Milei es su propia campaña del miedo
avier Milei está convencido de que puede decir lo que sea. Y, tal vez, en términos electorales tenga razón. El libertario ha traspasado límites que ningún otro candidato con chances de llegar a la Presidencia se había atrevido a cruzar. Y lo hace sin que, al menos hasta ahora, deba pagar un costo político como consecuencia. El líder de La Libertad Avanza se contradice, se pelea con todos y hace planteos que para cualquier otro implicarían un desastre. Ahora que tiene posibilidades de llegar a la Casa Rosada no tiende particularmente hacia la moderación, como solía aconsejarse a los candidatos, sino a lo contrario, a la desmesura.
Milei, que ya había hecho historia al decir que podría existir perfectamente un mercado de niños o de órganos humanos, se despachó ahora con más declaraciones temerarias. Esta vez referidas a la contaminación. El hombre de la libertad aseguró que no ve ningún problema en que una empresa contamine un río todo lo que quiera, que el inconveniente en realidad no está en la conducta privada sino en la forma en que se enfoca la situación: el problema, dijo, es que el agua sobra y que, por lo tanto, no vale nada y que la solución para la contaminación sería privatizar el agua y los ríos para que las empresas se interesen por la calidad del producto que después van a vender. El mercado es la mano mágica que pone todo en equilibrio, una concepción que parecía en retirada pero que el economista libertario abraza con pasión.
Hay quienes comparan a Milei con el Carlos Menem de los 90, una época que el candidato actual glorifica. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: el riojano no decía lo que iba a hacer porque entendía que podría derivar en un costo electoral irrecuperable. Milei, en cambio, lo plantea abiertamente, sin disimulo.
Es inédito:el candidato libertario no necesita que otros hagan una campaña del miedo en su contra; él mismo la protagoniza. Él es su campaña del miedo. Lo que dice es tan brutal que opaca cualquier capacidad de contaataque: ¿con qué van a tirarle a quien postula que el Estado es un monstruo similar a un pedófilo en un jardín de infantes y que hay que destruirlo?¿O que la justicia social es una aberración porque les roba a los ricos para darles a los pobres? ¿O que está perfecto que una empresa envenene un río?
¿Con qué pueden asustar sus oponentes a los votantes de Milei si no se asustan con lo que el propio candidato dice? Tal vez haya allí una conducta más propia de la psicología que de la política; tal vez cada votante esté proyectando al Milei que desea y no al que es en realidad. Sus excesos deben ser tomados más como extravagancias que como ideas que piensa aplicar si llega a la Presidencia. “Mirá si va a vender chicos o a privatizar un río...lo que sí va a hacer es limpiar a este país de los políticos ladrones”, debe ser el razonamiento.
Pero, ¿y si lo hace?¿Si en realidad está anticipando lo que vendrá? Nadie podrá acusarlo de haber ocultado sus intenciones.
Por eso, la campaña que está en marcha y a la que le faltan menos de dos meses tal vez sea una de las más decisivas porque no están en disputa sólo proyectos, propuestas o posicionamientos políticos, como solía ser, sino el sostenimiento o no del país entendido como sistema.
Milei implica la pretensión de la reconfiguración de Argentina tal como existe hoy pero a un nivel no cosmético sino estructural: propone desmantelar casi todo lo existente. Si después puede hacerlo o no es un tema aparte;lo relevante ahora es lo que representa.
Por otro lado, desde un espacio ideológico similar, está Juntos por el Cambio, que ha elegido confrontar a Milei pero desde el sistema. Lo dijo en Córdoba Carlos Melconian cuando fue presentado como el referente económico de Patricia Bullrich:ellos encarnan una opción que comparte algunos principios con Milei, como por ejemplo la disciplina fiscal, pero nunca desde afuera del sistema sino desde adentro.
La campaña de Juntos por el Cambio parece haber quedado planteada en esos términos:Melconian como el contrapeso racional desde la derecha a la desmesura de Milei y Bullrich enfocada en prometer mano dura pero específicamente en seguridad. Hoy, la candidata de Juntos representa la derecha moderada, casi como si se hubiera visto forzada a ocupar, irónicamente, el lugar de Horacio Rodríguez Larreta.
