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Entre la Nasa y el socavón

Mientras Nazario prometía un despegue interestelar, en RíoCuarto el suelo cedía. El enorme cráter de calle Perón se volvió un inesperado protagonista de una campaña particular

Spot de campaña. Dos amigos, cerveza de por medio en un bar, se quejan y se lamentan por el estado de la ciudad, por el estancamiento en el que, según evalúan, ha caído Río Cuarto. El que los rescata del desasosiego es el mozo. Mientras en pantalla se ve el despegue de un transbordador espacial, que dicho sea de paso Estados Unidos tuvo que dejar de usar después de que varios estallaran en el espacio, el hombre que les sirve dos pintas dice:“Muchachos, a Río Cuarto lo único que lo cambia es la Nasa”.

- Sí, los extraterrestres, responde, incrédulo, uno de los amigos.

- No, la Nazario, papá. La Adriana Nazario.

El mozo ilumina la situación. Los clientes lo miran como si tuviera la verdad revelada;uno de ellos lo palmea, agradecido.

El humor y la creatividad le fueron esquivos al spot de La Fuerza del Imperio del Sur pero, al menos, fue un intento. Sin embargo, mientras Nazario se equiparaba con la Nasa y miraba al espacio, en Río Cuarto aparecía una contingencia menos metafórica y más terrenal: en la calle Presidente Perón se abría un cráter como los de la Luna y se tragaba un camión entero, con chasis, acoplado y la carga de pollos. El socavón que se abrió en el paisaje de RíoCuarto se convirtió en un hecho que se introdujo en la campaña electoral, a la que le queda poco más de un mes, y le contrapuso a los slogans vacíos la mundana realidad de los problemas de todos los días.

Ni Nazario ni su equipo se refirieron al episodio, tal vez porque condujeron el Emos hasta hace 10 días y porque 2 exdirectores del ente van en la lista, mientras que Primero RíoCuarto, el frente político de Gonzalo Parodi, utilizó el pozo como una metáfora de una ciudad que se hunde. Al intendente JuanManuel Llamosas lo gastaron hasta en el canal LN+, donde le recordaron que llegó con la promesa de bache cero y terminó con un camión tragado por la tierra.

¿Qué ocurrió en ese sector de la calle Presidente Perón? En el Emos señalan, sólo a nivel de hipótesis, que la suba de las napas habría desplazado una cañería domiciliaria y que la combinación de factores, sumada a los 46 mil kilos del camión, terminó con la imagen que impresionó a todos.

Para un gobierno que busca ser revalidado, el cráter fue ciertamente inoportuno e inusual. ¿Cuántas veces puede pasar algo similar a un mes de una elección? El caso es que ocurrió y que se transformó en un hecho de campaña que podría tener impacto en un escenario de tres tercios. ¿Cómo lo leerá el electorado:como el síntoma de un gobierno agotado o como un hecho lamentable pero fortuito?En el Palacio de Mójica creen -confían- en que el pozo se rellene rápido en la memoria; después de todo, tuvieron suerte de que ocurriera a 40 días de la elección y no a 10. En la oposición esperan que se convierta en una imagen-símbolo y en un peso para el oficialista Guillermo De Rivas.

Ahora quedan cinco semanas de campaña por delante y comienza, por lo tanto, el período más intenso y decisivo para los candidatos y para los votantes, que empiezan a mirar con más atención a quienes les vuelven a plantear la eterna disputa entre la continuidad y el cambio.

RíoCuarto vive una elección atípica en varios sentidos, que combina elementos propios con otros que se derivan del nuevo escenario político nacional.

Por empezar, existe una dispersión de la oferta electoral, que tiene un foco principal de atención en los tres candidatos más competitivos pero que también contiene a otros siete postulantes que podrían gravitar esta vez más decisivamente que en otras oportunidades. El oficialismo sigue con ansiedad la performance de Lamberghini -que se presenta a sí mismo como Mario, el Libertario- porque podría morderle puntos clave a Parodi;en Primero Río Cuarto esperan que la disputa entre De Rivas y Nazario los beneficie y, además, que otros candidatos como Gustavo Dovis pueda arañar algún punto del universo peronista. En un escenario de paridad, ningún caudal es despreciable. Pero a la dispersión se suma otro elemento al proceso electoral actual: se ha hecho más notoria la atenuación de las identidades partidarias. Es un fenómeno que venía produciéndose pero que ahora se amplificó. El oficialismo se ha despojado de cualquier simbología peronista -no hacen la V ni para pedir dos cafés-, Nazario es la candidata de una fuerza imperial y Parodi ha diluido también cualquier reminiscencia que lo vincule directamente al radicalismo. Primero RíoCuarto apunta a ser más un frente de tipo social, que combine a distintos sectores de la vida riocuartense, que una referencia de identidad partidaria.

De Rivas y Nazario son peronistas por procedencia e historia;Parodi es radical en el mismo sentido.

Y ahí aparece una tercera característica que profundiza todavía más la anterior y que se origina en una predisposición de época. En ese punto asoma la influencia de la nueva realidad nacional en el contexto de una elección municipal como la riocuartense.

Los candidatos, que aspiran a conseguir el más alto cargo que puede otorgarles la política a nivel local, reniegan de la política como práctica, como modo de incidencia en la realidad y, fundamentalmente, como profesión. Ninguno se autodefine como político. O, como mínimo, hacen un esfuerzo por atenuar esa faceta en sus vidas, tanto a nivel económico como profesional.

De Rivas destaca por sobre su trayectoria en el Ejecutivo su rol de docente universitario, de abogado y de dirigente deportivo;Nazario se presenta más como empresaria que como política que fue secretaria de Desarrollo Económico, diputada nacional y ministra;Gabriel Abrile, candidato a primer concejal de Primero Río Cuarto, se posiciona desde afuera y acusa a los profesionales de la política de ser los causantes de la triste realidad actual; y Parodi también construye su discurso no desde adentro de la práctica política, sino desde una concepción que apunta a transmitir los reclamos sociales.

Por supuesto, no es una casualidad sino una consecuencia. Ese es el efecto más notorio que está teniendo la irrupción de Javier Milei como figura central del tablero nacional. Milei es un exponente del hartazgo de una franja enorme de la sociedad argentina.

El nivel de deterioro en términos de imagen es tan profundo que a ninguno de los candidatos se le pasa por la cabeza presentarse como un político de profesión que puede ejercer la actividad de manera distinta, sin mañas ni opacidades, sin privilegios, sin formar parte de una casta que “vive a costillas del esfuerzo del pueblo”.

Ni siquiera lo intentan. Y no lo hacen porque en el país ya no parece posible asociarle a la política ninguna cualidad positiva. El término aparece indefectiblemente ligado a lo que está mal, a lo que es nocivo. Todo está cargado de una negatividad tal que impugna cualquier posibilidad de reivindicación.

Es una elección en la que predomina, por lo tanto, la negación: los candidatos aspiran y compiten por llegar a un lugar del que en el discurso reniegan. El resultado de esa estrategia es incierto en la ciudad. Porque el efecto de presentarse como un no-político puede diluirse cuando todos comparten el mismo posicionamiento. A Milei le dio rédito, entre otras razones, porque su estilo, su discurso, su excentricidad y sus rivales lo pusieron en el lugar justo y en el momento preciso. Pero, además, porque era el único que se ubicaba desde afuera de la política.

Hay otro concepto que los candidatos comparten y que le deben a Milei: todos, sin excepción, prometen ser los abanderados de la austeridad. Las épocas expansivas parecen haberse acabado y el ajuste, tanto tiempo repudiado, vuelve de sus años de exilio.