Los cantores no se rinden jamás
Con “Historias con voz”, Jairo y Juan Carlos Baglietto potenciaron la maravilla y sacudieron a un público entregado que llenó el Teatro Municipal y lo hizo estallar con aplausos admirados.
Uno de ellos ha venido cantando hasta aquí, sin perderle el paso al chico que deslumbraba en los actos de fin de curso de su niñez, en Cruz del Eje, cuando su voz de pibe prodigio atenuaba el sol rajante de esos veranos que rumbean al norte. El otro ha venido cantando hasta aquí sin dejar de ser ese flaco de pelo largo, mameluco y gorra al uso, uno más de esa ‘purretada’ de Rosario que salió a la luz para sacudir el espinel de la canción argentina, bajando como baja su río marrón.
Los conocimos por separado, tan ellos, tan personales, tan intensos cada cual con su propio acento, y ahora, una vez juntos, juegan en los intersticios de las canciones, contando cómo se ha llegado a este cruce de caminos que hasta ayer nomás parecía imposible, tan volcados como estaban en sendas trayectorias que los llevaron a la cumbre de la canción popular con acento de trova.
El título que eligieron le calza al desarrollo del espectáculo: se llama “Historias con voz” y abre de negro, con faroles iluminando de a poco la escena, mientras la voz de Baglietto expresa: "Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos”.
Y después del relato breve de Eduardo Galeano se suma Jairo para ampliar el embrujo: “Cuando te despiertes cada día/ con el cuerpo de aire y ese olor/ feliz del sueño manso de las lilas/ sin miedo al movimiento ni al dolor”, es decir Fandermole en la punta de su talento que volverá a resonar varias veces a lo largo de la noche, por caso en la imponente “Hispano”, que con sólo eso bastaría.
Pero es que además de ese gran comienzo, hubo mucho Salzano: y eso, ya se sabe, es una garantía. Y para ellos además un puente: aún antes de que se solidificara el “matrimonio” magnífico del poeta cordobés con Jairo, Baglietto ya cantaba “Salzanitos”, que fue uno de los dos temas que interpretaron en solitario, mientras el cordobés eligió otra obra suya “Los enamorados”.
Es que, después de “dar por tierra con aquella vieja historia que dice que entre los rosarinos y los cordobeses no nos entendemos", impulsados por la música tramada magistralmente por Leonardo Introni en el bajo, Adrián Charras en los teclados y Yaco González en la percusión, las canciones abrazaron nada menos que a Yupanqui, Piazzolla, Sui Generis, Machado y Hernández (según Cortez y Serrat), y hasta Simon y Garfunkel.
En fin, que más que agotarlos con la enumeración conviene decir aquí que fueron dos horas de esas que se pasan volando, de esas que dejan con ganas de aplaudir porque todo aplauso parece poco, y con ganas de escuchar porque, a pesar de que la mayoría de las elegidas por ellos son poemas acerca de las cosas que se están yendo, consuelan, por un instante, de toda incertidumbre, contando con el viento de cola de sus voces.
Para traducir la sensación de profundo placer, esa placidez que nada más pueden transmitir los artistas, en especial cuando uno puede disfrutarlos a pocos pasos, sintiéndolos vibrar, vale reescribir “Los poetas no se rinden”, la canción de Daniel Salzano con la que se despiden al final final, luego de haberla cantado ya en el transcurso del programa.
Cuando los cantores, como Jairo y Baglietto, suben a escena, lo primero que hacen es ir en busca del corazón de los otros, de nosotros. El latido del corazón de los otros, de nosotros, los vuelve locos. Y entonces cantan a su ritmo y el corazón de los otros, de nosotros, late como un potro embravecido.
Los cantores, como Jairo y Baglietto, no se rinden, jamás.
Los conocimos por separado, tan ellos, tan personales, tan intensos cada cual con su propio acento, y ahora, una vez juntos, juegan en los intersticios de las canciones, contando cómo se ha llegado a este cruce de caminos que hasta ayer nomás parecía imposible, tan volcados como estaban en sendas trayectorias que los llevaron a la cumbre de la canción popular con acento de trova.
El título que eligieron le calza al desarrollo del espectáculo: se llama “Historias con voz” y abre de negro, con faroles iluminando de a poco la escena, mientras la voz de Baglietto expresa: "Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos”.
Y después del relato breve de Eduardo Galeano se suma Jairo para ampliar el embrujo: “Cuando te despiertes cada día/ con el cuerpo de aire y ese olor/ feliz del sueño manso de las lilas/ sin miedo al movimiento ni al dolor”, es decir Fandermole en la punta de su talento que volverá a resonar varias veces a lo largo de la noche, por caso en la imponente “Hispano”, que con sólo eso bastaría.
Pero es que además de ese gran comienzo, hubo mucho Salzano: y eso, ya se sabe, es una garantía. Y para ellos además un puente: aún antes de que se solidificara el “matrimonio” magnífico del poeta cordobés con Jairo, Baglietto ya cantaba “Salzanitos”, que fue uno de los dos temas que interpretaron en solitario, mientras el cordobés eligió otra obra suya “Los enamorados”.
Es que, después de “dar por tierra con aquella vieja historia que dice que entre los rosarinos y los cordobeses no nos entendemos", impulsados por la música tramada magistralmente por Leonardo Introni en el bajo, Adrián Charras en los teclados y Yaco González en la percusión, las canciones abrazaron nada menos que a Yupanqui, Piazzolla, Sui Generis, Machado y Hernández (según Cortez y Serrat), y hasta Simon y Garfunkel.
En fin, que más que agotarlos con la enumeración conviene decir aquí que fueron dos horas de esas que se pasan volando, de esas que dejan con ganas de aplaudir porque todo aplauso parece poco, y con ganas de escuchar porque, a pesar de que la mayoría de las elegidas por ellos son poemas acerca de las cosas que se están yendo, consuelan, por un instante, de toda incertidumbre, contando con el viento de cola de sus voces.
Para traducir la sensación de profundo placer, esa placidez que nada más pueden transmitir los artistas, en especial cuando uno puede disfrutarlos a pocos pasos, sintiéndolos vibrar, vale reescribir “Los poetas no se rinden”, la canción de Daniel Salzano con la que se despiden al final final, luego de haberla cantado ya en el transcurso del programa.
Cuando los cantores, como Jairo y Baglietto, suben a escena, lo primero que hacen es ir en busca del corazón de los otros, de nosotros. El latido del corazón de los otros, de nosotros, los vuelve locos. Y entonces cantan a su ritmo y el corazón de los otros, de nosotros, late como un potro embravecido.
Los cantores, como Jairo y Baglietto, no se rinden, jamás.
Ricardo Sánchez