Opinión | opinión

La vertiginosa semana final

La campaña entró en una etapa más nociva, que opera con las variables de una economía frágil y desestabilizada. El dólar a 1.000, la irresponsabilidad de Milei y la incertidumbre que prevalece
 

Cuando arrancó el 2023, el dólar blue, que es marginal e ilegal pero que opera como un electrocardiograma de la economía argentina, estaba en 346 pesos. El 10 de octubre, en la recta final de las elecciones presidenciales, la cotización sobrepasó la temible y traumática barrera de los 1.000. Al billete argentino le tomó 21 años subir 345 pesos y sólo 9 meses escalar 655 pesos más.

¿Cuánto influirá ese ascenso, que en su etapa más reciente se tornó dramático, en los resultados que que conocerán dentro de una semana? Es una de las incógnitas de la elección aunque es de esperar que gravite. No sólo por el 1.000 a 1 sino también por la frenética aceleración que la inflación ha tenido en los últimos meses.

¿La economía será determinante en el cuarto oscuro? Seguramente. Aunque si las encuestas no se equivocan tan feo además de la inflación y el dólar estarían influyendo en el escenario otros factores, menos tangibles que el bolsillo, para definir el voto. Y de esos factores dependerá uno de los datos centrales de la votación, que ya no pasa tanto por quién saldrá primero sino por si existirá o no segunda vuelta. Si quedan dos para la gran final, si Sergio Massa, el ministro-candidato, se ubica en la grilla del 19 de noviembre, entonces ahí empezará a escribirse otra historia. “El balotaje resignifica todo”, indica el consultor Gustavo Córdoba.

Pero no hay que apurarse; antes de la segunda vuelta está la primera y la semana pasada marcó un giro en la dinámica y la configuración de la campaña.

Esquemáticamente, puede decirse que el proceso atravesó tres fases. La primera, que duró hasta las Paso, estuvo caracterizada por una aparente apatía que derivó en el inesperado triunfo de Javier Milei. Ese resultado replanteó el escenario porque demostró que había un voto bronca agazapado, silencioso, que sólo se expresó en el momento en que debía hacerlo.

Desde entonces, todo se aceleró. La política, el sistema bicoalicionista, asumió que estaba ante algo nuevo, no sólo porque el voto estaba expresando un sentimiento de repudio sino, fundamentalmente, porque el candidato que salió primero no habla únicamente desde la antipolítica sino desde una postura antisistema. Milei no sólo promete arrasar con la “casta” -aunque sus recientes sociedades, por ejemplo con el rancio Luis Barrionuevo, lo contradicen- sino con la estructuración completa del país, ya sea en términos económicos, institucionales, históricos, sociales, democráticos o discursivos.

La segunda etapa de la campaña apareció dominada por los escándalos, por el impacto que generaron casos como el de “Chocolate”Rigau o el del yate obsceno de Martín Insaurralde, que unió en el Mediterráneo el lujo y la vulgaridad, y que actuaron como episodios confirmatorios de la peor cara de la política. La plata negra, el robo y la ostentación pueden activar, junto a otros tantos motivos, el enojo electoral. Y el enojo ante una urna, si prevalece, es, como en la vida, un sentimiento bloqueador: anula todo lo demás y se impone.

Pero la tercera etapa, la que se inició la semana pasada, es la más peligrosa porque ya no actúa sobre la imagen de la política o la emocionalidad del votante sino sobre variables económicas centrales que definen la calidad de vida de la gente. El territorio de disputa pasó a ser el comportamiento de la economía, en un contexto de fragilidad extrema en el que cualquier imprudencia puede causar un caos.

Javier Milei, que entre otras paradojas ostenta un desequilibrio desde el que promete equilibrar los desaguisados argentinos, les recomendó a los ahorristas que no renovaran los plazos fijos en pesos sino que salieran corriendo a comprar dólares. Su consejo coincidió, no casualmente, con el dólar a 1.000 pesos.

La moneda norteamericana había venido escalando pero el libertario le dio otro envión. Después se escudó en que desde hace años lo viene diciendo, como si fuera lo mismo ser un excéntrico y despeinado comentarista gritón de un programa de tele que un candidato a presidente favorito en las encuestas.

