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Neuroarquitectura, las claves para diseñar y planificar el dormitorio de tus hijos

Gracias a esta disciplina puedes lograr un espacio estimulante, más saludable y con mayor bienestar

La neuroarquitectura aplicada al dormitorio de los hijos puede conseguir salud, bienestar y muchos beneficios, evitando el estrés. Todos sabemos que la plasticidad cerebral es mayor durante la infancia, porque los niños están en pleno desarrollo, experimentando cambios y aprendizajes continuos.

Según la teoría de recuperación del estrés de Roger Ulrich, profesor de arquitectura paisajística y urbanismo de la Universidad de Texas (Estados Unidos), el estrés se encuentra muy asociado a los espacios físicos y esto tiene mucho que ver con el proceso evolutivo de la raza humana. El ambiente totalmente apacible de la imagen es un dormitorio infantil con muebles de Banak, entre los que destaca la cama en forma de casita ‘Haus’.

Un espacio en evolución

Es fácil comprender lo que la neuroarquitectura puede conseguir aplicada a los dormitorios infantiles, espacios donde los niños pasan mucho tiempo realizando distintas actividades. Son espacios que impactan en su aprendizaje, grado de atención y memoria, y que tienen que cambiar con ellos para adaptarse a sus distintas etapas de crecimiento. No tiene las mismas necesidades un bebé, que un niño de tres años o uno de 10, así es que su habitación no puede ser la misma. Tiene que cambiar, como lo hacen ellos, con el paso de los años. “Tiene que generar emociones positivas, porque es así como se aprende mejor”, señalan los expertos.

El reino del descanso

A pesar de como su propio nombre indica, la función principal del dormitorio es la de procurarnos descanso, en el caso de las habitaciones infantiles y juveniles, se utilizan para dormir por la noche, pero también muy habitualmente como espacio de juego y estudio. Por ello, la neuroarquiteca explica que lo ideal es que sea un espacio reservado a dormir o que tenga una configuración que permita separar la zona de sueño del resto de actividades para poder hacer un tratamiento diferenciado,.

En cuanto a la zona de sueño, debe ser el lugar donde dormir bien, así es que debe adaptarse a las necesidades de sueño del niño, en función de su etapa de crecimiento. Así es que necesitamos una habitación dedicada al buen descanso, con una buena calidad de aire (libre de alérgenos, virus, bacterias, ácaros, agentes químicos que pueden emitir materiales de construcción y mobiliario y radiaciones del terreno); sin ruidos; colores adecuados; muebles ergonómicos y, por supuesto, materiales naturales.

La iluminación más adecuada

Numerosos estudios certifican que la calidad del sueño es muy importante para el buen desarrollo cerebral y la salud de los niños, especialmente durante sus primeros años de vida y hasta la adolescencia. Los recién nacidos duermen entre 14 y 18 horas al día y hasta que no pasan unos meses no tienen un ritmo regular de sueño. Además, hay que respetar el ciclo luz/oscuridad para que los niños vayan aprendiendo a dormir. Los especialistas aconsejan mantener la habitación oscura durante la noche, para favorecer la producción de melatonina (la hormona del sueño). Y durante el día, según las necesidades del bebé, hay que permitir que la luz del sol entre, en sus ratos de vigilia, para potenciar su atención y memoria, y tamizarla con cortinas o estores mientras duerma.

También necesitamos en los dormitorios una iluminación regulable y puntos de luz indirecta que nos permitan atender al bebé sin necesidad de despertarle por la noche. Más adelante, con los años, necesitará también un lugar e iluminación adecuados para el juego y el estudio dentro de su dormitorio.

Niños y niñas que sienten que pertenecen al entorno

Un aspecto crucial que comentan los neuroarquitectos es que la habitación tiene que concebirse a la medida del niño, en el sentido más amplio. Es decir, hay que adaptar el diseño del espacio a su edad, características y tamaño, a la altura visual de los menores, a su envergadura, su etapa de crecimiento y sus necesidades. Es un espacio en el que debemos fomentar la libertad de movimiento que necesitan los niños a partir de una cierta edad, con elementos que potencien su aprendizaje, independencia y seguridad.

Gracias a la neuroarquitectura experimental que estudia, entre otros aspectos, las emociones que nos provocan los espacios, sabemos, por ejemplo, que las formas redondas y suaves resultan relajantes y acogedoras; que la luz natural es fundamental para la percepción visual y también mejora el estado de ánimo, y que la combinación de luz, color y forma potencia procesos cognitivos como la memoria y la concentración.