Río Cuarto | opinión

La violencia crece allí donde el diálogo es descartado

El Congreso de la Nación, el lugar en donde deben proliferar el diálogo y el intercambio de ideas entre distintos.

 

Si algo nos ha dejado claro el transcurrir social es que, además de tener vida propia, la velocidad de cambios suele dejarnos ver las secuelas sin haber llegado a anoticiarnos de la llegada del propio cambio.

Sin lugar a dudas, la construcción democrática no es la excepción. La vida pública/política ha ido virando y transformándose de tal manera que podemos llegar a creer que ha entrado en crisis.

Lo que sí sabemos es que la nueva estructura de pensamiento, el nuevo paradigma de vida y las nuevas generaciones han obligado a detenerse a pensar/nos si la base de creencias y pensamiento (hasta códigos éticos y morales) es algo sobre seguro; estábamos seguros de hablar el mismo idioma, sin embargo: ¿qué implica la democracia para cada sector? ¿Qué implica la política, qué implican los derechos humanos?

La insistencia en la necesidad del diálogo tiene su base en esta construcción de redes, en este principio de consenso metalingüístico que resulta indispensable para confirmar que en una sociedad democrática hay base para la construcción y el acuerdo político.

La escucha entre sectores, entre dirigentes, entre representantes y representados puede parecer irrelevante cuando el acuerdo implícito no es puesto en duda; sin embargo, hubo voces que no fueron escuchadas, hubo realidades que no fueron contempladas, hubo sectores en los que la simple existencia política de la democracia no mejoró su materialidad, ni su universo de posibilidades.

Allí es donde más se necesita del diálogo social e institucional, porque son los primeros representantes de las demandas y pulsiones de las comunidades.

Hace no más de 6 años, el Consejo Económico y Social de la ciudad escribía estas líneas:

“La democracia debe brindar garantías a través de un conjunto de reglas y procedimientos que indispensablemente deben estar presentes y que delimitan quiénes están autorizados para tomar las decisiones del conjunto. Es decir, que las decisiones que toman unas pocas personas y que afectan sobre la comunidad deben estar aseguradas por estas reglas socialmente respetadas.

Así cada decisión cumple no solo con el precepto de ser legalmente tomada, sino también de haber sido legítimamente tomada.

La propia Constitución Nacional dice que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes, lo que hace necesario que quienes ocupen este rol asuman la responsabilidad pública de escuchar, receptar, atender a las inquietudes de los ciudadanos valorando sus aportes y no tomando al mismo como un logro personal.

La relación de las comunidades con sus representantes no puede reducirse a las circunstancias de una campaña electoral y, mucho menos, hablar en nombre de inquietudes que no se comparten en la vida cotidiana. Las redes sociales y campañas publicitarias no reemplazan el contacto con los vecinos.

La tan buscada Paz Social requiere de personas dispuestas a construirla, a partir de la apertura al diálogo, del respeto a la dignidad de las personas y a través de la representatividad real de los funcionarios que deben hablar en nombre de la comunidad.

Por lo que la falta de interés para valorar los esfuerzos compartidos, los trabajos y proyectos del conjunto de instituciones de la ciudad que piensan y proponen pensando en las próximas generaciones y no en las elecciones, es inaceptable si queremos construir un futuro mejor”.

Hoy, con varias elecciones más (en todos los niveles del Estado), con una crisis mundial por cuarentenas en torno al COVID-19, con crisis económicas locales, regionales y mundiales, con guerras en zonas históricamente estratégicas del planeta, con la vertiginosidad tecnológica que caracteriza nuestros tiempos, podemos decir y pensar que varias de esas concepciones están, al menos, siendo rediscutidas socialmente.

Existe un acuerdo tácito (o no) de que cualquier construcción social, política, económica parte siempre desde la democracia. La tan respetada reflexión de Raúl Alfonsín, “Con democracia se come, se educa y se cura”, marcó a fuego generaciones que dimos por sentado que no existe otra forma de concebir la vida en sociedad, al menos en Argentina.

Lo que los últimos 40 años nos muestran es que quizás la democracia se vive muy diferente según la geografía, la genética, la construcción personal, el sector socieconómico, entre otros.

En el transcurso hubo muchos cambios de gobiernos, muchas medidas políticas, sociales y económicas contradictorias, mucha construcción discursiva en colisión, pero también mucha segregación social, mucha desigualdad económica.

Lo que llegó a escasear fueron las políticas de Estado, fue el contacto con la población, fue la escucha a los representados, fue el respeto a las instituciones, fue el diálogo, fue la práctica democrática.

El pedido (o exigencia) de cambio nos pone cara a cara con la responsabilidad de hacer frente al atropello de la coyuntura para redefinir nuestro entorno de conceptos políticos, filosóficos, culturales, materiales y hasta espirituales.

Para esquivar la premisa de las redes sociales que institucionaliza un reduccionismo del diálogo como un foro de posicionamientos sordos, una estrategia debiera ser abrir la comunicación intrainstituciones, organizaciones, hogares y dar lugar al desacuerdo como pilar para el conocimiento, complejización y la profundización conceptual.

La urgencia parece empujarnos a optar por el “cómo” siquiera antes de preguntarnos el “para qué” de lo que estamos haciendo. Quizás, los efectos de la posmodernidad y la desacralización de los acuerdos sociales llegaron más lejos y más rápido que el espíritu que movilizaba el replantearnos la/s verdad/es conocida/s.

Por ello insistimos en que “la violencia crece allí donde el diálogo es descartado”, esencialmente porque la intermediación de la palabra pensada, reflexionada y sentida abre las puertas de la verdadera construcción y unidad que no implica uniformidad. Que nos sentemos a dialogar, los distintos actores sociales, políticos respetando nuestras diferencias para construir esa unidad a partir de la búsqueda del bien común y que no cometamos el error, al tratar de definir democracia, de dejarnos por fuera de ella.