Hay que hacerse una pregunta ante la declaración de Milei que avivó el incendio de la economía argentina: ¿por qué lo hizo? Electoralmente existen dos hipótesis: hay quienes interpretan que buscó darle un golpe final a Massa en su doble rol de ministro y candidato para ganarle en primera vuelta, y otros, más afines al oficialismo, sostienen que el libertario vio las encuestas que marcan un acercamiento entre el primero y el segundo y decidió actuar temerariamente, aunque en esa maniobra afectara abiertamente al mismo pueblo que pretende gobernar para, según dice, salvarlo de las garras de los políticos que lo empobrecen. “Te voy a sacar de esta situación pero, antes, te voy a hundir bastante más”, pareció decir Milei.

La interpretación económica es que el libertario necesita que el trabajo sucio de llevar el dólar a niveles lunáticos lo haga el actual gobierno en su etapa final y no el suyo en sus inicios. “Cuando más alto esté, más fácil será dolarizar”, se había sincerado el líder de La Libertad Avanza.

Pero, más allá de la cuota no menor de responsabilidad adjudicable a Milei, también es verdad que el comportamiento descontrolado y vertiginoso de algunas variables, como el retiro de depósitos o el valor del dólar MEP, CCLo blue, está asentado no sólo en las declaraciones del libertario sino además en la incertidumbre que emana del sistema político en general, principalmente de los candidatos que conforman los tres tercios.

¿Cómo no va a arraigarse el nerviosismo si el país es un mar de indefinición? ¿Qué hace un ahorrista? ¿Se queda en pesos, con una tasa que está por debajo de la inflación y en una moneda que no sabe si dentro de dos meses va a seguir existiendo? ¿O se abraza a lo que cree que puede otorgarle algo de seguridad?

El cuadro que devuelve la oferta electoral es desolador:Milei vuelve a prometer dolarización después de que algunos de sus asesores lo relativizaran; pero lo hace en un escenario en el que no hay dólares y en el que para un país como Argentina será un calvario conseguirlos. Milei quiere dolarizar sin dólares, que sería como evangelizar sin Dios.

En el oficialismo, Massa habla de fortalecer la moneda a través de una dinámica que haga entrar más dólares de los que salen. Se dice fácil pero ¿cómo piensa hacerlo? Mientras tanto, hasta que esa ecuación se revierta, ¿cómo va a parar la inflación?¿Qué hará con el déficit?¿Piensa frenarlo con políticas sólidas o sólo licuarlo?

La tercera opción competitiva, Patricia Bullrich, de Juntos por el Cambio, martilla con que tiene un plan, muestra a Carlos Melconian, que también dice que tiene un plan, pero el plan no aparece. Es creer o reventar.

Esas indefiniciones no hacen más que alimentar la incertidumbre y la angustia. No ha habido muchas ocasiones en que las elecciones parezcan, como esta, una fecha definitoria y final: todo el mundo parece apurado por hacer en los días que faltan hasta el 22 lo que cree que ya no podrá concretar a partir de esa fecha. Como si fuera el fin del mundo.

En una entrevista que le dio a Julia Mengolini en radio, Emmanuel Álvarez Agis, que fue viceministro de Economía de Axel Kicillof durante el último mandato de Cristina Fernández, volvió a ensayar un muy interesante ejercicio de autocrítica desde lo que denominó “el campo nacional y popular”. Dijo, así, sin eufemismos, que durante largos años el oficialismo “se hizo el boludo con la inflación”, miró para otro lado porque era más cómodo que solucionarla, y que ahora la consecuencia es un índice del 150% anual y un Milei cerca de la Casa Rosada.

Opinó que ya no es posible hacerse los distraídos, que debe atacarse la inflación porque no hay mal de la economía más nocivo para la población de menores recursos que la constante suba de precios.

Ese debería ser el camino. Y no sólo para el oficialismo, hacia donde estaba dirigida la crítica, sino también para las otras opciones, enmarañadas en un discurso ambiguo o indescifrable. Tal vez sea el momento de empezar a decir abiertamente qué piensan hacer con un país cada vez más desesperado.