cruza un derechazo milagroso y a millones nos vuelve el alma al cuerpo.
Mirá por dónde, como a la cuarta repetición cuando ya no nos queda voz, nos enteramos de que fue Rojo el que se vistió de bombero. El cara de pibe, el de la rabona, el que pivotea entre la displicencia y el bronce, esta vez se vistió de héroe.
A festejar, carajo. ¡Hay equipo, arrancó el Mundial!