Sergio Massa, que en el escrutinio definitivo achicó diferencias con Milei y Bullrich, no hace explícito qué modelo de gobierno y económico llevaría adelante;no postula conceptos equivalentes a la dolarización de Milei o el bimonetarismo de Bullrich-Melconian, sino que concentra sus esfuerzos en una campaña más clásica: el ministro de Economía viene sosteniendo que la crisis económica está llegando a su fin y que el año próximo volverá el crecimiento. Es decir, está intentando construir expectativas.
Massa, en la semana que pasó, al menos consiguió recuperar parte del protagonismo que había perdido en manos de Milei después del 13 de agosto. Lanzó una batería de medidas para atemperar el efecto de la devaluación pero, del otro lado, se encontró con una resistencia que tal vez no esperaba. El rechazo al bono de 60 mil pesos para los trabajadores, que protagonizaron entidades empresarias pero también 14 gobernadores, sólo opacó la capacidad de la única figura del gobierno que aún conserva autoridad de actuar sobre la realidad.
En el oficialismo, Massa parece estar solo en el intento por ganar la elección. El resto sigue en su propio desvarío. Por ejemplo, mientras la campaña rumbea hacia la inseguridad y la economía, el kirchnerismo insiste con la construcción de su propia agenda, una agenda de minoría, destinada a unos pocos:los propios. De la mano de las obsesiones de Cristina, insiste todavía en que no hay prioridad mayor en un país con 115% de inflación, sin moneda y con el 40% de pobres, que una reforma de la Justicia. En los últimos días, esa caricatura en que se ha convertido La Cámpora estuvo enfrascada en un documental sobre el atentado a Cristina y sobre la que considera una negligente y cómplice investigación judicial.
El kirchnerismo parece haberse desentendido de la campaña y del hecho de haber sido uno de los facilitadores del fenómeno Milei. Si hoy existe el libertario, si tiene chances de ser presidente, mucho les debe a Cristina, a Máximo, a Alberto y al fallido experimento gubernamental que fue el Frente de Todos.
La discusión electoral se encamina invariablemente a concentrarse en tres opciones y en lo que cada una representa. Por lo tanto, el contexto aparece especialmente complejo para Juan Schiaretti, el gobernador de Córdoba, quien según el escrutinio definitivo consiguió en agosto el 3,71 por ciento de los votos.
¿Cómo retenerlos?¿Cómo lograr que, sobre todo en Córdoba, los votantes no opten por alguno de los tres que pueden ganar?
Schiaretti ha decidido iniciar una campaña superestructural:tal como hizo en las Paso, prefiere sondear acuerdos con dirigentes que construir una campaña direccionada al votante. Por ejemplo, se reunió con las entidades del campo. Y allí planteó un concepto curioso, incluso riesgoso para él:el voto útil. Schiaretti dice que él representa el voto útil, algo extraño para un candidato que quedó lejos en la discusión. Sin embargo, la lectura detrás de ese planteo es que no hay demasiadas chances de que Milei no sea presidente y que, por lo tanto, la discusión se trasladará al Congreso. Allí, el modelo -o mejor dicho el antimodelo- del libertario encontrará su camino o su freno. Ylo que dice el gobernador es que si consigue repetir la elección de agosto, sus tres diputados cordobeses serán claves en un escenario de disputa permanente. Allí radicaría por lo tanto su utilidad.
Mientras tanto, el gobernador va haciendo guiños por si acaso. En la presentación de Melconian en Córdoba estaba en primera fila el ministro de Finanzas de Schiaretti, Osvaldo Giordano. Esa misma noche, en televisión, el economista de Bullrich nombró al cordobés como miembro de su futuro equipo. Nadie, ni en el gobierno schiarettista ni en Juntos por el Cambio, piensa que Giordano se haya sentado a escuchar la propuesta económica de Juntos por el Cambio sin el expreso consentimiento de su jefe político.