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No gastar pólvora en chimangos

Este verano se adujo que, cuando intentó programarse el partido amistoso a mitad de enero, la decisión de la Superliga de darle a Independiente-River la fecha del domingo 19 para ponerse al día en el campeonato local echó por tierra las pocas intenciones (fundamentalmente de los clubes) de jugar una Copa de Oro o de lo que sea en el inicio del 2020.
 
 Hay que remontarse a algunas décadas atrás para saber que Boca y River jugaban entre sí dos veces al año. 

Campeonatos largos, y en el ida y vuelta de dos ruedas, en la Bombonera o en el Monumental, la normalidad marcaba que esas eran las fechas del año, en las cuales el país, escuchando radio, se detenía de norte a sur, de este a oeste y los que vivían lejos, allende los mares, también; para saber cómo había resultado el "clásico de los clásicos" del fútbol argentino, tal cual se lo denominó desde algún veterano periodista para acá.

Por ahí, se topaban en una Libertadores, hasta llegar a mediados de los 60, cuando los torneos fueron dos y el Metropolitano era ida y vuelta, pero estaba el Nacional, en el que siempre integraban zonas diferentes, mas, tal vez, en la etapa final podían enfrentarse, como ocurrió en más de una ocasión, la más recordada la del Nacional 76, cuando Suñé primereó a todos.

Así, entonces, River y Boca chocaban dos o tres veces al año. Amistosos por ahí, sueltos se agregaron, pero no mucho más. 

Hasta que el fútbol de verano comenzó a programar, con la anuencia de los clubes participantes, torneos, primero en Mar del Plata y luego en Mendoza, Salta, Córdoba y alguna otra sede.

Por si fuera poco, Boca y River, por contrato, debieron jugar, hasta no hace mucho, un par de clásicos estivales. A mitad de enero en La Feliz y un poco más adelante y casi a días de arrancar el torneo oficial, en Mendoza, se repetía la cuestión.

Digamos, se llegó a una sobredosis de Boca-River. Y ello, consumido con fanatismo y vehemencia por hinchas y periodistas, lo que significó una mesa de riquísimos negocios para la organización y fundamentalmente para la televisión.

Ese exceso arrasó con el sentido común. Algo que la pasión no entiende. Y, entonces, derrotas en la costa, la montaña o las sierras, contra el eterno rival, significaron cismas internos que derivaron en salidas de técnicos importantes e incluso de final de ciclos que llevaban un par de meses.

Después del River-Boca, vergonzosamente llevado a Madrid, en una venta espuria de nuestro más importante evento deportivo, es probable que desde lo deportivo ya nada sea igual. Salvo que la situación se repita en Copa y sea Boca el que gane la final.

Mientras tanto, sin quererlo, la tensión registrada en la previa de aquella final en el Bernabéu volvió a valorizar nuestro derbi de toda la vida.

Este verano se adujo que, cuando intentó programarse el partido amistoso a mitad de este mes, la decisión de la Superliga de darle a Independiente-River la fecha del domingo 19  para ponerse al día en el campeonato local echó por tierra las pocas intenciones (fundamentalmente de los clubes) de jugar una Copa de Oro o de lo que sea en el inicio del 2020.

El clásico argentino fue "vendido" a España para una final de América. Es cierto. Mas esa sensación de bastardeo hacia los escudos (Xeneize y Millonario) se percibió desde varios años antes cuando jugaban a cada rato, manejados como títeres y a riesgo de resultados que les tumbaran todo un plan anual.

Es verdad que para mucha gente, ver un River-Boca en plenas vacaciones (a pesar de entradas muy caras) era toda una fiesta. 

Y que para el lugar, en la ciudad que fuera, el movimiento turístico tenía un agregado económico significativo.

Pero puesto en puntilloso observador de la adrenalina que tiene un Boca-River, es mucho más lindo que cuando jueguen lo hagan por algo.

Cada vez que se enfrenten, por la Copa Melba, por la madre, por lo que sea, el resultado será apetitoso para los dos lados. Sin embargo, la oficialidad del encuentro lo legitima de verdad, le da carácter de "clásico de los clásicos". Y eso parece será lo que suceda este año. Nada de cotejos por los caracoles o una caja de vino, por alfajores o unos platos de humita. Boca-River es eso. Un partido que se debe jugar cuando toque en el calendario. Lo demás son fuegos de artificio. Que todos compramos en cada oportunidad y cita, para beneficio de algunos, pasiones descontroladas de otros y mucho que perder para los que lo juegan o dirigen desde los bancos y hasta para el referí de turno.

Esta descripción acuerda con los Independiente-Racing, Belgrano-Talleres, Central-Ñuls y demás.

No es fácil ver en Europa, por ejemplo, a los clásicos rivales jugando por allí, a cada rato, como si nada.

Sin querer, seguro que no queriendo, las propias vicisitudes de nuestro fútbol operaron en contra de un River-Boca en enero. 

A mí me gusta así. 

No es cuestión de gastar pólvora en chimangos. 



Osvaldo Alfredo Wehbe

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