Las cicatrices de un maltrato con final trágico: "Era su vida o la mía"
El juicio a Valeria Olmedo, la mujer de Alejo Ledesma que mató a su pareja con un certero puntazo a la altura del pecho, es de esos casos que, de tanto en tanto, sacuden los cimientos de la Justicia, la ponen patas para arriba y la llevan a cuestionarse sobre su rol y sus alcances: ¿basta aplicar la fría letra de la ley para hacer justicia? ¿Es posible incorporar una mirada de género que visualice como víctima a quien inicialmente llega con la etiqueta de victimaria?
El episodio que colocó a Olmedo en el banquillo sucedió el 12 de agosto de 2018, la madrugada en que Julio Pereyra junto a un grupo de amigos y mujeres celebraba su cumpleaños número 39.
Dos años después, el jueves pasado, a Olmedo empezaron a juzgar en la Cámara Primera del Crimen de Río Cuarto por el delito de homicidio calificado por el vínculo, cometido bajo circunstancias extraordinarias de atenuación.
Por este acto desesperado, Olmedo podría recibir hoy entre 8 y 25 años de cárcel. Eso lo decidirán en horas de la tarde los jueces técnicos Natacha García, Virginia Emma y José Varela Geuna, junto a 8 jurados populares.
Es lo que marca el frío texto del Código Penal para hechos cometidos bajo circunstancias atenuantes como la violencia psíquica y física que Olmedo sufrió durante gran parte de su vida, a manos de Pereyra.
Ojos de odio
Por decisión de su abogado, Pablo Demaría, la acusada viajó desde su pueblo hasta los Tribunales riocuartenses para dar su testimonio, y lo que la mujer relató enmudeció a todos en la sala de juzgamiento.
Con la garganta ahogada por la angustia, la mujer contó que la trágica noche llegó en su bicicleta hasta la vivienda de A donde se hacía la fiesta de cumpleaños de su esposo y nadie le respondía cuando ella preguntaba: “¿dónde está el Julio?”.
Por fin, alguien le hizo una seña con la mano hacia el rincón donde estaba Pereyra: “Tenía la cabeza hundida en un plato con cocaína y le dije: “¡Pensá en tus hijas, Julio!” y entonces, él me miró de una forma que a mí me dejó paralizada por el miedo”.
Olmedo conocía esa mirada.
“A esto lo arreglamos en casa, me dijo, mirándome con esos ojos de odio. Yo sabía lo que me esperaba, si cuando llegaba mamado se desquitaba dándome palizas, estando drogado sabía que me iba a matar”.
Se entreveraron en una discusión que llegó a su fin cuando Olmedo tomó un cuchillo tramontina de la mesa y se lo hundió en el cuerpo a Pereyra.
“Era su vida o la mía”, dijo entre sollozos.
El abogado defensor pidió que el tribunal la juzgue con una perspectiva de género y le permita rehacer su vida, junto a sus hijas.
“Hoy me toca defender a la víctima”, se presentó el jueves Demaría, dirigiéndose al jurado popular distribuido con mascarillas protectoras, entre las gradas de la sala de audiencias.
“No tengan dudas de que fue ella quien mató a Pereyra, pero tampoco tengan dudas de que hoy aquí estamos juzgando a la víctima”, subrayó.
Después de escuchar el escalofriante relato de la mujer bajita, sentada en el banquillo de los acusados de la Cámara Primera del Crimen, la sensación que quedó es la del sabor amargo, el regusto a hiel que deja la constatación de que, una vez más, el Estado -aletargado- llega tarde y mal.
Criada en un hogar abandónico, con una madre discapacitada y un padre alcohólico y abusivo, Valeria Olmedo se aferró con deseperación a una relación que, desde el inicio, se anunciaba catastrófica: a los 12 años se fue a vivir con Julio César Pereyra, un hombre que la doblaba en edad y que, a sus ojos de niña, se ofrecía como la figura paterna que nunca le había inspirado su padre biológico.
Olmedo contó que él tenía 27 años, poco apego al trabajo y una propensión al alcohol y a la violencia que no tardaría en aflorar con toda su furia.
Dijo que la primera golpiza a manos de Pereyra la recibió a los pocos meses de convivencia, cuando en la casa de la madre de él la tomó de los cabellos y la arrastró en la mesa porque se negaba a comer.
Fue el preludio de una serie de maltratos que no tendría fin.
Sin salida
Siendo aún adolescente, Olmedo intentó zafar de la violencia y pidió ayuda. Así fue como la alojaron durante un tiempo en un hogar para menores.
Meses después regresó con su padre, hasta que él la conminó a volver al lado de Pereyra. “Te vas a tener que volver con el Julio”, fueron las palabras que Olmedo recordó en boca de su padre.
Vivieron unos meses de calma, un tiempo que ella recordó como un suspiro. Se embarazó por primera vez y su estado no impidió que Pereyra la atacara con un botellazo, en uno de “sus días malos”.
Olmedo se bajó un costado del jean y le mostró al tribunal la cicatriz que aún le cruza la cadera.
La llegada de cada una de sus tres hijas era motivo para nuevas agresiones: él la hostigaba diciéndole que no eran hijas suyas y que era una “puta”.
Minutos después, ella se quitará el buzo para dejar al descubierto otra cicatriz, esta vez en el brazo derecho.
Pero el tramo más impactante de su testimonio fue cuando Olmedo relató cómo Pereyra la atacó con un rebenque “que tenía una punta de plomo”, evocó.
“Me rajó la cabeza y como no paraba de sangrar, me llevó al hospital. Yo le tenía tanto miedo que le dije al médico que me había herido en un accidente con una hacha”.
Contó que, cada vez más seguido, Pereyra llegaba borracho a su casa y le pegaba sin motivo. “Basta, Julio, ¿por qué me pegás?”, le decía yo”, comentó la mujer entre llantos.
Bajo amenaza
La jueza Virginia Emma le preguntó por qué no se alejaba de una persona tan agresiva, o por qué no pedía ayuda a alguien de la Justicia.
Olmedo le respondió: “Me amenazaba con quedarse con mis hijas, así me tenía agarrada a su lado. Tenía terror de quedarme sin las nenas”.
A los golpes le seguían las amenazas de muerte.
“Un día mi mamá le habló bien, le preguntó por qué me pegaba y él enojado le dijo que se callara porque la iba a ligar ella también. “En cualquier momento, te la mato”, le dijo”.
El calvario de Valeria Olmedo no es inusual. No se trata de un hecho aislado, es el rostro visible de otra pandemia, la de los golpeadores, la de los seres ejemplares que puertas para adentro sueltan la furia y el descontrol.
Su historia, hecha de abandonos, abusos y golpes, preanunciaba acaso un nuevo femicidio. Pero tuvo un final diferente.
Por eso hoy tres jueces de carrera y otros ocho jueces elegidos entre los ciudadanos legos deberán decidir si Olmedo es culpable o inocente de homicidio.
Después de pasar los primeros dos meses en una celda, a ella le permitieron cumplir prisión preventiva en su hogar junto a las tres niñas, de 4, 7 y 9 años.
Pase lo que pase hoy, ella espera que nada ni nadie la separe de sus hijas.
Alejandro Fara. Redacción Puntal