Ni tan arriba, ni tan abajo

La excepcional respuesta que ha tenido “Parasites” obliga a repensar la fanfarria con la que se saluda a una buena película que está lejos de ser la obra maestra que algunos sugieren.
 
Bong Joon Ho sorprendió hace ya algunos años con “The Host”, una rara, trepidante, gran película. Y ahora, le llega esta consagración “hollywoodense” que explica el fenómeno de gran respuesta de público que está consiguiendo en la exhibición que, por estos días está sucediendo en el C.C. Leonardo Favio, lograda gracias a la rapidez y agudeza que han demostrado los programadores del C.C. Leonardo Favio, exponiendo de paso que, a la ortodoxia ciega de los programadores de los circuitos comerciales, más de una vez se le escapa la tortuga.

En fin que, volviendo al tema fundamental hoy por hoy, buena parte del potencial lector de estas líneas, haya o no haya engrosado la taquilla por estos días, haya visto o no “Parasites”, sabe más o menos de que va la historia: sucintamente, pone en pantalla la aventura de una familia (padre, madre y dos hijos) que sobrevive en un subsuelo pobrísimo y cochambroso de Seúl, en base a trabajos precarios y robando el wi-fi de los vecinos.

Esa situación cambia cuando, casi casualmente y gracias a la intervención de un amigo, los cuatro, a través de sucesivas argucia, se meten, literalmente, en la intimidad más profunda de otra familia que es exactamente lo contrario, y que es la más  pura y dura representación del otro extremo en la escala arquetípica de las clases sociales.

El planteo que expresa el director en la fase previa a la realización, como guionista, es de una potencia arrolladora: consiste en desarrollar el planteo argumental del inicio como una comedia desenfadada, un abreboca que alienta a las risas mientras se sigue el mecanismo,  de brutal ingenio, que ponen en marcha los pobres para ingresar y beneficiarse del mundo de los ricos Primero el joven de la familia pobre se transforma en tutor de inglés de la hija de la familia rica, y lentamente se gana la confianza de la señora de la casa, para ir introduciendo, poco a poco, al resto de sus familiares en distintos trabajos del servicio doméstico: su hermana será profesora de pintura del niño menor, el padre se convierte en chófer y finalmente su esposa fungirá como la cocinera y empleada doméstica en esa casa opulenta.

El planteo típico de la confrontación entre “los de arriba y los de abajo” (la familia de Ki-taek vive por debajo del nivel de la calle donde mientras los Park viven en la parte alta de la ciudad) se hace más aguda cuando estalla la lucha entre pobres.

Es que, en la mirada de Bong, no hay angelados y desangelados: los ricos son abstrusos, engreídos, desapegados, pero también los pobres tienen lo suyo y es evidente que la pobreza no los limpia, no los purifica, sino que por el contrario, los embrutece.

Ricardo Sánchez para Puntal



 

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