A los 29 años, las decisiones no se toman a la ligera. Dejar atrás todo lo construido, la familia, los afectos, la rutina y el trabajo, no es un camino fácil.
La huinquense Emilia Elgue lo sabe bien. Había cursado tres años de Abogacía antes de hacer el giro de timón que definiría su vocación: se pasó a Educación Física y se recibió. Su gran amor siempre fue el hockey: trabajó por las canchas de Urú Curé, de la Universidad Nacional de Río Cuarto e impulsó proyectos de hockey municipal en Adelia María.
Pero había una palabra que inquietaba sus pensamientos: ATREVERSE
Justamente hoy se cumplen cinco meses desde que llegó a Dublín. Fue un martes de marzo cuando aterrizó en Irlanda con una idea que venía dando vueltas en su cabeza desde hacía tiempo: viajar, conocer otros lugares y, sobre todo, animarse a vivir algo diferente.
“Me gustan los desafíos, me gusta aprender cosas nuevas y tenía la posibilidad”, cuenta. Después de recibirse había comenzado a trabajar, por lo que el viaje quedó entonces para “más adelante”, hasta que ese más adelante empezó a sonar demasiado parecido a postergar algo que anhelaba. “El año pasado dije: bueno, es ahora”.
Se puso a investigar. Durante días buscó destinos, visas, requisitos y experiencias de otros argentinos que habían tomado el mismo camino. Descubrió la Working Holiday, una visa que permite a jóvenes argentinos viajar, trabajar y conocer diferentes países durante un período determinado. Entre videos de TikTok, publicaciones de Facebook y testimonios de viajeros, pasó horas tratando de entender cada detalle de lo que se iba a adentrar.
La elección terminó siendo Irlanda. Había una razón concreta detrás: antes de viajar quería aprender inglés.
“Tenía una base de chica, pero nada que ver. No podía sostener una conversación con el inglés que tenía”, reconoce. Así que Irlanda apareció como un destino que reunía varias de las cosas que estaba buscando: la posibilidad de viajar, conocer personas y, al mismo tiempo, enfrentarse al desafío de aprender un idioma nuevo.
La decisión se tomó rápido. En mayo les contó a sus padres que en junio se abriría la convocatoria para postularse a la Working Holiday de Irlanda.
“Les dije: ‘Che, en junio sale para postularse’. Y me dijeron que sí, como si fuera una idea más de las tantas que les contaba”, recuerda entre risas.
Y así, convencida como se la ve, el 3 de junio se postuló junto a una amiga. La visa se otorga por orden de llegada de los correos electrónicos, por lo que todos debían enviarse exactamente a las nueve de la mañana, en un día específico del año.
Tuvo suerte, o fue el destino.
Una familia al otro lado de la pantalla
Con el pasaje en mano apareció una nueva pregunta: ¿de qué iba a trabajar?
Antes de viajar publicó su perfil en distintos grupos de Facebook vinculados con familias que buscaban au pairs en Irlanda. Contó que era profesora de Educación Física, que llevaba años trabajando con niños y que estaba por viajar al país. La respuesta no tardó en llegar.
Empezó a hablar con distintas familias. Fueron días de conversaciones, entrevistas y mensajes, donde siempre estaba a mano el sagrado traductor. “Era copiar y pegar respuestas y preguntas, fue estresante” , detalla.
De a poco comenzó a filtrar las propuestas. Miraba la ciudad donde vivían, las condiciones de trabajo, las edades de los chicos y, especialmente, la forma en que cada familia se comunicaba con ella. Algunas eran efímeras, no había conexión… hasta que llegaron ellos, Andy y Nadia.
Una familia con tres hijos varones: James, Owen y Liam, de 5, 6 y 11 años. “Con esta familia la conversación fluyó diferente. Me empezó a hablar de quienes eran ellos, de sus hobbies… y ahí conecté rápido”, recuerda.
Desayunos listos, mochilas armadas y los chicos camino a la escuela en tren. Así arranca cada mañana en el día típico de Emilia en Irlanda, un ritual organizado que da lugar a tener sus propias horas: el gimnasio, trámites pendientes, clases de inglés o largas caminatas con el mate bajo el brazo. Por la tarde, la rutina se transforma en parques, bibliotecas gigantes con salas de arte y cocina con los niños, hasta que a las cinco llegan los padres y la jornada laboral llega a su fin.
Al vivir frente al mar, Dublín le regala postales inusuales. Al principio, ver a la gente correr con 14 grados sin campera o nadar plácidamente en aguas heladas le parecía una locura total. Meses después, se convirtió en “aquella loca del mar”, que antes decía a quienes veía disfrutar agua fría sin dudarlo, y hoy celebra cada rayo de sol.
La huinquense asegura que poco a poco se va adaptando a ciertos “choques” culturales y nuevas costumbres. “Hoy ceno a las 17:30, 18:00 hs para una buena digestión”, bromea haciendo referencia que la cena irlandesa es temprano.
Atreverse para verse uno mismo
Más allá del huso horario, o del chapuzón en las aguas heladas de Dublín, Emilia se rodeó de amigas mexicanas como de latinoamericanos y, para su sorpresa, descubrió una marea de argentinos durante el Mundial. Con la mayoría habla en español, pero también logró lazos locales, y sin uso del traductor.
Acorta distancias con videollamadas con su familia y amigos, eso sí, reconoce un profundo orgullo por la forma de ser de los argentinos: “somos más amigables, sencillos, genuinos, pasionales y afectuosos con el abrazo y el beso”, expresa.
Atreverse, al fin y al cabo, resultó ser mucho más que subirse a un avión. Fue descubrirse en escenarios lindos, surfear ciertas adversidades y desbloquear un nuevo desafío. “En ningún momento me pregunté qué hago acá”, reflexiona Emilia, mirando el camino recorrido. Hoy, proyecta que al terminar esta etapa, un nuevo destino será su aventura.

